La maravillosa historia de la ausencia del miedo o El año del séptimo día

A vos, amor, que me enseñaste que las palabras aunque amantes invisibles no son amadas inmóviles.

Por Julio Storni
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 11/18/2007

Nota antes de empezar: El siguiente cuento es, en realidad, una serie de fotografías de impresión en gelatina de plata, sobre papel de fibra Ilford de 16”x20”, que debe leerse enfocado salvo cuando se pida lo contrario y con el entendido de que cada trozo con imágenes incomprensibles puede o no tener un orden.

Cuando un pequeño sábado se disfraza de domingo, la irreparable realidad de que al día siguiente un domingo furioso tomará su lugar usurpado, podría llevar a creer que se ha vivido tristemente en una vorágine temporal o en un año de pitufo.

Domingo. Sábado. Lo que quede de dios aquí, en el medio, seguramente está en el calendario. Sábado. Domingo. Sin embargo, a ciencia cierta nadie sabe, o prefieren evitar el escándalo de esta ignorancia, si los días nacen, se reproducen o mueren; quizás una mezcla filantrópica de todo, coordinada por un reloj alegórico. La grama está húmeda. Lo hinchado se revienta al tacto como una mina repleta de cloroplastos viscosos. Pmm. Pmm. La tarde era una para sentarse a jugar con mariposas, para contar las palomitas que caían del techo, boxear con una mesa; en fin, quedarse dentro, sembrarse con un poco de paciencia. Él estaba profundamente distraído y los jarabes de la vieja ya lo tenían harto, los calcetines lo ahogaban de cabeza y sus pies se quejaban. Al fondo y como un murmullo molesto, su hermano, que aquel día era un saltamontes (especialmente viéndolo a los ojos) insistía en el mal uso del calificativo “leyenda” sobre algunos jugadores de fútbol con nombres impronunciables. Sus manos estaban orientadas al sur perfecto de una rosa, que estaba siendo violada por una abeja, que justo aquel día había sido despedida de su trabajo de recolectora, título otorgado por la misma reina roja que, veinticinco horas exactas atrás, había consentido silencio a un escándalo político en el cual se hubo involucrado con una colmena limítrofe y orugas moradas. Sus hombros, en contraste, estaban alineados completamente al norte, donde nada más ocurría un atraco a una anciana medio putona, pero terriblemente dulce. En aquel lugar la gente verdaderamente parecía brotar de la tierra, como abortos rosados y un poquito torpes. Toser y pensar, toser e imaginar un lugar con nubes aun más oscuras. Para él todo era una sensación que simulaba mucho a correr entre la lluvia hacia un paraguas roto. Se sentía como en las mañanas de la semana que a veces daba la cara. Sobre las que “caminaba”, como completando una eutanasia verde (las hojas caídas que se permutaban tristemente en su camino) y los jardineros escandalizados. Pmm. Pmm. Una sola pisada sin atrás sospechar una huella. El sonido no volvía, era un asesinato freudiano pleno; con el piso (haciendo referencia a un ciclo vertiginoso) decidiendo que hoja besaría la suela y terminaría pariendo un chirrido ahogado; saltaría entre los estomas estériles de muchas otras después, reales o supuestas, con los oídos, y sería un arco iris infinitamente ridículo de un color mudo. Hermoso e invisible. Cadáveres, carretera: eran sólo vegetación fulminada.

Todo el lugar estaba como enjaulado, diástoles cercadas y caminos saturados; como una vejiga gorda, llena de agua, segundos antes de encontrar la tierra, de remitirse de golpe al cielo, de encontrarse completa. Paff! Ahora estaba saltando entre nubes: ahí va una y otra y otra. Al siguiente día la vería, se encontrarían en un café cercano a la plaza que conocían tan bien. Ese lugar de motores donde se congregan las fumarolas ardientes, todas inmóviles y sonoras. Novecientos metros, quinientos metros, cien metros: allí todos vuelan con la técnica ingrata de un cañón gritando en el trote, queriendo tragarse todo lo negro y seguir la prisa. Toda la prisa. Ese desfile (mitad metálico, mitad bípedo) que no mira a una pareja cerca de una fuente que se dispone a terminar la rutina del orden con un beso. Sin dudad todo era un pecado sin retornos.

Flotaba ahora entre el calendario. Qué resumen tan cínico del espacio. Recordaba los cuadritos azules, aunque muchas veces eran verdes y tenían lunas de regalo (seguro un sobrante de tinta, o un “gasto de administración” no capitalizable). Estos esqueletos de tiempos por venir, de tiempos y números nunca decían nada, no en un lenguaje humano. El martes de hace mucho, y entonces pensó en un bebé, lo pintó meciéndose en su brazo, como un gusano delgado y moreno y la risa que salía tan fácilmente y la inocencia negra de un suspiro. El jueves y la radio. Como lo mataban las conversaciones inútiles, quizá por eso seguía sin articular palabra. Le indicaba a su padre, sólo usando gestos, la promesa de una moneda por cada viaje sin sonidos que no fueran los verdaderamente necesarios, es decir los coches, las piezas cubiertas por una puerta callada, los vendedores, las cucharas que caían del sol y posiblemente un malabarista en cada semáforo. Ah, y el miércoles de antes. Ya toda idea se hacía líquida. Los pancakes para el almuerzo, el café mal endulzado del desayuno, el jazz desconocido en la noche, todo miércoles era una bolita roedora entre sus manos. Siempre era una unión de melancolías bobas. Las moscas danzantes en cada mesa de una cafetería le hacían llorar de pronto (sin gritos). El humo de los cigarros encendidos coincidía perfectamente con cada latido e idea clandestina, un muy peculiar desfile de luciérnagas. Las clases del dragón. Sí, cómo no hablar de él. No costó mucho hacerse a la idea de un monstruo parlante. Era, esencialmente, lo mismo de siempre: alrededor de setenta pupitres, un tercer día de la semana, estudiantes distraídos, ruidos sin epicentros, un maestro excéntrico y apasionado; perfectamente or-di-na-rio. Se había dicho a sí mismo que aquel reptil (que bien podía ser rumano o escocés) definitivamente perdió la cabeza hacia muchos siglos. Suponía los más terribles hechos y terminaba como especulando la relatividad con pasteles rellenos de azúcar.

El gris era constante, amargo y “real”. Se corría desde el primer escalón mohoso hasta el cíclope ciego sobre la pizarra. Íntegramente gris. Resumiéndolo, se vería un círculo de regímenes voraces, un paralelepípedo desconocido sobre modelos de producción pausados y asesinos (semejantes al hambre o a la ansiedad de un topo) que caían evidentemente en un cuadrado que condensaba lo que conocemos familiarmente como “realidad”.

Las imágenes se van y de nuevo se encontró solo en el parque, detenido por la gravedad y la cordura, disfrutando la vista de un columpio vacío que no quería detenerse por nada en el mundo y nada ha sucedido en lo absoluto. Aparecieron los olores de su cuello, la comodidad de sus hombros, perfume, sudor y cabello. La vería. Tomaría su cintura, la abrazaría. La podría amar toda una noche con los dedos. Se la formó como a un sapito atrapado en el lodo. Mordiéndose entre la confusión y tirando un hipo sucio y mojado. Las campanas de la iglesia aumentaron el mareo. La amaría mañana. Seguramente mañana. Pmm. Pmm. Otra aspirina antes de seguir.

Se extingue el sol de la costa en lo profundo. Se va apagando sobre las cuerdas enmohecidas del muelle. Todo es espanto a las palomas en su paso, como en esas películas en blanco y negro que ya nadie recuerda (todo muy azul, sin embargo). El olvido no sonaba en aquellos lugares, y todo lo que sobraba era la añoranza de otros… los que fueran… los que se fueron. El olor de los marañones y pescados echados a perder conducía a la choza donde ella se sentaba a tejer sus memorias mientras “Dios la mantuviera”, o así solía decir a veces. Las fotografías andrógenas de niños irreconocibles ahora colgaban siempre a los lados de las redes despuntadas. El salitre envolvente del océano se convertía en burbujas al entrar por los orificios en el adobe, como pompas de jabón que inundaban los círculos y los cimientos. Al mediodía, bandadas enormes de gaviotas sobrevolaban la bahía buscando el aguinaldo justo del mar. Las ondas se estrellaban sin fuerza contra las piedras produciendo cascabeles y espumas, lo que otorgaba un buffet nada mágico. Los rompeolas del arrecife se asemejaban a los dientes de un fantástico tiburón caído miles de años atrás y era en la roca más alta, el hocico de la bestia, donde el niño verde jugaba con sus dedos tratando de no cerrar nunca los ojos. Los insomnios eran terribles. Leyendas piratas hablaban de fantasmas de carne y hueso que se consumían sin los consuelos humanitarios de un ataúd adecuado. Almas sedientas de trofeos inexplorados, de disputas ancestrales y sin propósito; los miles de maniáticos hundidos en el Pacífico que no vivieron un lustro más que el oro. Duermen sin sueño, o nunca lo hacen. La misma malísima historia anónima de las costas.

Toda madre es el recuerdo en carne de que Dios nos quiere en esta tierra y cuando ellas nos dejan, nadie escapa a desaparecer un poco cada día hasta el momento de su muerte. La viejita tullida que ocupaba su tiempo en la mecedora siempre reflejó en el rostro la marca de la esperanza nunca correspondida, que sólo se hereda de las penurias insufribles y pasadas, un alma dulce y seca. Las sirenas y las moscas, que flotaban alrededor del niño, que no era verde, eran las alertas y las memorias dulces de un amor maternal irrompible. Su padre, un alcohólico insaciable, logró casarse gracias a su astucia para la pesca y para los negocios. “Bastardo”, que incesantemente fue el afecto más grande que le regaló a su hijo, sería su última palabra en vida. A comandos de la partera local, no sin cierto cinismo insospechable, deshizo cualquier plan futuro de la esposa para el niño. “Sos un idiota de todos modos”, le reprochaba desde la primera vez que lo llevó a cargar fardos. Los trasatlánticos los desembarcaban en el muelle y era su sexto cumpleaños, sin velitas o serpentinas.

Cada noche, los periódicos volaban bajo su propia inercia alrededor del único foco del mesón, suministrando una atmósfera convulsiva. El marido, aturdido por los fermentos en su sangre, tomaba espinas de dos metros para clavarlas en la frente de su mujer, que nunca alcanzó a igualar las lágrimas o los gritos con el torrente de sangre que brotaba de sus heridas. Cada noche el niño jugaría con sus dedos en el arrecife, tirando semillas de marañón a los tiburones que saltaban sobre las rocas. Hasta que un día del hombre, el marinero bruto, descalzo y de ojos rotos, atrapado en aquella caja nauseabunda afuera de su hogar, fue tragado por la tierra sin premuras o alertas. Recordó, antes de caer en el agujero del infierno, por un instante, a su “bastardo”, como le decía desde siempre y sin vergüenza; imaginó de nuevo las mantas del nacimiento que habían sido transformadas en trapeadores y cortinas bajo su comando la semana siguiente al parto. Volvió después al tiempo en que el niño, que no era verde, pensaba de las cucarachas, alienígenas conspiradores por la dominación del mundo; de las lagartijas, dinosaurios distraídos o espías, las estrategias de su hijo para escapar de las monomanías por las cuales le había azotado en una de tantas de borracheras. “Pmm. Pmm”. Su orina desaparecía en la letrina y con ella, el único rastro líquido que jamás se derramara por ese hombre. Él nunca comprendió los haberes del alma: siempre fue aquella excusa senil de ser humano que el útero de su madre escupió años antes. De regreso en la casa, la mujer sin colores, ahora fantasma, petrificada en su silla, con una laguna de sangre caliente en sus pies, comenzó a tejer con las uñas. El niño, que no era verde, la miró por última vez: posando en el tragaluz y después, columpiándose entre las cortinas, dejó un beso en el biombo de la lumbrera y saltó.

Toda madre es el recuerdo en carne de que Dios nos quiere en esta tierra. La figura continúa postrada en la mecedora de la que hizo su tumba, evadiendo los relojes de la naturaleza después de muerta. Manteniendo la esperanza de que su hijo corriera mejor fortuna. Entre tanto la guerra de las abejas y los políticos inauguraba algún aniversario y el niño, que no era verde, peregrinaba los bulevares del litoral buscando sustento durante las festividades. Las gasolineras, como los cocos, eran hologramas que iban y venían como espejismos, desapareciendo en el horizonte. Pronto encontró refugio en las sombras de los semáforos. Los malabaristas, que afirmaban ser desertores de circos extranjeros y lejanos, le enseñaron sus pericias, aunque el siempre prefería cargar una cajita de chicles y sorpresas; siempre lograba más moneditas de esa manera, o así lo creía (qué más da la contabilidad).

El niño, que no era verde, se fue en la marea de la orfandad. Las algas y corales y estrellas de mar lo arrancaron de las fauces del dragón hundido una noche en que el jugaba con sus dedos a cazar pececitos de colores. El remolino de la tormenta levantó la ciudad destruyendo todo a su paso, alejando a otras temporadas los oros por siglos enterrados, golpeando las puertas de las catedrales y haciendo una noche de crustáceos fugaces. Las algas penetraron en su piel. El niño, ahora verde, explotó con los ciclones y sin mucho estupor de sangre voló sobre las mareas breves de un desastre.

Los domingos se marchitan tan perezosamente. Se derriten en los pósteres sin colores de las barberías, de las escuelas dominicales, en los bancos del parque, los almendros de las avenidas, y no acaban de envejecer en los balcones de los veintidós abuelos que fundaron las lenguas en el mundo. Las enredaderas gobernantes de los vitrales de unos y de otros suben los escalafones a una velocidad infinitesimal. Lento. Lentamente va todo: si acción puede llamarse aquello, y si termina, si alguna vez termina, no puede evitar derrumbarse sobre esa sensación entre salto y caída parecida a estar parado frente al mar, donde las olas se alejan y regresan, dejando un agujero entre pies y suelo, con una pequeña sombra de espacios y sin movimiento propio. Todo y nada cambian.

Las piedritas de su corazón pesaban más de lo usual. El abismo entre sus pestañas se fue cerrando. Era el segundo anochecer del día. Era el tercero, el cuarto, y cayó dormido. No habla más. La extrañaba. La vería mañana.

Olores a pan recién horneado eran la alteración más insólita que aquella cocina, regularmente envuelta con aromas a mangos maduros, alguna vez tuvo. La mujer que preparaba piadosamente la merienda cumpliría su segundo siglo el siguiente mes y tres décadas de haber llegado a esa casa. “Los hombres de hoy, ya no son hombres… los hombres de hoy” desafinaba una canción típica de su tierra al mismo tiempo que arrojaba un par de huevos anaranjados al aceite. Las brasas, como de costumbre, chisporroteaban terriblemente cerca de sus manos y no era imposible deducir que la quemaduras cicatrizadas alrededor de sus dedos eran producto de descuidos a través de miles de refrigerios mal pagados. Religiosa como era en plenitud, entiéndase, desde los quehaceres del hogar hasta los agüeros en el cielo, no vaciló en hacer un griterío monumental cuando el niño verde cayó de las ramas del limonero directamente sobre el techo de la habitación.

—Dios mío —masculló entre dientes mientras se abría paso a chancletazos por el pasillo principal que muchas parecía ser un camino sin final o relieves.

Ocupó su buena fortuna para convencer a la casa de darle asilo al ángel caído, como ella lo llamaba. El niño estaba cubierto de algas, corales y estrellas marinas en cada rincón. Sin aterrorizarse supuso que sus tintes verdes eran profecías indescifrables y, poniéndole más atención a su aspecto demacrado, lo alimentó como mejor pudo y donando cobija en la hamaca del patio trasero.

Desocupados, como estaban los cuartos, por la salida eterna de la mayoría, aumentaban el aura de desolación que cubría todos los espacios casi simultáneamente. Afuera se avecinaban las aguas del séptimo día, por las que se le honraba como “el artesano de los escalofríos” en todas las culturas cercanas, es decir, aquellas surgidas del maíz. Pronto desfondaría su talento haciéndole justicia a su nombre. Afuera, contando los minutos para el ocaso (totalmente simbólico) las luciérnagas se disgregaban a través de las líneas telefónicas buscando refugio de la llovizna naciente y no lograron, en absoluto, ver la lucha de las hormigas en las ciénegas de las aceras por no morir ahogadas en los torrentes de la pequeña precipitación rosada y se agolpaba el ministerio de los siniestros humanos y los crímenes animales. Afuera, las rosas del jardín apenas contenían sus cuellos contra el peso de las gotas que besaban violentamente sus pétalos y las aves que presenciaban la masacre, bajo las ramas del limonero, no mostraban señal de compasión o entendimiento de lo que sucedía. Afuera, todo aquel despilfarro de minerales era un relajo. Su frío tardío rescataba al asfalto de la insolación y no le tomó mucho al humo para aparecer de entre las alcantarillas. Serpenteaban los estruendos por encima de las coronillas del cielo. Afuera, el chubasco goteaba sin pausas hasta desparramarse sobre la grama sedienta y los verdes cercanos. Adentro, las revistas viejas, sobre el escritorio del cuarto del mudo, al otro lado del huerto de claveles, revelaban el desorden generado por la resolución obsesiva del trabajo universitario y una monomanía juvenil poco peculiar. Él había regresado corriendo y sin tropiezos de alguna conferencia de ancianos meritísimos. Ninguna conjetura acerca del nuevo residente de tintes vegetales fue dada en aquel momento ni en ningún otro después por su parte. No había soltado los libros de estudio desde el regreso. La noche no amenazaba con caer de nuevo y el aguacero no terminaba de hablar sus penas. La melancolía es otro tipo de lluvia: más espiritual, más corrosiva, más del alma y del suspiro.

El niño verde despertó cuando la lluvia se había fugado y Led Zeppelin rechinaba todo volumen hasta la sala común. Hastiado de jugar a poner fin a los intentos de una araña por tejer un espacio en el mundo, tiró un aguacate mordisqueado a la pared. El mudo cerró la puerta de un golpazo; comenzaba a creer, a razón de intuiciones, que ese niño era un presagio escalofriante. La extrañaba y ya no huyó de su recuerdo. La amplitud de su ausencia o la falta de una noche, o de una luna, o la congoja, lo hicieron salir sin importar la hora (que era medible en su carencia, y visible en su relativa infinidad). Un paseo solitario hasta la esquina de la cuadra, creyó, sería una buena manera de seguir el día sin ningún sopor innecesario, sin accidentes habituales, sin perderse en el cielo o mirando las flores (que también faltaban).

—Las “niñas” de este siglo no conocen nada de poesía ya es hora de aceptarlo —pensaba muy adentro. Giró su cabeza hacia las estrellas que acompañaban al sol y sólo pudo pensar en ella. La desnudez serena de dos cuerpos que se agolpaban a una sola forma, una explosión de movimientos sobre los azulejos quebrados de una ducha, el sonido de los gatos en celo afuera sobre los muros que formaban el laberinto que atrapaba a la pareja/minotauro amante: una técnica sedienta, una labor de alfareros, un girasol hecho de besos, dos arcillas rojas y un pulsar crepitante y húmedo. Mañana volverían a estar juntos. Mañan-a-nañaM.

Pmm. Pmm. Hay un hombre lavándose los ojos con sal y arena en la televisión, un abandono de vegetales sobre los platos de la mesa solitaria, que supone para ellos la posibilidad de volver a echar raíces, melocotones tiernos a medio comer rodando por entre los agujeros del cuarto, de la casa, de las casas de los vecinos, de la colonización entera; una alquimia gastronómica en la que florecen todas las cenizas.

La entrada del desván de los juguetes parlantes conducía sin dificultades al orificio donde el niño anidaba. La pieza era pequeñísima. El resultado de una promiscuidad y lentitud furtiva con que se desenvolvía el silencio, aclarando sus razones y fríos alrededor del lugar y de la orfandad que no vislumbraba un hogar alguno. Resultaba todo un dogma inesperado carente de sortilegios y sobresaltos. Ya habían llegado solos hasta ahí, su corazón que no es verde y él. No faltaba mucho y así se decía a sí mismo en pocas palabras. Era una templanza real, muy real; joven y huérfana. Evocaba recuerdos en las esquinas, en la agudeza de los pasillos, en los vapores cálidos de la tarde inacabable. Regresaban aquellos rostros tan difícilmente eludidos, tan altivos y patéticos. Se balanceaban en un consciente exasperado. Estragos que la guerra entre la memoria y la distancia siempre provocan. No le quedaba más para evitar el inexorable olvido que construir una barricada con la dulzura más profunda de sus recuerdos alegres, que eran pocos. Hacerse un sahumerio, una manta diáfana de total irrealidad, justo lo que necesitaba para profesarse un ser viviente.

—No sé, mirá, bajo mi opinión profesional es un monstruo. ¿Por qué no hacernos idea de un mundo entero así? Abstracción, ¿ya? Intentemos en una ciudad con muchos hombrecitos verdes y arañas bailando tap con “Killer Queen” o “Day Tripper” de fondo, algo por el estilo. Entonces los monstruos sólo pierden el cuerpo que les conocemos. Digamos que sigue siendo ese montón de cadenas de carbono con piel verde e ideas raras. Sé que, incluso entonces, la etiqueta de monstruo le perseguiría, pero el yo “humano” estuvo incluso antes de esta ficción experimental. Ser monstruo no me suena nada mal en realidad. ¿Realidad? Te vi la cara justo cuando terminé de cantar la palabra. No nos metamos en esto de nuevo. Creo que será mejor que te retirés. Gracias por los libros.

Todo este lugar es periódico apilado. Subir con los ojos desde el suelo al techo es como hacer una maratón de la década. Editoriales van y vienen. No entiendo qué gusto tiene un dragón de tanta noticia, sin olvidar que el podría ser la mejor de todas si alguien prestará atención a su supuesta inexistencia. Siempre me ha fascinado la puerta a decir verdad, es una maravilla repugnante, mucho me recuerda a los versos inútiles del tal Julio Storni, otro de esos simulacros-poetas de inicios de siglo, un intento cuasi loable. La figura es roja con letritas negras por todos lados y el picaporte, que termina el patrón de tinta sangrienta, es como el cetro del verdugo de una piñata de burro, hecho de hojas amarillas y mal pintada. Me doy algo de asco por el cinismo de este gusto. Evito siempre hacerme a la idea de que esos muertos no pueden saber que se hace de las fotos de sus cuerpos. Creo que la costumbre medieval hizo que el “profe” la ordenara construir con ese puñado de páginas violentas. No lo culpo, todo mundo lo hace (de alguna manera).

“Empieza el día, por fin empieza el día, con el grito sin gloria del que nace. Los sueños tañen voces, las voces quitan nieblas, bosteza el frío.” Mario Benedetti

Pmm. Pmm. Invisibles van sobre una perdición santificada que se asemeja mucho a las carreteras de siglos pasados donde nadie presumía conocer con seguridad su destino próximo. Los guijarros y las botellas de alcoholes coloridos de las abarroterías borraban el aspecto barroco causado por las cruces tapizadas en cada esquina circundante a la catedral, con un invierno verde y casi católico. Caminos a puertas cerradas; muchos, e intocables también, germinaban los asfaltos del suelo sin vislumbrar en ellos alguna señal que no fuera salada. Entre las afonías, se abrían los cerrojos de muchas mentes errantes, nacientes entre la línea oblicua de los párpados, que comenzaban las tragedias del día, con la premura ruidosa y asfixiante de haber dejado las ventajas de la inexistencia atrás.

El calor siempre circulaba y los mosquitos zumbantes se mezclaban, no sin cierto sadismo afilado, con la salsa musical y nauseabunda que se expandía sobre toda la metrópoli como una gran cajita de Pandora. Era imposible no tropezar con el bamboleo de las manos, el desliz chocante de tantas cabezas y universos sobre la acera adyacente. Un sinnúmero de sonidos luchando por destruirse unos a otros, dominar los silencios y no-silencios. En las esquinas, o en los precipicios, todos crepitaban una modorra como una sucesión geológica transmitida a sus puntos por algo cercano a la ósmosis y eran como un oleaje de borregos o un rebaño de peces perdidos. Pmm. Pmm. Golpeando contra las paredes de cristal y obligaciones, midiendo su cárcel mojada de creencias y costumbres, apresurándose a la reunión que no pasará, comiéndose el reloj que ya no canta los quiebres habituales, disponerse de una vida en domingo y sin la gimnasia mental poco exigente de siempre.

Los enormes mastodontes de concreto se erguían desde los parqueos subterráneos y oscuros hasta el inicio de las nubes o hasta rozar la barriga del sol y de dios. El flujo de gente en las plazas era imponente, los almanaques de pornografía parecían estar plagados de risas, las estanterías de licores rebosaban de clientela, como orbitando todos alrededor de un ídolo seductor de distintos rostros. El mudo reparaba en el furor de las masas sin crearse juicio alguno y es que los ruidos mutaban alrededor de él y abajo y arriba y a los lados. Todo el ajetreo vigente sacudía al mundo y lo dejaba mareado, inútil pero vivo. A decir verdad, y a pesar de todo, nada comenzaba o terminaba para nadie, el domingo sentenciaba su clonación desastrosa en los márgenes enteros.

Iba el automóvil rojo sobre otra calle idéntica a la anterior; el éxodo, que no era en lo absoluto de judíos o egipcios, no cumplía su primera hora, y las legumbres y hadas para la alacena se pudrían en el asiento trasero. Sobre los programas de radios reinaban las primeras noticias de las víctimas de la locura. La conciencia ingrata del mundo ante la ausencia de los otros seis días era absurda, las autoridades que no comprendían el horror naciente y afirmaban en estadísticas vagas que la muerte no asustaba a las cifras o al estatus quo por el momento.

Pasaba el tiempo, cuarenta y ocho horas en el vehículo y con un embotellamiento que había comprimido a la ciudad completa a algo semejante a una llamada en espera. La relativa calma daba lo necesario para escuchar la guerra entre chicharras y golondrinas entre los árboles, escuchar como los viejos con piel de corteza hablaban sobre lo corto de un mundo sin luna, sobre los misterios astronómicos de hombres y fósiles, sobre la última hora del planeta y las leyendas mayas. Un gran estupor entre los pobres diablos que al parecer salían de un engaño centenario: la eternidad civilizada.

Las noticias nada nuevas de los programas científicos provistos por alguna compañía de cable mexicana desconocida hacían del terror un Quijote, una Rayuela o una parodia pésima de Cien Años de Soledad. Los epílogos de Don Alberto Masferrer fueron, entonces, una razón generalizada y amable entre los ancianos para la desolación. Se reprochaban casi siempre el no haber ocupado sus viejas glorias en las marchas rebeldes que despreciaron antes. - Poco las entendimos - se decían, como queriendo consolarse, como queriendo sentir algo antes de la nada.

Una corriente de anillos de boda y fotografías de familias enteras se unían al polvo para hacer remolinos donde faltara uno. En esos momentos, quizás el pánico o la simple estupidez humana, hacían del descanso en paz de los difuntos una calumnia. Rebozaban las ventas de cacharros, flores, aguas benditas, anuncios brillantes y golosinas. El comercio, incluso en el Apocalipsis, no limitaba su imaginación al hacer dinero con y de los muertos. No sería una ironía que se construyera más tarde una muralla gigante entre las entradas de cadáveres y los desesperados. La vida ya no encontraba paso y la muerte se hacía de un ritmo firme. No restaba mucho para que esas personas, que vendían ramilletes de lilas con arroz, las recibieran luego y sin saberlo. Las almas se despedían sin palabras.

La ciudad de frente y sin soslayo. El mudo divisaba como el minutero se clavaba en una laguna para no arrastrarse de nuevo, como se tomaba un descanso de los carburos, los soplos, los llantos y las guerras. El mudo soñó con ella unos segundos solamente, y otra vez y otra vez; y sintió el retorno de las primaveras pendientes, de las fragancias, en un instante tan veloz que no podría ser segundo o sueño. Era maravilloso encontrarla. El niño verde descansaba sobre sus hombros, entonando notas con la voz más dulce que jamás hubiera escuchado, y la continuidad de la sangre y del mundo ya no parecía tan pesadas.

Alambres telefónicos en llamas, harpas y libros ardiendo. La muchedumbre se esparcía desde su pavor hasta las piedras y las balas. Una procesión de la ira enjaulada entre tierra y atmósfera, un hambre escabrosa y asesina, un montón de hombres aterrados por sombras comunes y un cuchillo fraternal. Humos y fuegos, neblinas y gritos, caídas y sangres. Saltos esquizofrénicos de fantasmas y la promesa de una venganza ante un desorden incomprensible. El mudo ya no escuchaba a los grillos del jardín, los versos a medio liquidar, ni la TV que siempre balbuceaba alguna queja casi humana. Tirado, después del resplandor, sobre un charco brumoso y mojado, iba perdiendo el conocimiento de una manera distinta a la usual. Las estelas del disparo aún sonaban atrás y sin embargo aún podía sentir el aroma de su cabello difuso en el aire, el color de sus ojos melancólicos y alegres y tristes y totales. Era tan linda, y no la vería más. Buscaba una mirada como presintiendo una cumbre, no rindiéndose al vacío, y encontró al niño. Exhalando entre bocanadas el pulso se iba ensanchando, y el maldito descanso todavía no llegaba y todo lo que brotaba era rojo y sombrío. Pmm. Pmm. Apenas podía distinguir a la figura que se paraba de frente, pero de pronto ya no era un niño, ni mucho menos uno verde. La claridad se resistía a mostrar la “realidad”, pero sabía que se miraba a sí mismo. Cada telaraña, hombre, mujer y lápida cogía el eco del mudo haciéndolos un espejo de otro hombre, clones y réplicas. Una multiplicación y cadena, que hacía de todos el mismo, de todos el mismo mudo, y una pintura con mil rostros iguales: un mundo que ya no era mundo; una vida, que no era vida; una muerte que no moría y el domingo que no termina nunca nunca nunca nunca nunca...

“Quand on est mort, c'est tous les jours dimanche.”

Jean Dolent