Juan Vásquez 101 años
“Me asusta San Salvador ahora”

Huérfano desde los cuatro años, encontró siempre una mano tendida. Capitalino desde hace 95 años, cumplió años en junio.

César Castro Fagoaga
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/12/2007

N ací en Zacatecoluca, La Paz, en un pueblito que se llama San Juan Nonualco. Ahí fui bautizado. Estaba muy niño, pero medio me acuerdo cómo empecé a ver este planeta. Ahí comprendí que no sabía yo que iba a llegar a esta edad.

Estoy contento por haber llegado a esta edad. Ahí no tenía familia y ahora sí tengo. Lo único que tenía ahí era parte de familia de mamá y poco del lado de mi papá. A mi papá no lo conocí, a saber quién fue. Ahí comencé a sufrir porque mi mamá me dejó a los cuatro años. Ella murió luego, se llamaba Guadalupe Vásquez, y no la volví a ver.

Vine a San Salvador con 12 niñas. No eran familiares mías, pero yo llegué a Zacatecoluca por una prima que me llevó cuando estaba bien niño. En Zacatecoluca estaba esa familia que tenía dinero. La señora era la dueña porque el esposo había muerto en la revolución de Regalado. Y le había dejado seis fincas; ella es la que tenía 12 hijas.

Esa señora me dijo que me fuera con la Mercedes (una de sus hijas) para San Salvador. Ellos aquí en San Salvador vivían cerca del montepío llamado Las Tres Bolas de Oro (una casa de empeño), tres cuadras abajo del parque nacional, antes de llegar a esta iglesia que le dicen de Candelaria.

De repente caí al cuartel. Me agarró un policía que por donde quiera había. El comandante dijo que los cuarteles estaban sellados y que solo en el Zapote había espacio. Para allá fui e hice un año ahí. Ahí aprendí a leer y a manejar las armas. Me salí pero ahora me arrepiento; tal vez a capitán hubiera llegado, porque yo tenía espíritu.

Después de salir del cuartel me encontré con un señor que estaba en la construcción de una casa. Me preguntó si era huérfano y yo le dije que sí. Mire, hijo, me dijo, fíjese bien lo que estoy haciendo yo, esto le va a servir más tarde, se va a acordar.

Comencé a valerme solo. Pero la vida la había agarrado de un modo diferente porque no había pensado tener una mujer fija. A los 18 años ya pensé diferente. Es que antes de eso tenía puñados, je je je. Uno joven dice “esta quiero, esta no quiero”.

Puedo decir que disfruté mi juventud. ¿Qué hacía para divertirme? Pues es que en San Salvador antes había cines, no como ahora; bueno, la verdad no sé si hay todavía. Al salir del trabajo, a las 5, con unos amigos nos sentábamos frente a la iglesia catedral. A este lado había un cine que le decían Mundial. Lo que me gustaba ir era para ver las series de 18 episodios, decía la gente que sabía ya...

Para qué le voy a decir que no: yo sí tomaba pero trabajaba, porque respetaba el trabajo y a las personas que me daban trabajo.

Mi esposa se llamaba María Concepción Martínez de Vásquez, porque fuimos casados. Tuvimos tres hijos; hubieran sido cuatro pero la mala suerte y se le vino antes. Tuve otros antes con una muchacha, pero le voy a decir algo: las mujeres no toditas son iguales, unas piensan de un modo y otras de otro. Me dejó y no la he vuelto a ver, ni a las niñas.

Con el San Salvador de ahora asustado me quedo, no es ni el rastro de antes. Ahora es la misma cosa: San Salvador ya se unió con Santa Tecla, con Mejicanos, con Soyapango. Y lo que más me gustaba es que antes trabajo no me faltaba.

De todos los presidentes me quedo con Alfonso Quiñónez Molina (1923-1927) porque puso el tranvía eléctrico. Del general Martínez solo puedo decirle que era rígido, decían que tenía las botas puestas.