La tendencia arquitectónica que cayó en 1986

Elena Salamanca/
fotos: Mauro Arias, Óscar Leiva y Archivo

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Diez segundos de una mañana de octubre bastaron para borrar años de historia de un San Salvador inconstante y movedizo que ya se configuraba como centro comercial y desechaba su uso habitacional. Una veintena de edifcios de concreto y cientos de adobe y lámina desaparecieron en un pestañazo.


Mover a
la ciudad

Los golpes que los terremotos habían causado en San Salvador, desde al menos 1575 según registros coloniales, han llevado a sus pobladores a migrar o mover la ciudad.


El terremoto en San Salvador, pero el del 16 de abril de 1854, es el que hace que las autoridades decidan mover la capital hacia Cojutepeque.


Casa Ambrogi

Conocida como el primer rascacielos en Centroamérica, tenía cuatro niveles. Fue construida entre 1875 y 1888 con adobe, madera y lámina. Su dueño era el general Constantino Ambrogi, luego pasó al escritor Arturo Ambrogi. Resultó dañada con el terremoto de 1986, y fue demolida en 1996. En el Palacio Nacional hay algunas láminas del inmueble. Según Irma Flores, de CONCULTURA, a excepción de éste, los edificios perdidos en el terremoto no eran patrimoniales.


Un San Salvador
sin cuajar

Los terremotos han hecho mella en la capital salvadoreña, en su Centro Histórico, para que pueda configurarse como tal. De hecho, el terremoto de 1854 obligó a las autoridades, dirigidas por Gerardo Barrios, a moverla a Cojutepeque. Años después, San Salvador volvió a su casco actual, pero los constantes terremotos, al menos 11 desde 1575, no le han permitido cuajar.


La capital es inestable ante los movimientos telúricos, y por ende, pocos testigos históricos desde la arquitectura residen en ella. Por ejemplo, no hay una sola edificación colonial, y para el terremoto de junio de 1917 se perdió gran parte de sus construcciones: en adobe, madera y lámina.


Desde la segunda mitad del siglo XX y hasta la fecha, ha existido una tendencia de “descentralizar” el centro, es decir, extender las zonas industriales, el comercio y la vivienda hacia la periferia.


La Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI) pronosticaba esa mañana un “apocalipsis econónimo” por el “desempleo, la inflación, la devaluación y el endeudamiento”, 20.77 colones ($2.37) valía la lata de leche en polvo, 57 centavos, de colón también,($0.05) la libra de tomate de cocina; el desaprecido almacén Kismet tenía su “Club del disco”, con Madonna, la Sonora Santanera y los Tres Ases, a 12.95 de colón ($1.48) en casette, y “a las 2:00 p.m. se correrá el sorteo extraordinario de La Grande, en el auditorio del edificio de la Lotería Nacional”, en la 3ª calle oriente y la 2 ª avenida norte (actual avenida Monseñor Romero). Ya no se corrió.

Era viernes, 10 de octubre, y a las 11:50 de la mañana, un terremoto grado 7.5 en la escala de Ritcher dejó inhabilitado el edificio de la Lotería Nacional de Beneficencia, con sus siete pisos, los seis de la Cafetalera Salvadoreña, esquina opuesta a la plaza Libertad, los seis del Gran Hotel San Salvador, en la avenida España, e hizo polvo los cinco niveles del edificio Rubén Darío, frente al neoclásico palacio de Telecomunicaciones.

Todos ellos construidos en concreto armado. Todos desnivelados, hundidos, colapsados o hechos polvo. Y construidos en los años 50. Las construcciones monumentales de inicios de siglo XX, como el París Volcán, el Lutecia, los portales, vieron caer a los colosos y funcionalistas edificios dedicados al comercio, de un San Salvador que hacía 20 años se estaba vaciando y se convertía en un gran centro comercial.

El ingeniero civil especialista en construcciones sísmicas Juan Martínez dice que los edificios que se cayeron, o que colapsaron y tuvieron que ser demolidos después, vieron su ocaso en la falta de control de calidad de los materiales de construcción y por no tener un diseño sísmico.

Como cayeron los colosos, al menos para la escala salvadoreña del momento, de concreto cayeron cientos de casas de lámina, madera y adobe en los barrios de La Vega, San Jacinto, Modelo, San Esteban y Zurita. Según el arquitecto Rafael Alas, de la universidad Albert Eintesin, la falta de mantenimiento hizo mella en los sobrevivientes del sismo volcánico de 1917.

Líneas que se doblaron

El foco de atención se centró en los edificios. Construidos en los años 50, cuando se introdujeron las fábricas de concreto al país, llevaban sus líneas y sus grandes cristales seis niveles arriba de la acera. Según la arquitecta Irma Flores, del inventario de bienes culturales de CONCULTURA, las grandes edificaciones comerciales perdidas durante el terremoto eran de tendencia arquitectónica funcionalista.

Alas define el funcionalismo como una preponderancia rectilínea en el diseño, y el desembarazo de la decoración suntuosa, y una característica era el uso de grandes paneles de vidrio (como el del el Ministerio de Economía, sobre la 4ª norte). Según el arquitecto, la belleza del estilo arquitectónico radicaba en función de su utilidad.

Así, estos edificios, daban un nuevo rostro al centro histórico capitalino, lejos ya de los aires franceses de inicios del XX. Y se elevaban sobre ellos, al menos cuatro niveles más.

Su sistema constructivo, el concreto armado, había sido introducido al país porque, según Alas, era una nueva tendencia en la construcción y “la tecnología daba para irse en altura”. Además, era obvia una vocación comercial en ellos y la ciudad.

El concreto también había sido la transición de la lámina, troquelada y galvanizada. Este sistema constructivo europeo había sido optado como el ideal para la construcción en San Salvador desde finales del siglo XIX e inicios del XX, según Alas, y con el terremoto de 1917 se vio su efectividad: la lámina no se derrumbaba como el abobe. Sin embargo, los incendios comenzaron a desolar la capital, y el concreto era más resistente para soportarlos y dar un rostro de modernidad a la capital. O hacerse polvo 30 años después.

“La idea era construir, pero había falta de visión técnica”, no había estudios de suelos, diseños antisísmicos y los diseños eran asimétricos, dice Martínez, que fue parte del comité de la Asoación de Ingenieros y Arquitectos salvadoreños (ASIA) que analizó los daños inmediatos del terremoto en 1986.

Una joya que ya no brillaba

Frente a la Plaza Libertad, el edificio de la Compañía Nacional del Café, conocido como “la Cafetalera”, se erigía, revestido de mármol, como un símbolo de la bonanza económica de El Salvador hasta la primera mitad del siglo XX.

Seis niveles saludaban a los caminantes salvadoreños, y en su último nivel, el café “El grano de oro” era punto de reunión. Aquí conoció Hugo Lindo a su esposa, aquí se reunían los escritores comprometidos y bohemios de los 50 y 60, y para seguir con el tono literario, el día en que quebró el café, como diría Menen Desleal, San Salvador se descalabró y el edificio quedó clausurado.

Para el arquitecto Alas, solo la ubicación del edificio es significante: frente a la plaza libertad. Y luego sus aderezos: revestimientos de mármol que áun se contemplan entrebasura y láminas oxidades que inhiben el paso.

Otro edificio que se perdió, y que era representativo de una bonanza económica de El salvador de la primera mitad del XX era el Casino Salvadoreño, según el investigador histórico Carlos Cañas Dinarte.

Este edificio, inaugurado en su última versión en 1942, albergaba entonces al extinto Banco de Crédito Popular, y fue demolido después del 10 de octubre.

La Biblioteca Nacional, caraterizada por su vida errante de al menos siete sedes en 135 años, perdió su cede de nueves niveles en la 1ª calle oriente y 8ª av. sur. Desde entonces, 10 años de periplos que incluyeron embodegar libros en el parque infantil la llevaron al ex edificio del Banco Hipotecario en 1996, frente a la plaza cívica. De fibra de vidrio, no es apropiado para la carga de libros, le falta aire acondicionado, tiene goteras y los empleados se han manifestado este año por mejoras en infraestructura o cambio de sede.

Como dice Cañas Dinarte, los terremotos cambian las ciudades, y además reconfiguran su identidad. La pérdida cultural que representan estos tres inmuebles se suma a la comercial de la mayoría de edificios perdidos, como bancos y locales comerciales, de los cuales no hay un inventario según la ASIA, el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA) y la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS).

Junto a ellos desaparecieron viviendas, testigos de años de transiciones en el centro histórico. Según el libro “El centro histórico de San Salvador, cultura e identidad”, de América Rodríguez Herrera, la Fundación Salvadoreña para la Vivienda Mínima (FUNDASAL) reportaba la pérdida de 55 mil 600 unidades habitacionales dañadas. Entre estas, había 28 mil 294 mesones, lo cual, según Cañas Dinarte, constituía ya una “pauperización del centro”.

Para entonces, el centro histórico era ya una caja que se llenaba de día y vaciaba de noche. Sufría esta inversión desde las décadas de los 40 y 50, cuando surgió una migración de los habitantes del centro hacia colonias como la Flor Blanca, la Escalón y la San Benito, como señala el arquitecto Alas.

Otra de su características ese octubre de 1986 era que las instituciones ya se habían fugado de él: el Palacio Nacional ya no era sede del poder legislativo desde los 70, y desde los 30, la visión presidencial llevaba su sede a San Jacinto.

Con esta pérdida de vocación residencial e institucional, el comercio se abría campo en las alturas y esos 10 segundos de octubre la borraron urbanísticamente. Después del terremoto, locales comerciales de uno o dos niveles o parqueos llenan los sitios de los funcionales edificios comerciales. “No se recuperó la altura”, dice Alas.

Sobre los seis niveles del Gran Hotel San Salvador, que funcionaba como tal solo en sus últimos niveles, se erige el Centro Comercial España. José Asencio, vendedor informal de juguetes en la esquina del antiguo hotel, dice que era famoso “porque aquí venían turistas gringos, y había boutiques. Antes las boutiques no eran tan comunes, y la ropa era bien cara”.

Las 300 almas perdidas bajo el Darío se multiplican en cuatro zapaterías, con productos de 6.99 a 31 dólares, y ventas de CD, vidrios y artículos para celular.

Después del colapso del funcionalismo y el concreto armado, al centro no volvieron las grandes construcciones.

 
 
Contenido: Óscar Luna | Diseño: Andy Rodríguez | Edición: Margarita Funes
 
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