Nadie leyó peligro en las fisuras de
las paredes, en el hundimiento del suelo, ni en las grietas
de las gradas. El Rubén Darío estaba herido.
Pero esos golpes internos que le produjo el terremoto de 1965
no fueron analizados hasta que cayó tumbado por los
10 segundos del sismo del 10 de octubre de 1986. En su colapso,
mató a más de 300 personas. 20 años después
de esa tragedia escrita con sangre, el país no ha aprendido
la lección.
El Darío cayó y todo el polvo que levantó
al final solo fue una gruesa cortina que permitió a
los propietarios de otros edificios heridos de muerte en 1986
reproducir los patrones heredados del terremoto de 1965. Ellos,
como sus antecesores, burlaron la sentencia que cayó
sobre esos inmuebles, que ahora son una trampa mortal para
decenas de personas.
El terremoto de ese 10 de octubre no solo botó al
Gran Hotel San Salvador, al edificio Dueñas y a una
parte del Hospital Bloom. Con más discreción
que el estruendo de una pared rota, también hirió
en silencio los órganos vitales de otro centenar de
edificaciones a las que los especialistas no les encontraron
más futuro que la demolición.
La Comisión de Evaluación de Daños y
el posterior Comité Permanente emitieron 111 órdenes
de demolición. A 10 años del terremoto, en 1996,
solo un 57% de esas sentencias se había ejecutado (Riesgo
sísmico en la región metropolitana de San Salvador,
Julián Bommer, Walter Salazar, Ricardo Samayoa), y
ahora algunos de ellos son un evidente peligro. Como el número
818 de la 25.ª avenida norte, que alberga clínicas,
laboratorios y salas de belleza. Con grietas cubiertas con
pintura y repello, su perfil casi calca la sombra del Darío.
Fue una de las estructuras incluidas en la lista de demolición
publicada por la Comisión de Evaluación de Daños
el 7 de febrero de 1987.
Ahí funciona el Centro Médico Profesional
Metropolitano. Un edificio de tres plantas y parqueo en sótano
que de acuerdo con su administrador, Carlos Meléndez,
fue erigido en 1984. No ha recibido ningún refuerzo
estructural porque para los terremotos no le ha salido ni
una sola grieta, explicó cuando, vía telefónica,
se le preguntó sobre el uso de la construcción.
Palabras que, en todo, se contraponen al dictamen de los especialistas
que descartaron la reparación.
En el caso de los desahuciados, la comisión incluyó
una cláusula en la que se emplazó a los dueños
a ejecutar la destrucción antes de 30 días después
de la publicación. La sanción por no cumplir
esta orden estaba entre los $57.14 y los $57 mil 142 (¢500
y ¢500 mil).
Pero el seguimiento a las reparaciones que en 1987 parecía
inminente fue perdiendo brillo. Al punto de que ya en 1993,
de acuerdo con una lista elaborada por el Ministerio de Obras
Públicas (MOP), se empezaba a configurar otro desastre
en potencia: de las 3 mil 183 edificaciones dañadas,
solo 383 habían solicitado el permiso para hacer reparaciones,
y las restantes 2 mil 800 (el 87.97%) habían hecho
algún trabajo sin supervisión alguna. Esto es,
sin garantía alguna de hacer lo necesario y lo suficiente.
En su estudio de 1998, Julián Bommer, Walter Salazar
y Ricardo Samayoa publicaron un balance de 1996 sobre inmuebles
dañados y reparados. Al notar que solo en un 23% de
los casos de edificios fuertemente dañados
se cumplió en teoría con la sentencia, advertían:
El 77% restante estaría pendiente de reparaciones
estructurales muy serias, por lo que en el caso que se encuentren
deshabitadas, o lo que sería peor, en funcionamiento,
representan un verdadero peligro para sus ocupantes.
Hoy, el edificio de tres pisos del número 312 de la
avenida España luce un rótulo de En venta.
La viñeta de condenado a demolición por daños
severos que le impusieron los inspectores no tiene validez
para el propietario. Este edificio tiene unas columnas
bien gruesas y nunca ha tenido daños con los terremotos,
aseguró Alfredo Martínez Moreno, también
vía telefónica, cuando se le preguntó
la condición del inmueble que vende. Ahí funcionó
hasta 2001 la Universidad Pedagógica. Al menos hasta
que no haya un comprador, este edificio de lozas sueltas,
columnas rotas y pisos que se tambalean seguirá deshabitado,
pero amenazando a los transeúntes.
La Oficina de Planificación del Área Metropolitana
(OPAMSS), la Alcaldía de San Salvador, el Viceministerio
de Vivienda y la Asociación Salvadoreña de Ingenieros
y Arquitectos (ASIA) son las entidades llamadas hoy a dar
continuidad al destino de los edificios dañados con
cada sismo. Pero, como muestra de la corta memoria, todas
dicen carecer de la lista oficial de estructuras dañadas.
La corta memoria también se observa sobre el número
425 de la alameda Juan Pablo II y 4.ª avenida norte.
Ahí funcionaba el Ministerio de Trabajo y el terremoto
lo dejó irreparable. El Gobierno sacó a sus
empleados, pero dejó a vecinos y transeúntes
el peligro del desplome en pleno centro capitalino.
A los plafones del edificio los atraviesa agua, sus pisos
son inestables y las paredes, además de grietas, lucen
tatuajes de pandillas. Por las noches, según vecinos,
se escuchan ruidos que dan miedo, porque evidencian que la
propiedad ya es albergue de delincuentes.
No fue fortuito
Yo no sentí el temblor. Solo oí un golpe,
y al abrir los ojos, tenía el techo sobre mí.
Que yo esté sentada aquí es solo milagro.
Son las palabras con las que Delmy de González pinta
el sufrimiento de pasar 11 horas soterrada. Ella, una odontóloga
de 36 años en 1986, ignoraba el peligro con el que
convivía. Las autoridades locales y centrales, no.
Sabían que el terremoto de 1965 había debilitado
al Darío. Y, a pesar de ello, no ordenaron desalojo
ni obligaron a reparación exhaustiva.
Al que en ese tiempo era alcalde de San Salvador, Antonio
Morales Ehrlich, ver al Darío tumbado le dio miedo.
Fue una profunda sensación de que todos los proyectos
que teníamos se habían venido abajo. Ese edificio
se había caído por todos lados, recuerda.
Dice que encontró dolor en reconocer que fue una tragedia
evitable.
El democristiano retirado era asesor jurídico de la
municipalidad capitalina en 1965, cuando Napoleón Duarte
era alcalde. Ya en esa época, la evaluación
de daños que se hizo dejó al Darío entre
los más afectados. Como dicen, le echaron pintura
antisísmica y lo pusieron a funcionar. Ese fue el problema.
No sé cómo le dieron permiso y no se prohibió
su uso. Luego se le fue olvidando a uno, admite.
Ese olvido que costó vidas llegó a lo más
alto del poder gubernamental 21 años más tarde.
Duarte salió del terremoto de 1965 como alcalde y con
el Darío dañado y habitado. El de 1986 lo halló
como presidente y con el Darío por el suelo.
La mala memoria es de las pocas cosas que han salido ilesas
de todos los sismos. El director de la OPAMSS, Roberto Góchez,
en 1986 era el gerente de urbanismo y arquitectura de la alcaldía
capitalina. Y pese a que por su cargo estaba directamente
obligado a conocer el estado de los edificios, la respuesta
que da contradice a Morales Ehrlich. Francamente, no
teníamos conciencia del daño. Tanto así
que cuando el doctor Morales Ehrlich fue alcalde, planeó
el rescate del Centro Histórico y se construyeron lugares
de venta pegadas al Darío. Con el terremoto, la peatonal
colapsó. Supimos que el edificio estaba mal hasta que
se cayó.
Góchez, como director de la entidad que se encarga
de ordenar el crecimiento del área metropolitana, también
se encoge al hablar de los nuevos Rubén Darío.
Apuesta por la existencia de inmuebles en mal estado. El problema,
según él, es que no saben dónde ni cómo
están. ¿A quién le pedimos que
asuma el costo de revisar todos los edificios del área
metropolitana y cómo? Es difícil hacerse cargo
de algo de lo que uno no tiene responsabilidad, se excusa.
En la OPAMSS de Góchez no hay registro de los trabajos
que se supone le hicieron al Centro Médico Profesional
Metropolitano. No saben si fue reconstruido, si se le hicieron
reparaciones estructurales o si solo se maquilló. No
hay forma de saber qué riesgo corren quienes trabajan
o buscan servicios ahí. La oficina nació en
1990, y de antes no hay registros, porque dicen que cuando
el MOP disolvió la Dirección de Urbanismo y
Arquitectura se extraviaron.
Viejos vicios
La ciudad de San Salvador en los últimos tres siglos
ha sido afectada por 15 terremotos, nueve de ellos asociados
con la cadena volcánica y los seis restantes con la
fosa de subducción del océano Pacífico,
de acuerdo con un estudio dirigido por Julian Boomer.
Los terremotos provocados por una falla, como los de 1965
y 1986, se caracterizan por presentar magnitudes bajas, pero
son muy destructivos porque los puntos de fractura son muy
cercanos a la superficie y porque la capital está asentada
sobre grandes estratos de tierra blanca joven, que amplifica
la vibración sísmica.
Para el terremoto de hace 41 años, los muertos llegaron
a 150, los damnificados a 30 mil y la magnitud (cantidad de
energía liberada) fue de 6.3 en escala de Richter.
Hace 20 años, los fallecidos llegaron a 1 mil 500,
los damnificados a 100 mil y la magnitud solo fue de 5.4.
En 1965 la intensidad (los efectos) alcanzó siete grados
en Mercalli Modificada, y en 1986 escaló hasta los
nueve.
Empezamos a ser más vulnerables cuando nos olvidamos
de los terremotos. Y eso es lo que ha pasado en nuestro país,
sentencia David Hernández, miembro de la ASIA, un doctor
en Ingeniería especializado en estructuras.
Los sismos que nacen de las fallas capitalinas tienden a
presentarse con una frecuencia media de cada 20 años,
según el Servicio Nacional de Estudios Territoriales
(SNET). Una persona que tiene 25 años todavía
tendrá que vivir al menos dos terremotos más,
según los cálculos de Carlos Pullinger, director
de geología.
Tras los terremotos de 1965 y 1986, la ayuda internacional
llegó a manos llenas, los hombres topo sacaron cuerpos,
se formaron comités de canalización de víveres,
se repartieron láminas, se formaron comunidades conmemorativas
de la tragedia. En la emergencia aparecieron numerosos padres.
La prevención y mitigación de riesgos, sin embargo,
siguió huérfana.
Más que una reflexión, las palabras de Douglas
Hernández, sismólogo, suenan a condena: Tendemos
a olvidar rápido y comenzamos a dormirnos. Dejamos
de trabajar en lo que debería ser rutina como simulacros
en escuelas, planes de evacuación, reducción
de riesgo. Vivimos en una de las zonas más activas
del mundo, pero lo notamos solo cuando hay terremoto.
Se buscó a las autoridades del Viceministerio de Vivienda
y de la alcaldía capitalina, pero no accedieron a dar
entrevistas. Lejos de eso, en Vivienda se bloqueó una
ya concertada por Enfoques.
En estos 20 años, los planes de mitigación
de riesgos acumularon polvo y las normas de construcción
antisísmica están finalizadas, pero sin oficializar.
Tampoco se han movido esos tres edificios que siguen en pie
bajo una gruesa capa de desidia institucional. Todas
las edificaciones dañadas, las que se conocen y las
que no, solo están esperando que el terremoto siguiente
las bote, profetiza David Hernández.