La semana anterior nació el boletín electrónico “El ojo de Adrián”: una publicación minimalista, de bajo costo, eminentemente textual, capaz de llegar hasta los ordenadores de miles de usuarios en cosa de minutos. Ágil, como una hoja volante, el contenido variado de este primer número puede convertir en éxito su principal desventaja: competir contra la abundancia de boletines culturales y de todo tipo que son una de las siete plagas del mundo informatizado.

Primer número y los editores ya entran al debate: las autoridades culturales proyectan agasajar a la elefanta Manyula, la diva indiscutible del jardín zoológico nacional, traída al país hace 50 años. Sin embargo, dicen, “Manyula tiene una hermana menor, no tan famosa ni tan agraciada, no hace trucos de circo (...) pero vale tanto como su hermana”. La hermanita cincuentona de la elefanta es la revista “Cultura”.

No hay duda: el elefante es la figura símbolo del momento. A lo largo de las encendidas opiniones sobre la revista he recordado una conocida parábola que cuenta que un día, en un pueblecito habitado por ciegos, pasó un elefante. Doce ancianos notables pidieron tocar al animal para explicarle a la gente la forma que tenía. El que agarró la trompa lo describió como un enorme tubo; el que tocó la oreja dijo que era como un rugoso tapiz; el que tocó la espalda pensó que era como una pared, etc.

Como en la parábola, cuando se habla de la revista, cada uno “mira” el problema de la forma en que lo “siente”. Cuando CONCULTURA habló de cerrarla, se levantaron muchas voces pidiendo que no la dejaran morir. Mi opinión, contra la de la inmensa mayoría, es que la revista está muerta; segundo, que si CONCULTURA se apoya en el actual estado de cosas, no tendrá posibilidades de resucitarla. Tercero: digo que está muerta porque creo que el “proyecto” que le dio origen hace cincuenta años se agotó. Me encantaría que viviera, pero haría falta un nuevo proyecto que responda a la naturaleza transnacional de la cultura salvadoreña del siglo XXI.

El pasado 21 de junio, un grupo de personas anunció que pedirán al Estado que la revista les sea entregada. En el grupo hay personas de talento y por eso se espera con expectativa el contenido de su propuesta. Sería deseable que esa proposición diera lugar a un intercambio de ideas sobre la revista y las políticas culturales estatales.

Muchos artistas estarán de acuerdo que en el país la economía y la política están en crisis, pero pocos aceptarán que la cultura salvadoreña, como la hemos entendido en los últimos cincuenta años, también está en crisis. El Estado debe repensar si su función es hacerse cargo de las actividades que no encuentran un sitio seguro en el mercado, mientras deja en manos privadas —grandes empresarios locales y transnacionales— las provechosas redes de producción cultural y de entretenimiento. (¿Quién puede respondernos cuáles serán las implicaciones que tendría el TLC para los productores culturales?)

En el centro de esas encrucijadas se encuentra el futuro de la revista “Cultura”. Sus numerosas transfiguraciones a lo largo de medio siglo han ayudado a que ahora sea admirada como un respetable monumento a la creatividad y el conocimiento. Sí. Un monumento que probablemente tiene forma de elefanta.