Apolinaria Acevedo 107 años
Una juventud de oficios

Tuvo siempre una vida pobre, lo que la llevó a priorizar el trabajo antes que la diversión. Ahora, descansa tranquila.

César Castro Fagoaga
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/12/2007

Llegó poco después de entrado el siglo XX. Nació el 9 de febrero de 1900 en un rancho en Achichilco, un cantón situado a pocos kilómetros de San Vicente. Su padre, Rodrigo Panameño, la bautizó como Apolinaria del Tránsito.

Han pasado 107 años desde entonces y ahora, doña Apolinaria, “Polita” para sus descendientes, contempla sus días desde una silla de la casa de su nieta en San Vicente. La vista la tiene nublada, el rostro como un trasmallo blando, y acusa desde hace un tiempo una sordera un tanto perniciosa. Los recuerdos, sin embargo, salen a cucharadas, ayudada por su familia más cercana. Tuvo ocho hijos pero cuatro murieron muy pequeños. Ahora la sobreviven tres, uno de los cuales, María Isidora, está junto a ella y es quien cuenta que su madre fue catequista y católica devota. Dos generaciones más acompañan la plática: Ángela, hija de María, y Danubia, hija de Ángela, nieta de María, bisnieta de Apolinaria.

Fue educada para trabajar desde niña. Cada vez que se le pregunta en qué ocupaba sus mañanas y tardes entre 1915 y 1920, Apolinaria responde: “¿De oficio?”. No, de diversión. “Pues sí, de oficio.” La anciana, con voz trémula, cuenta: “Yo molía, lavaba, planchaba. Molía para la comida y hacía la comida para mis hermanos y para mi padre”.

De sus hermanos recuerda los nombre de algunos: Rubén, Santiago, Abraham, Dolores, Gregoria, María. “La mayor de nosotros era Gregoria”, dice.

Apolinaria aprendió a leer, pero muy pocas veces gustó de la escritura, al punto de considerarla prescindible. La lectura le servía en la medida en que podía seguir los cantos religiosos. Fue por esa afición que aprendió a tocar guitarra y aguantar, durante una temporada, a rezar tres rosarios al día.

Ángela, su nieta de 47 años, la perfila: “Su familia era apartada de las fiestas, no le gustaba andar en los bailes”. Su bisnieta, Danubia, que alza la voz ante el tímpano de la centenaria, complementa: “Los novios o los pretendientes que no podían bailar, como era su caso, salían a pasear. Estaba solicitada, decían cuando la andaban buscando”.

Conoció a Félix Aragón a los 17. Ella, luego de una sonrisa breve, dice que apenas sabe por qué se casó con él. “Más bien no se acuerda”, matiza su nieta, “porque se llevaban bien”. Tuvieron un hijo antes de casarse por la iglesia, en San Vicente, al año de conocerse.

Los rituales del casamiento en la época de Apolinaria despiertan interés en su familiares, que los cuentan como cosa curiosa. “Me contaba que tenía que llevar un saco de leña, el novio, a la casa de la novia, y si lo metían para adentro era que sí (se casarían)”, relata Danubia, que añade que su bisabuela antes era una aficionada a Los Picapiedra.

Tras la muerte de su esposo y el crecimiento de sus hijos, Apolinaria quedó sola en su casa en Achichilco. Su hija, María Isidora, madre soltera, la acompañó poco después junto a tres de sus hijos. Eso y la pobreza que, según cuenta, era extrema.

Su nieta Ángela, que a los 13 años aprendió a coser para ganar un poco de plata y se convirtió en la esperanza familiar, dramatiza la situación: “Quizá ha sido la mujer más pobre, en realidad. Cuando la conocí (cuando llegó al rancho junto con su madre) quizá tenía un solo vestido”.

Lo de los vestidos es otra historia ahora, aunque eso no parezca importarle a Apolinaria, que sigue ausente a lo que pasa a su alrededor. Su familia la cuida y la mima y ella responde con sonrisas que los tranquilizan. La anciana está sana, come con apetito (dos tamales de elote y una taza de café en un almuerzo, por ejemplo) y duerme lo suficiente. “La quisiéramos tener toda la vida”, dice su nieta.