Ella se empeña en negarlo como un juego de media tarde, pero lo cierto es que a María Fidelia el humor no la ha abandonado tras casi 101 años. Su hija Concepción, con la que vive desde hace un par de años, la describe como enérgica, independiente y combativa. Doña Fidelia fue profesora, estuvo casada una vez y tuvo tres hijos. Nació en San Vicente y desde muy joven emigró junto a sus padres a San Salvador. Esta plática, luego de un largo preludio para convencerla de que su vida valía la pena contarla, inicia con una pregunta de su parte: “¿Y cómo consiguieron mi nombre?”. Y la segunda pregunta también la hace ella: “Pero antes de todo, dígame, ¿cuál es el objetivo de esto?”.
Como le digo, contar su vida...
¿Y qué se saca usted?
Pues seguro serán experiencias interesantes, aprender de usted.
¿Y qué va a aprender de mí si no he estudiado?
Uno no solo aprende en las universidades; de hecho, el periodismo se aprende en la calle, hablando con personas, hablando con usted.
No, la realidad es esta: yo no tengo estudios.
Pero eso no es imprescindible para que le enseñe algo a alguien.
Cómo no, se necesita.
¿A qué se dedicó?
No, yo no...
(Interviene su hija: “Fue profesora”, lo que desata las carcajadas de la anciana.)
Imagínese, aprendió a enseñar.
(Doña Fidelia, que intenta esconderse del fotógrafo, al darse cuenta de que ha sido captada, suelta: “Usted ya me logró”).
¿Por qué cree que ha llegado a más de 100 años?
Pues porque Diosito me lo permitió, porque si él no lo hubiera permitido, no hubiera pasado nada.
¿Algún cuidado especial?
Noooooo.
Fue bonita, usted.
Al menos que yo me lo creyera, sí.
Uno se lo cree porque se lo dicen.
Ya no me lo dicen.
Antes, digo.
Antes sí, era de escoger (ríe).
Mire, usted parece ser muy lúcida.
Lástima que la que no quiera hablar sea yo (ríe).
¿Qué la motivó a ser profesora?
Mis padres siempre me lo decían.
¿Dónde estudió?
En Chalate, en la Escuela Normal.
¿Y qué enseñaba?
Lo que no podía (ríe). En primaria la verdad no es difícil controlar a los niños, solo se necesita un poco de paciencia.
¿Ha sido una mujer paciente?
Sí, pero se acaba.
¿Se casó joven usted?
No, no me casé, así no más.
¿Qué hacía de joven?
Bailaba, cantaba, salía en carrozas... todo lo que se podía hacer.
¿Cuánto nietos tiene?
Siete nietos y seis bisnietos.
¿Y la vienen a ver?
Hoy estoy esperando que vengan tres.
¿Y cómo fue que se vinieron a San Salvador?
Esa es una historia muy larga y además tengo hambre, y así no se puede hablar.
Eso se soluciona con un poco de pan y café. ¿Toma café?
Sí, es mentira eso que dicen que es malo. En la noche tomo.
La veo cansada.
Es que uno de viejo...
¿No le da alegría nada?
No. Cuando estaba joven, sí, me la pasaba bien.
¿No es alegría disfrutar con sus hijos, nietos y bisnietos?
No, una cosa es juventud y la otra vejez, y la vejez es así.
¿No les cuenta nada?
Cómo no, de vez en cuando. Más al que vive aquí.
¿Y usted se levanta y se acuesta temprano?
(Me levanto) a la hora que se me ocurre levantarme, (y me acuesto) a la hora que se me ocurre dormirme.
¿Y cuando joven?
Cuando era joven me desvelaba (ríe). Es que uno se quita la vida desvelándose.
¿Se quita la vida? Pero usted tiene más de 100 años.
Pues sería más joven.
En todo caso se vería más joven.
No, porque se aturra la cara. Fuera más joven.
Pero usted parece de 95.
No, de 200.
¿Dónde eran los bailes a los que iba de joven?
En salones aquí en San Salvador.
Pensé que de joven había ido a bailes en Chalatenango.
No, era aquí en San Salvador. Si yo casi que aquí viví. Muy joven me vine, con mi familia.
¿Qué hacían sus padres?
Esa es otra historia muy larga.
Ya le dije que tiempo tengo.
La paciencia se acaba, se le quita el ánimo a uno (ríe). Se debilita uno.
¿Y ahora cómo está?
Débil (ríe).
Pues sí, ¿cuántos hermanos tuvo?
Mire, y entonces, ¿para qué...
... es todo esto? Ya le dije, para que me cuente su vida porque me interesa conocerla.
¿Y por qué le va a interesar?
Porque usted tiene más de 100 años.
A mí me interesa porque me estoy debilitando (ríe).
Cada vez que se ríe se carga de energía, doña Fidelia.
Je je je, no.
¿Qué le gustaba de San Salvador? ¿Iba al centro?
Claro, si ahí vivía. Iba al Calvario también.
¿Dónde conoció a su esposo? Bueno, a su compañero de vida.
Es que mire, a mí me gusta hablar pero poquito (ríe).
Vaya, no hablemos de él. ¿Sus hijos (tuvo tres) viven en El Salvador?
Sí. Bueno, una vive en Canadá. Antes estuvo en Estados Unidos. (Su hija mayor tiene 70 años.)
¿Nunca salió de El Salvador?
Cómo no, fui una mujer andalona. Con el esposo de ella (su hija) salíamos. Fuimos a toda Centroamérica, a México. Estuve en la basílica de la Virgen y eso es lindísimo.
¿Hace mucho?
Hace ya bastante (el esposo de su hija murió hace 17 años). Fuimos en carro. El último viaje que hicimos fue a Honduras.
¿Ya no sale?
Encerrada paso, ni a la calle, dese cuenta. (Su hija dice que es peligroso. Los bisnietos de doña Fidelia llegan y tras un breve saludo regresan a la sala. En el patio, Fidelia, sin sus familiares, parece más cómoda frente a la grabadora.)
¿Camina bien?
Mire, de correr y eso, pues ya no, pero camino.
¿De joven hacía ejercicio?
Claro, en la escuela, en la juventud. ¿Sabe qué me gustaba? Correr en caballo. Corríamos a caballo con las locas de mis amigas, había un gran llano en Guatemala. Gran carrera que agarraban los animales, si antes no me mato. Pero por suerte no me caí. Me encantaba andar a caballo.
¿Tenía caballos?
Mis abuelos, mis padres no tenían recursos. Mis abuelos tuvieron finca, incluso cultivaron café, pero vendieron porque es de mucho afán eso. Vivían en Ocotepeque, Honduras. Mi madre era de Honduras; mi padre, chalateco.
Por eso sus ojos verdes.
Feos, ¿verdad?
No, al contrario.
A mí me gustaban los ojos negros; mi esposo tenía los ojos negros.
¿Cómo se llamaba?
Gregorio (Aguilar).
¿Hace mucho murió su esposo?
Tiene tiempos de muerto. Vivimos mucho juntos.
¿Dónde nacieron sus hijas?
En mi casa las tuve. Tuve un varón, pero se me murió de pequeño.
¿Está conforme como está ahora, doña Fidelia?
Aunque uno no quiera se tiene que conformar. Si Dios quiere que uno llegue a viejo, pues llega. No es capricho de uno.