En Estanzuelas, Usulután, juntaba cinco niños en la noche y cuatro en el día. En la jerga de Rosa Jiménez Ayala, eso significa que asistía hasta nueve partos en menos de 24 horas. Así pasó sus años mozos. Ella era el referente de alivio más cercano a la atención médica en aquellos parajes perdidos en la zona rural.
De letras no sabe. Nunca aprendió a leer porque cuenta que para ir de su casa a la escuela, había que cruzar tres ríos. Y justo cuando sus padres habían decidido que ella y su hermana fueran a estudiar —al filo de los 12 años de edad— tres niños menores de 10 años se ahogaron mientras se dirigían al centro escolar. “Eso los desanimó, y ya no nos dejaron ir”, recuerda.
Eso sí, educación recibió. Y dice ella que fue de la mejor. Aquella en donde importaba más respetar y callar, que saber y preguntar. Por eso es que ni ahora, a los 105 años, ni antes, a los 20, ha gustado de hablar de los detalles de su trabajo. “Eso de los partos no se les puede decir, en mis respetos, a las niñas. Porque mis padres eran educados. Y me decían que a una niña no se le podía invocar eso, por ser cosa del mundo. Porque a las que yo atiendo son señoras ya de sus maridos”, dice en un tono de revelación.
Superar la esperanza de vida no es fortuito en su caso. Es eco de medidas que tomó en juventud. El ejercicio, ese que implicaba zapatear al ritmo de fiestas de las flores de mayo, fue el que más le gustó practicar. “Nos hacían los vestidos de reforma, una tela de ¢0.20 la yarda. Y con eso nos íbamos a bailar y a repartir la Virgen de Concepción, y a hacer las 13 entradas de San Antonio”, cuenta. Y dieta también tuvo: “Hay que comer ordenado. Porque si usted toma purga, no puede comer carne, porque llama disentería. Me lo decían los abuelos. Tomé esas precauciones, por eso estoy aquí”, explica.
“Unos novios tenían para regalar, otros solo lo miraban a uno. Y aunque se deshicieran, no eran sueltos, porque no tenían. A mí me tocó uno que no era suelto”, dice Rosa, entre risas, acerca de su primer amor.
De sus dos compañeros de vida ella tuvo 10 hijos, el primero a los 23 y el último a los 45 años. Solo cinco sobrevivieron. A ellos los crió sola. Para eso se levantaba a las 3 de la mañana e iba a pedir queso fiado. Lo partía en porciones y lo vendía. De ganancia le quedaban entre ¢0.05 y ¢0.10 por marqueta.
Rosa es de palabra fácil, y ante una petición, no le cuesta resumir en breve su vida: “Yo me crié en Estanzuelas, allá les puse asunto a los señores que me hablaban, y compré mis hijos. Unos me quedaron, otros se me fueron. No sé leer, no sé más que la voluntad de Dios, así crecí, y así me voy a ir cuando me llamen”.