Ya me tenían propuesto para sargento segundo y lo perdí, porque uno de joven hace lo que quiere, por eso quedé mal. Yo entré al Ejército en 1917. Ahí estuve dos años de alta, en el Primer Regimiento de Infantería, en el cuartelón (hoy, mercado ex cuartel). Fui cabo. Tenía 15 años cuando me reclutaron.
Una vez, salí con un permiso. El que estaba en el cuartel (en San Salvador) era un hombre malo, perro, y yo ya sabía que no daba permisos. Pero le llegué con una mentira. Y le dije que quería una iguanita (un permiso) y me fue contestando: “¿Y quién le ha dicho que estoy dando iguanas?”. Y le respondí que pues nada, que yo llegaba a ver. Entonces me animé, y le dije que quería ir a comprar calzoncillos y una toalla. Pero como ese hombre era malo, malo, me dijo que dejara el dinero, que iba a mandar a un sirviente. Pero vengo y le digo que la cosa era que si no me gustaban los que me trajera, él no lo iba a mandar de regreso, en cambio, si yo iba, iba a traer todo a mi gusto.
Total, que viendo el reloj me dijo: “Le voy a dar 13 minutos”. Pero me sentenció: “Por Dios y mi madre que si me pierde un minuto, de cabeza lo voy a zampar en bartolinas”. Y le contesté: “No, si ahí cerquita voy”. Me fui. Y que voy saliendo y que iba pasando un tranvía de esos que halaban los caballos. Salí hecho un cuete hasta que lo alcancé.
Y ya contento en el mercado, pensé: “Bueno, si me tardo, este viejo me va a mandar a bartolinas, a mí me vale, si me mata, ¡mejor!”. Total, del cuartel no iba a comer. Y ya no me presenté ese día. Cuando por fin aparecí, ya me andaban llevando a halar cadenas a la calle a San Miguel. Y allá me iban a dejar.
A todo esto, yo estaba resignado, pero no me daba miedo, como uno de joven así es, no teme. De repente, fue apareciendo el general Maximiliano Hernández Martínez. Llegó hasta las bartolinas, y entre todos, que estaban bien admirados, me sacó. Me recetó tres meses de disciplina.
Yo en ese rato quería salir para Honduras. A saber cómo hizo el general para apañar esa falta. Todos me preguntaban que yo a saber qué tenía con el general. Y yo les decía que no sabía. Total, que me apañaron eso y el general me dejó solo con tres meses de arresto sin aplicación de un jefe. Y cuando me tocó irme de baja hasta me pidieron que me quedara, pero yo ya no quise.
112 animales
Mi vida es una historia. Y fue hasta en 1932 que puse todo en las manos de Dios y desde entonces ha sido mejor. Porque antes, a mí no me importaba ni que me llevaran preso. Es que para todo he sido un poco animal. Le digo, que yo de corazón llegué a odiar a las mujeres. Que si hubiera estado en el gobierno, a todas las hubiera mandado a ahorcar. Yo tenía como 18 años cuando se me fue la mujer. Me dejó con 112 animales, con las docenas de racimos de guineos ya colgados, con una manzana de milpa sembrada y con dos niños. ¿Qué quería? ¿Quizás quería más? Me dejó, se fue. Les dijo a los niños que iba a dejar unos trapos donde una señora a Candelaria y se fue, no más con unas poquitas cositas para comer.
Un día como a las 6 de la tarde, cuando yo estaba haciendo café, volvió. La dejé quedarse porque me dieron sentimiento los niños. Al mes regresó la sinvergüenza. Desde aquel entonces yo quedé con algo de desconfianza de las mujeres. Pero como dice la canción: “La historia de mi vida ya es pasado, solamente sufrimiento me dejó”. Después, ya nos dejamos del todo. Y con el tiempo me junté con María Eugenia. En 1940 me casé con ella. Ella se portó bien conmigo. A ella sí la quise.