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Cuatro muertes en los últimos siete meses.
El problema de los animales fallecidos por ingestión
de bolsas no es nuevo en el zoológico,
pero este está siendo el peor año
desde que estoy aquí, admite Mario
Guevara, director desde 2002. Tampoco es reciente
el deseo de hacer algo para evitar esas muertes,
pero todas las iniciativas planteadas hasta la
fecha han fracasado.
Ahora ha surgido una nueva. Las autoridades del
parque tienen ya elaborado lo que, a su juicio,
será la solución: una normativa
para evitar que los visitantes puedan ingresar
con alimentos en las áreas de exhibición.
La propuesta, la más radical de cuantas
se han planteado hasta la fecha, tiene como piedra
angular un manual interno ya elaborado, y del
que LA PRENSA GRÁFICA tiene una copia.
Según el director, estará vigente
antes de que se celebre el cumpleaños
de Manyula, evento que tendrá lugar
entre el 16 y el 17 de julio.
La elefante es, por cierto, uno de los animales
sobre los que ya se tiene la certeza de que ingirieron
bolsas de plástico y otros objetos
extraños, pero su gran tamaño
le facilitó expulsarlas.
No corrieron igual suerte los cuatro ejemplares
fallecidos desde noviembre del año pasado:
una cabra de Camerún, una oveja doméstica,
un venado cola blanca y un carnero pelibuey.
Tenemos una gran cantidad de herbívoros
que están muriendo por ingerir bolsas que
contienen alimentos como papas, yuca, mango o
algodón dulce; la bolsa provoca un taponamiento,
y el animal muere por acidosis, ilustra
la gravedad del problema Jorge Porras, el coordinador
técnico del parque.
No era herbívora, pero en octubre de 1997
falleció por la misma causa Mimosa, la
osa Kodiak que llegó junto a la ahora agonizante
Melosa. La necropsia realizada en aquel entonces
descubrió dentro de su aparato digestivo
siete bolsas (una de ellas contenía una
semilla de mango dentro) y una cajita de juguitos.
Dos años después, en diciembre
de 1999, el ejemplar hembra de llama falleció
ahogada por una bolsa metálica de
frituras.
Hoy, varios años después, poco
o nada ha cambiado en el zoo. Una de las
cosas que más nos impacta añade
dramatismo el director es que Gustavito,
el hipopótamo, ya se comió la primera
aunque, gracias a Dios, la expulsó.
La gravedad del problema no la discute nadie,
pero no hay tanto consenso a la hora de buscar
la solución. Las autoridades ven en los
cuatro cafetines situados dentro del parque los
principales responsables. De hecho, no es la primera
vez que la Dirección intenta regularlos.
En todas las anteriores se fracasó.
Josefina Argueta, propietaria de uno de los cafetines,
recuerda que el año pasado el director
les notificó por escrito que debían
comenzar a usar platos de vidrio, que son reutilizables,
pero en eso quedó todo.
Sentados junto a ella, dos veteranos empleados
del parque que optan por la no identificación
por temor a represalias tienen el
problema tan identificado o más que las
autoridades, pero no son optimistas en la resolución.
Unos cinco directores han querido hacer
eso, pero los salvadoreños, cuando estamos
comiendo, echamos la basura en cualquier lado,
señala uno de ellos.
Antes ya se intentó, pero no resultó,
admite el director. La novedad en esta ocasión
es la normativa, que llega respaldada por un estudio
que está ejecutando un grupo de estudiantes
de la Universidad Don Bosco.
Plástico por doquier
Un muestreo realizado dentro del parque cuantificó
en 181 el número de residuos encontrados
fuera de los basureros en un día. Bolsas
de plástico, platos, vasos de café,
botellas y palos de algodón dulce encabezan
el extenso listado.
Además de aprovechar la ola que le brinda
esta investigación, Guevara deposita sus
esperanzas en la coordinación con la Fiscalía
de Medio Ambiente porque el problema es
tan grave que debe intervenir para proteger
la colección de animales más importante
del país.
Jorge Porras lo ilustra con un significativo
ejemplo: Matar un venado cola blanca, que
es un fauna nativa de El Salvador, alimentándolo
con cosas dañinas, debería estar
tan penado como cazarlo con escopeta en El Imposible.
Es este contexto surge la normativa, cuyo objetivo
básico sería evitar que los alimentos
y sus envoltorios lleguen a las áreas de
exhibición. Para lograrlo, tanto quienes
compran dentro como quienes ingresan alimentos
desde fuera del zoológico solo podrán
comer en el sector de los cafetines, situado al
costado norte de la gran laguna central.
Sobre este asunto surgen las primeras dudas,
que llegan de boca de los propietarios de los
locales ubicados dentro del zoo. Josefina Argueta
argumenta que días como un domingo, el
de mayor afluencia, no cabría toda
la gente; tendría que haber más
espacio y más lugares en los que poder
sentarse.
Otro punto del manual habla de las medidas correctivas.
Al visitante que se le encuentre arrojando
alimentos u objetos dentro de los exhibidores
y lagunas se le solicitará su salida del
parque y su documentación, reza la
normativa, labor que le será asignada a
los empleados de seguridad.
Disposiciones como esta y otras están
siendo analizadas por el departamento jurídico
de CONCULTURA, la entidad de la que depende el
Zoológico Nacional. José Manuel
Bonilla, el director nacional de Espacios de Desarrollo
Cultural, confirma que la institución está
realizando un análisis jurídico,
técnico y estratégico antes de la
aprobación, para lo que no se atrevió
a adelantar fechas.
Ahora se llegó al punto donde José
Manuel Bonilla, si está consciente del
problema, no me puede decir que no, matiza
confiado Mario Guevara.
No obstante, el mayor punto de fricción
para que la iniciativa de la Dirección
se pueda ejecutar no parece estar en CONCULTURA,
sino en los propios cafetines. Por de pronto,
son sus propietarios quienes deberían pagar
los salarios de los guardias de seguridad que
el manual obliga a instalar en las entradas para
que no salga comida.
Pese a que faltan menos de cuatro semanas para
el cumpleaños de Manyula, cuestiones como
esta aún no han sido notificadas a los
dueños. Se iniciarán pláticas
con las usuarias, para que se comprometan a poner
vigilantes, se excusa Mario Guevara.
Desde la parte afectada, Josefina Argueta no
rechaza de manera frontal el pago, pero cuestiona
que vaya a funcionar. Si quieren hacerlo,
tiene que estar bien hecho porque señala
la altitud de las vallas que rodean el área
de los cafetines la gente se va a salir
por donde quiera.
Además, la existencia de ventas que comercian
desde fuera del parque es algo que no estaría
regulado por la nueva normativa (ver nota aparte).
La segunda fase
Con frases como o mejoramos o vamos a seguir
mediocres y lo haremos independientemente
de las reacciones, el director del parque
pretende disipar las dudas sobre si se ejecutará
o no el plan, que tiene una segunda fase.
Una vez conseguido que no salga comida del sector
de las cafeterías, se pretende reubicar
esa área. Ya se tiene definido dónde:
habrá una área de consumo junto
al parqueo interno, y otra junto a la salida situada
cerca del aviario.
El problema es que adecuarlas para la venta requiere
una elevada inversión que, según
reza la normativa, deberá correr
por cuenta de los solicitantes del arrendamiento,
es decir, por las empresas que se quieran instalar.
En este punto vuelven a surgir los recelos de
las propietarias de las actuales cafeterías.
Yo creo se queja Argueta que
la normativa tal vez no es tanto por el daño
a los animales, sino porque nos quieren quitar
de aquí, y traer a las grandes cadenas
de comida rápida.
Contra argumentos como este han
chocado las ofensivas contra el plástico
planteadas hasta la fecha. La nueva, que llega
con normativa, nace presentada por sus promotores
como la que evitará más muertes;
sin embargo, y al margen de los cafetines, las
palabras de uno de los dos empleados que no quiso
identificarse retumban con pesimismo: El
salvadoreño tira todo por todos los lados.
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