Esta es una historia de amor que empezó cuando a una joven llamada Juana Irinea se le ocurrió plantar a su novio un día antes de la boda para fugarse con un doctor.
Es para dudarlo poco, pero su voz, que encierra cierta melancolía, señala que el “doctor Palomo” fue el hombre al que más quiso en su vida. Eso ocurrió, pero para llegar a ello habrá que decir antes que Juana Irinea se apellida Ortiz Calderón y que nació hace ya casi 102 años en el casco urbano de San Vicente. Para ser precisos el 5 de octubre de 1905.
Doña Juana vive ahora con una de sus hijas, Argeria, en una casa enorme de Santa Tecla, que también sirve de farmacia. Ahí, en una sala con ventanas amplias, la anciana, muy recatada, abre su mente al pasado. Antes, sin embargo, hace una aclaración: “Me falla la memoria pero de momentos me vuelve, hay momentos en que no me acuerdo de nada y a veces recuerdo cosas. Yo era costurera, estaba un poco cipotona, como de 14 años, cuando comencé. Tenía un puesto en el mercado y lo que trabajaba y ahí lo vendía. El puesto era mío”.
Su juventud pasó en los portales de la ciudad, baile tras baile, esos que organizaba la mayordomía para recolectar fondos para las fiestas patronales. Valses, tangos, polkas, recuerda doña Juana. En uno de ellos conoció al hijo del ex presidente Pío Romero Bosque (periodo 1927- 1931). “Quién sabe por qué nadie se levantó a bailar, solo los dos bailábamos en el salón”, recuerda doña Juana sobre “Pillito”.
Sus padres, Antonio Ortiz y Margarita Calderón, repartían ingresos entre una tienda y la agricultura para mantener a cuatro hijos, tres de ellos mujeres. De su hermano, José Roberto, guarda especial recuerdo pues fue ella quien le ayudó con dinero para que estudiara leyes. “Pero no lo he vuelto a ver, no hemos sabido nada él; a saber si le pasó algo”, dice, con tristeza.
El semblante, empero, le resplandece cuando habla de su juventud, un período interesante de su vida, pues ella tampoco oculta que su vida ha sido plena. Recuerda, por ejemplo, los viajes que hacía en carreta desde San Vicente hasta las playas de La Libertad. Iban solo a bañarse tras un viaje que tomaba dos días. “Me decían que era guapa, pero a saber; lo que sí le puedo decir es que tenía bastantes admiradores”, dice Juana.
Sobre la juventud de hoy, tiene opinión singular, que casi raya en lo contradictorio. “La juventud de ahora está bien loca, sí. Nosotros no éramos así. Las jóvenes ahora se resisten, no se quieren casar.” ¿Y usted se casó, doña Juana? “No.” Aquí es donde se retoma la historia.
La primera hija que tuvo, Margot (ahora de 76 años) fue con un Alberto Palacios, dueño de un comedor en San Vicente que doña Juana dejó hace ya bastante tiempo y que cree que puede estar vivo.
Sus padres la quisieron casar, luego, con otro muchacho que respondía al nombre de Alfredo Díaz. “Mi papá y mi mamá lo querían bastante”, dice como preámbulo. Los deseos de Juana iban por derroteros distintos. Lo que no sabían sus padres es que ella tenía una relación paralela. “Lo dejé plantado un día antes del casamiento; no me quise casar.” “Tuve amores con un doctor; tengo una hija que es de él, el doctor Palomo, Héctor Manuel Palomo. Con él estuve bastante tiempo”, añade Juana, aún con un dejo de ternura.
La felicidad se le acabó con una enfermedad que le llegó al doctor. “Se enfermó de una canilla y ya no sé si se murió. Lo recogieron los familiares de él y lo vinieron a traer. Vivíamos juntos, pero como la familia estaba en San Salvador, lo trajeron acá. Ya tenía sus años él.”
Ella siguió en San Vicente y continuó con el comercio. Vendía en los mercados e incluso llegó a tener un puesto en La Unión. Viajaba periódicamente para vender mercadería, especialmente ropa y calzado.
Conoció poco después al que sería el padre de sus otras dos hijas. De él habla poca cosa. A su hija Argeria le dice sin problemas que él fue el compañero al que menos quiso. “Fíjese mi mamá”, observa Argeria, en tono de reproche. ¿Es decir, doña Juana, que usted tuvo cuatro hijos con tres hombres diferentes? “Así es.” ¿Tuvo una buena vida? “¿Buena vida? Sí, algo”, responde la anciana antes de soltar una sonora carcajada que inunda la sala y contagia a sus familiares.
Doña Juana comenta después más detalles de su vida. Es católica y nunca se quiso casar porque ya tenía hijos. “Es que a mi primera hija la tuve bien cipota.”
Su padre estuvo preso un tiempo al desertar del Ejército durante el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez.
Doña Juana pasa sus días entre la sala y el cuarto. Desde que está en Santa Tecla le recuerda a su hija Argeria que su sueño es ir a Canadá a ver a su otra hija.
Antes de terminar la plática, Juana vuelve al doctor Palomo, pues hay algo que aún la inquieta. Solemne, pregunta: “¿Usted cree que puede averiguar si está vivo?”.