María Cosme Escoto Portillo 106 años
“De novios, por las galletas”

La historia de amor que María Cosme encarna es un ejemplo de las relaciones de antaño, cuando reinaban los símbolos y el misterio.

Glenda Girón
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/12/2007

Una fina línea celeste le rodea la pupila. Eso, y la dulzura que destilan, hace que sus ojos sean particularmente bonitos. María Cosme Escoto Portillo lo sabe. Se lo han dicho infinidad de veces durante, al menos, los últimos 100 años.

“Una vez, cuando empezaba el papá de mis hijas a querer... me llevaron un azafate lleno de cosas, y les dije yo a los que me lo llevaban que de quién era, porque yo no tenía quién me mandara nada. Y ellos me dijeron que sí tenía, que me lo mandaba el muchacho que estaba en la esquina.” Este es el inicio de un relato que se le escapa entre risas nerviosas, es la historia del único novio que tuvo.

“Yo andaba con una hermana de mi papá, y ella me dijo que lo comiéramos. Pero yo no quise comer. Eran frescos, galletas y otras cosas. Y de nada me sirvió, porque ahí quedamos de novios, por las galletas”, pinta María Cosme esa época cargada de ingenuidad en la que le tocó vivir sus 20. Cuatro años más tarde, y sin matrimonio de por medio, daba a luz a la primera de sus dos hijas.

No fue coqueta. Asegura que jamás se maquilló. Su rostro y su figura, no obstante, adornaban con sencillez las calles del barrio El Santuario, de San Vicente, en los inicios del siglo pasado.

Nació el 27 de septiembre de 1901. En los recuerdos de compras más añejos que conserva, aparecen los macacos, una moneda que, según explica, sustituyó al trueque (intercambio de productos) en las operaciones comerciales. En su actual casa de Valle Nuevo, Soyapango, aún conservaría algunas de esas monedas, de no ser por los estragos que dejó el gran terremoto.

El sismo se registró el 19 de diciembre de 1936. La magnitud del fenómeno, que pudo ser calculada hasta en 1980, fue de 6.1 en escala de Richter, con una intensidad máxima de VII-VIII grados en la escala Mercalli. Hubo más de 200 muertos, según historiadores. La iglesia El Calvario, el cuartel, los portales, edificios públicos y cientos de casas particulares cayeron. Entre esos escombros estaba el hogar de María Cosme y sus cuatro hermanas.

“Tenía bastante de ese dinero, pero me lo robaron en esa ruina. Se habían caído las paredes y sacaron todo para el patio. Ahí me los llevaron”, cuenta.

Sus pérdidas, sin embargo, no se limitaron a dinero. Desde ese día, todo lo que le queda de un libro que le obsequió un sacerdote de Tejutepeque lo guarda su memoria. “Blanca soy, de la mar nací, ricos y pobres se sirven de mí”, recita con alegría. Es una de las adivinanzas que sacó del libro.

Dicen que nunca entendió el cine, porque era mudo. Pero entre su cercanía con la iglesia y los oficios de casa, María Cosme hacía el tiempo para disfrutar de una de sus visiones preferidas. Los moros bailaban en la plaza central envueltos en el enorme lujo que suponían el satín y el terciopelo. Era una fiesta. Y a Mari, como le decían los amigos, le gustaba apreciarla desde que empezaban los ensayos.

Le tocaba solo ver, porque a pesar de que sus hermanas le sacaban brillo al piso al ritmo del tango y el fox trot, a ella no le dieron permiso de bailar. “Lo llevaban muy abrazada a una”, comenta con pena.

Una incipiente sordera le impide mantener una conversación fluida. Pero lo que dice, pesa. De su vida no se arrepiente, agradece a su Dios por todo. Y para los jóvenes de hoy no tiene críticas ni consejos especiales. Al fin y al cabo, “solo uno sabe cómo y con qué vive”. De despedida regala una de sus sonoras risas.