María reparte amor a sus 11 hijos


Flor Lazo
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Aunque sus hijos son adultos y algunos viven lejos, los ama profundamente y los siente como sus niños.



Si Dios me diera la oportunidad de volver a nacer, escogería tener de nuevo a todos mis hijos, son mi gran orgullo, estoy muy feliz porque los tengo a ellos.”
María Paula Flores, madre de 11 hijos.
El valor de una madre
Doña María Paula Flores es nativa del cantón El Tamarindo, de San Alejo. Se casó a los 22 años con Eulalio Hernández y procreó 11 hijos.
El matrimonio Hernández Flores tiene 54 años de unión, 22 nietos y cinco tataranietos.
Los esposos Hernández Flores residen ahora en el cantón Husiquil, de Conchagua, junto a una hija y varios nietos. Viven gracias al aporte económico de sus vástagos.

El día de su boda religiosa, María Paula Flores prometió ante al altar criar y educar a los hijos que Dios le mandara, sin imaginar que a medida que pasarían los años, los hijos llegarían hasta a los 11. De estos, siete fueron mujeres y cuatro hombres.

“Si Dios me diera la oportunidad de volver a nacer, escogería tener de nuevo a todos mis hijos”, dice la mujer, quien ahora tiene 75 años y vive junto a su esposo, Eulalio Hernández, una hija y varios nietos, en una casa ubicada en la colonia Belén, del cantón Huisquil, de Conchagua.

A doña María Paula ya le llegó el tiempo de descansar, luego de pasar toda su vida a cargo de una numerosa familia que la mantenía totalmente ocupada en labores propias del hogar como cocinar, lavar ropa y acarrear agua, entre otros quehaceres domésticos.

“Me levantaba antes de las 5 de la mañana a moler en piedra y a cocinar, desde antes que saliera el sol. En el día me tocaba ir a lavar al río”, relata doña María.

La vida de esta mujer no fue fácil, sobre todo porque su primera hija padeció una enfermedad terminal, que la mantuvo postrada en cama hasta que falleció a la edad de 15 años.

Doña María tenía que dividir su tiempo entre atender a los niños pequeños y cuidar a la hija que no podía valerse por ella misma. Por las noches, pasaba en vela junto a la niña enferma sin más compañía que un candil encendido y la esperanza de que Dios la sanaría pronto.

Y aunque su esposo siempre procuró llevar el dinero necesario para la manutención de la familia, ella fue quien se encargó de criar a sus hijos.

“Yo trabajaba en las salineras y llegaba a la casa cada cuatro meses a dejarles dinero. Así que reconozco que fue ella la que se hizo cargo de los hijos”, dice don Eulalio.