El color del olvido

Camila Calles/
fotos: Salomón Vásquez

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Como si se tratara de cualquier cosa, el inventario oficial de inmuebles dañados por el terremoto de 1986 no lo tiene nadie. En el MOP nadie sabe nada, y la OPAMSS solo tiene una lista incompleta.


Los dueños
de una tragedia

El negocio iba tan bien que quisieron ampliarlo. El candidato natural era el edificio de al lado: una mole antigua de cinco niveles. Lo compraron en 1982, ¿o habrá sido en 1981? No lo recuerda. Lo que sí recuerda esta persona muy cercana a la familia propietaria del edificio símbolo de la tragedia de 1986 es que los socios de Inversiones Jorge Pacífico Hasbún e Hijos revolvieron el luto por los empleados muertos con una sensación de que les habían vendido una papa caliente. Y a las 11:49 del 10 de octubre les había quemado las manos. Los Hasbún habían trasladado las bodegas y algunos locales del edificio Pacífico al Rubén Darío. Arrendaban algunos locales para aprovechar el espacio. De los Hasbún como parte de la tragedia se habla poco. Y ellos hablan menos. "Es que hay resentimiento, gente que culpa a Dios, a la naturaleza, a los propietarios anteriores, a los que dieron permiso de seguir habitando ese edificio, a los que eran dueños en ese momento. Cada quien saca sus conclusiones. Fue un momento doloroso", explica esta persona que pidió el anonimato para relatar lo que sabe. La familia se rehusó a dar declaraciones. Al frente de la directiva de aquellos tiempos estaba David Jorge Hasbún, quien ya falleció. Ese puesto también lo ocupó, posteriomente, Moisés Jorge Hasbún, hasta el año pasado, cuando murió. Los herederos dijeron que no desean hablar sobre el asunto.

Restaurados y sin permiso

 

Colocar banderas que simbolizan el nivel del daño de un inmueble es tarea de los comités de evaluación. Detrás de los colores rojo, naranja, amarillo y verde, sin embargo, no hay nada más. El camino de seguimiento de los edificios en mal estado es difuso. Las instituciones en las que recae la responsabilidad no cuentan con capacidad financiera, tecnológica o humana para realizar la tarea.
La Oficina de Planificación del Área Metropolitana (OPAMSS) apenas exhibe un listado parcial de las edificaciones dañadas por el sismo de 1986. El Viceministerio de Vivienda es el encargado de velar por el crecimiento estructural del resto del país, pero en la actualidad no conserva ni un documento que haga referencia a la tragedia que marcó la historia de El Salvador
hace 20 años.
“No tenemos registros de ese terremoto”, se limitó a comentar el encargado de comunicaciones de esta entidad, Fausto Valladares. Debido a eso, Enfoques buscó una entrevista por otras vías y logró contactar a un funcionario que admitió tener la información que se buscaba. No obstante, Valladares, al saberlo, logró que se cancelara la cita. “Esa no es responsabilidad de nosotros”, dijo, para zanjar el tema.
La evaluación de los daños es solo el primer paso de un proceso de reconstrucción supervisada que en el país, pese a los frecuentes sismos, nunca se ha hecho. “Nosotros hacemos un estudio preliminar con los colores. Luego se necesita un estudio preparado con la solución propuesta. En eso es en lo que hay deficiencia”, explica José Mario Sorto, presidente de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos (ASIA).
Calladitos
Fuera del peligro evidente de los edificios que ya han recibido calificación de inhabitables o inservibles están otros que, sin ser vociferantes, están deteriorados como lo estuvo el Rubén Darío hasta su muerte. De esos, todo mundo dice saber que hay varios, pero nadie se atreve a señalarlos.
En la historia salvadoreña hay un movimiento telúrico que apenas ocupa la memoria. El 19 de junio de 1982 la tierra se sacudió con una magnitud de 7.3 Richter. Al menos ocho personas perdieron la vida, 96 quedaron heridas y 5 mil damnificadas. Sorto lo caracteriza de manera muy peculiar: “Fue un sismo guerrillero. Esos sismos que pensamos que no nos hicieron nada, debilitan la estructura. Yo creo que hemos tenido un segundo sismo guerrillero, es el de 2001. Debilitó los edificios y los dejó solo para que otro movimiento los bote”. Cree que bastaría una magnitud de entre 5.1 y 6.1 para desplomar los inmuebles mal parados.
Pero, de nuevo, no hay un inventario plenamente confiable de las estructuras que son una amenaza.

 

 

 
 
Contenido: Óscar Luna | Diseño: Andy Rodríguez | Edición: Margarita Funes
 
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