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De lo único que soy culpable es de haber dejado de querer a Carmina y haberme enamorado de una de sus bailarinas.”
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Era, ¿cómo describirla?, nuestra propia Niurka. A finales de los ochenta, una mujer con su piel debajo de diminutas ropas de vedette, pelo negro y abundante como una selva, magnos tacones
y ritmos acalorados como noche de abril, hizo fiesta en el país: Carmina Salazar.
“Recordamos más que su voz, su atrevida sensualidad”, comenta Henry Mejía, periodista de farándula.
Pero también se recuerda cuando el 10 de agosto de 1990 demandó a su esposo, Carlos Hernández, en el Juzgado Octavo de lo Penal. Y estalló el escándalo. Lo acusó de estafa y agresión. Supuestamente, el
también músico de Carmina y su Orquesta había comprado unos instrumentos con dinero de la agrupación, pero los había puesto a su nombre. Hernández fue a Mariona y negó todo. También acusó a su esposa de padecer
“trastornos emocionales”. Meses después, el juez del caso dictaminó que no hubo tal estafa y el músico salió libre tras pagar una fianza de 5 mil colones por el delito de agresión.
Desde entonces, la carrera de Carmina decayó. Fama la buscó varias veces para saber qué fue de ella, pero nunca acordó fecha para platicar. Se dice que estudió leyes.
Lío legal
Cinco mil colones pagó de fianza Carlos Hernández, tras ser excarcelado por el delito de agresión.
De lo único que soy culpable es de haber dejado de querer a Carmina y haberme enamorado de una de sus bailarinas.”
Carlos Hernández, en una carta abierta publicada en un medio local. Septiembre 1990.
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