Abraham Lemus 105 años
Entre la música y la carrera militar

Fue entrenado en la época ruda del Ejército, pero sus recuerdos no son grises. Como todo buen músico, conserva alegre el espíritu.

Glenda Girón
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/12/2007

La primera vez que salió en los periódicos fue en 1920, en Chalchuapa, Santa Ana. Él no era el protagonista de la nota, pero sí el causante del conflicto. Dos señoritas habían llevado hasta los golpes su competencia por los favores de Abraham Lemus. “Se rayaron la cara por gusto, porque yo a las dos las quería”, dice, coqueto.

Hace décadas, cuando las canas y las arrugas parecían un distante cuento de miedo y no realidad cercana, Abraham se debatía entre sus arte, la música, y la carrera castrense. Un día, esos mundos le hicieron colisión.

Estaba amenizando un rezo en la casa de un tío cuando llegaron los soldados. De nada le valió aferrarse al tambor que tocaba, ni ser menor de edad. “Estábamos en esa, que era una parranda, cuando los hombres en línea empezaron a rodear la casa. Había otros que podían ser reclutas, pero todos se fueron a los montes, solo yo caí.” El Ejército lo absorbió a los 17 años cumplidos.

Estuvo 16 meses de alta en Caballería. Después pasó a formar parte de la Guardia Presidencial. “A mí me tocó estar adentro del palacio formando valla cuando Alfonso Quiñónez Molina le entregó el poder a Pío Romero Bosque (1927)”, recuerda. Al disolverse la Guardia Presidencial, Abraham pasó a la Guardia Nacional. Ahí contó siete años de trabajo y escribió las páginas más llenas de amores de su vida. “A las muchachas les gustaba el uniforme; es que era bonito”, dice, como justificando el éxito.

En esos años, las armas no desplazaron a los instrumentos musicales. Fue tenor y dominó la filarmónica y el barítono. Al jubilarse, volvió a abrazar a la música con más fuerza. Tenía que hacerlo, y no solo por el placer del arte. La reducida pensión que quedó de sus años de servicio no era —ni es— suficiente. “Yo voy a ser filarmónico hasta que me muera”, dice con seguridad en estos días, aun cuando sus 105 años ya afectan el tono cuando canta.

Agua helada

A Abraham ya le cuesta salir de su casa. Pero eso no le impide hacer una comparación de su juventud con la actual. El resultado no deja de estar empapado de él mismo: “Es que hoy quizás ya tienen buen sueldo los soldaditos, y antes no, antes le daban mala vida a uno, hoy creo que los tratan mejor”.

Nacido el 21 de agosto de 1902 en Panchimalco, San Salvador, Abraham no fue ni un día a la escuela, por razones que tiene bien claras: la única cosa que le gustaba menos que levantarse temprano era bañarse con agua helada a esa hora. Esa convicción no lo abandonó nunca. Ni después de un matrimonio, 11 hijos, 41 nietos, 32 bisnietos y ocho tataranietos; ni cuando tenía ocho años y terminó repasando las vocales con una señorita que le dio clases en San Salvador. En horario vespertino, por supuesto.