Arquímedes, a un costado del estudio de grabación, toma agua y practica unos pasos de su coreografía. Se le ve tranquilo, relajado, muy metido en su canción. Desde la tribuna, unas chicas despliegan una bandera de El Salvador. Él las saluda y les guiña uno ojo.
Ese ambiente de coquetería y camaradería lo ayudan a relajarse para lo que viene: tras la participación de Silvia, Quime deberá dejar atrás los besos y los saludos y dedicarse a lo que vino: intepretar primero “Échame a mí la culpa” y unos minutos más tarde “Luz de luna”.
La primera logró emocionar a Mimí Hernández, que le reconoció su talento, pero no dejó del todo conforme a Gustavo Sánchez y Jon Secada, los otros jueces, que le dijeron que lo suyo no son las rancheras. Y la segunda fue una especie de revancha, porque ahí sí el salvadoreño recibió los halagos de todo el jurado y logró emocionar a la tribuna con su voz.
Desde los camerinos
Y es que la tensión que a menudo se nota al aire no siempre es así fuera de cámaras. Los jueces Mimí Hernández y Gustavo Sánchez, por ejemplo, bromean incluso desde los camerinos, donde el vestido corto y verde de la mexicana es víctima de bromas. Jon, frente al espejo mientras una maquilladora termina de retocar su rostro, se une luego a la fiesta.
En unos minutos más está por empezar la grabación del programa que se vio ayer (no hay cifras oficiales pero se calcula que cerca de 30 millones de espectadores en todo el continente lo ven) y, en esta oportunidad, Silvia, Carlos, Arquímedes, Ricardo y Rosángela, los cinco participantes que quedan en carrera, cantarán rancheras.
En el estudio, un piso gigante de casi mil metros cuadrados en las afueras de Buenos Aires, cerca de 450 fans, en su mayoría de 15 y 16 años, se acomodan para presenciar el programa y alentar a los participantes. Luciano Cardinali, el productor ejecutivo, los arenga para que aplaudan, griten y chiflen lo suficiente para apoyar.
Los cinco finalistas todavía están en sus camerinos repasando por última vez las coreografías, las letras, los cambios de vestuarios. Sus manejadores les dan las últimas indicaciones, los alientan. Las maquilladoras les dan sus últimos retoques. “Ay, qué nervios, me tiemblan las manos”, dice Rosángela. Carlitos da vueltas en silencio. Arquímedes parece más relajado, aunque aclara: “Los nervios van por dentro”. Silvia y Ricardo todavía están definiendo su vestuario. Ricardo finalmente se decide por un saco blanco.
Monchi Balestra, el presentador, ya cambiado, con un traje gris y una camisa blanca sin corbata, come una manzana, tranquilo, en su camerino. Tiene los pies apoyados arriba de la mesa. “Esta es mi forma de distenderme, hacer como si nada. En realidad, en este segundo año de programa todos en la producción empezamos a disfrutar un poco más. En cambio, durante la primera temporada sufrimos más”, cuenta. Erika de la Vega, su contraparte a la hora de la conducción, está encerrada en su camerino con sus padres, que están de visita en Argentina.
“Chicos, silencio que en 30 segundos empezamos a grabar”, grita el productor de piso. La tribuna se calla, las luces se apagan y por unos segundos el estudio queda a oscuras… Hasta que, de pronto, la banda arranca, la pantalla gigante se prende con el logo del programa y dos luces enfocan a los conductores. Detrás de las siete cámaras, más de 120 productores corren, llevan carteles y hacen todo lo que tienen que hacer para que el programa más visto de América Latina salga al aire.
Las luces se encienden y lo que sucede en esos momentos del otro lado lo vieron ayer millones de ojos. Primero canta Silvia, después Arquímedes, Rosángela, Carlitos y, por último, Ricardo, que se roba los aplausos y el amor de las chicas de la hinchada. Y, con su última canción, hasta hace llorar a Mimí Hernández. Cada uno pide que los espectadores voten por ellos desde sus casas. Así termina el programa, hasta que hoy, esta vez sí en vivo, se sepa quién obtuvo más votos. Ese es otro cuento.
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