Cuatro rostros de una tragedia

Por Óscar Martínez Fotos de LA PRENSA/Óscar Martínez
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27 minutos de vuelo compartieron las 65 personas del Aviateca 901. De orígenes muy disímiles y de 10 nacionalidades distintas, constituían una especie de foro americano-europeo en el que la representación más numerosa era la de los nicaragüenses: 17 pasajeros. Enfoques presenta a cuatro de esas gentes que, a pesar de que ni se conocían, compartieron la dramática decisión de no cambiar de avión en los últimos minutos antes del despegue. Sin conocerse, compartieron también uno de los momentos más íntimos de la vida: la muerte.



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“El matador del pueblo”
Luis Procuna nació el 23 de julio de 1923 en una casa humilde de las populosas calles de Luis Moya, en la capital mexicana, una zona atestada de puestos callejeros. Uno de ellos, el de su madre. Debutó el 14 de agosto de 1941 en una plaza secundaria. En 1945 se convirtió en uno de los pocos embajadores taurinos de México, yendo a hacer sus faenas a plazas de Perú, Venezuela, Colombia y Guatemala. El 10 de marzo de 1974 fue su despedida en la plaza que lo revistió de gloria: la plaza México. Se juntaron 50 mil almas para decirle adiós a Luis Procuna junto con sus amigos Luis Briones y “el Soldado”.

“La plaza México estaba llena. En su primer toro estuvo muy mal, pero en el segundo le salió el coraje. La plaza enloqueció.”
Heriberto Lanfranchi, perito, recordando la despedida de Procuna.



Gitano y caballero
Luis Procuna 73 años Torero Mexicano

Consuelo Chamorro se levantó lentamente de la mecedora que años atrás había traído de Nicaragua. Se sentó frente al espejo de medio cuerpo de su recámara y empezó a peinarse con las puertas abiertas y con el lago de Tequesquitengo de telón de fondo. En el balcón de la triangular cabaña de descanso de la quinta Procuna, en el estado mexicano de Morelos, su esposo, el torero Luis Procuna, seguía refunfuñando aún en ropa de descanso, debido a la tarde taurina que su hijo y homónimo estaba por iniciar en la plaza de Arroyo, a una hora de viaje en carro.

A la par de Procuna, su mejor amiga, María Eugenia da Silva —la ex actriz de la época de oro del cine mexicano—, intentó poner fin al refunfuño del matador, y para apresurar la salida rumbo al restaurante Châteou du Lac, donde todos cenarían, soltó la frase a la que segundos después Consuelo contestaría con su fatídica predicción: “¡Tú eres muy fatalista, Luis! ¿Por qué piensas que le irá mal a Luisito en su corrida, si se ha entrenado bien?”.

“Espero que no le pase nada, porque es una fea forma de morir, por eso yo pido a Dios que Consuelo y yo muramos juntos”, abandonó el matador su rabieta. Sin soltar el peine, Consuelo intentó aliviar el tono de la última frase de su marido, y zanjó la conversación con aquella frase que, 10 años antes de que ocurriera, solo pudo haber sido más exacta agregándole: “… en el volcán Chichontepec”. “Que muramos juntos está bien, ¡pero de un avionazo, Luis, para no sentir!”, levantó la voz y dejó el peine.

Sábado 5 de julio de 2006

María Eugenia, después de dos horas de conversación, por fin suelta el llanto. Las copas han empezado a hacer efecto. Todo se intensifica: las risas, los relatos, los detalles. Afuera, el viento amenaza con traer pronto la tormenta.

A orillas del lago, el bar de la terraza con vista panorámica donde años atrás Fraymond —uno de los más prominentes empresarios alemanes en el país— y su esposa tomaban tequila con el torero y Consuelo, está intacto.

Hacía cinco años que ni la actriz ni el empresario alemán ni el hijo de Procuna hablaban de la muerte del matador y su esposa en el volcán Chichontepec, en agosto de 1995. A pesar de que suelen frecuentarse.

El alcohol ha hecho su efecto en Luis. El hijo de Procuna inicia con su relato cuando aún no logra encontrar ni principio ni fin a lo que va a relatar: “Yo era el organizador del evento en Nicaragua, en el Teatro Rubén Darío, estaba esperando a mis padres en Managua, en el Hotel Las Mercedes, frente al aeropuerto. Yo había viajado antes para organizar todo, y mis primos en Nicaragua son los dueños de los periódicos. Joaquín Chamorro es el dueño de ‘La Prensa’. Yo tenía todo organizado, y me engañaron todo un día…”

“Concéntrate, Luis, que lo que vas a contar es muy importante”, regula María Eugenia los pensamientos del huérfano. Beben y el relato empieza a tomar forma.

“Mato a tu padre y a tu...”

Ya con el plan a medio andar, Luis había decidido independizarse de su hermano Rosendo y su restaurante en Ciudad de México y lanzarse a un oficio que se le terminó antes de empezar.

Aprovechando que su madre era nicaragüense, y más que era Chamorro, prima lejana de la entonces presidenta Violeta Chamorro, y tía de los dueños de los diarios de ese país, Luis escogió Nicaragua para lanzarse como empresario internacional con su “fiesta mexicana”. “Peleas de gallo, mariachis y personalidades” como su padre pretendían llenar del folclor de las postales mexicanas los salones del Hotel Rubén Darío, en un evento de pago para la clase alta.

Corrían inicios de agosto de 1995 cuando Luis anunció a sus padres su aventura. El torero y Consuelo comían en el salón Marsella, el restaurante de Rosendo en el que Luis trabajaba hasta entonces. “Papá —dijo Luis—, voy a hacer mi debut como empresario en Nicaragua, y los invito a mi mamá y a ti, todo pagado, a que vayan.” “Pos mirá, no sé, es que tu mamá está resfriada”, contestó el matador.

Luis se dirigió a su madre: “Mamá, los invito a mi debut como empresario en tu tierra, no me digas que no”. “¡Venga, iremos tu padre y yo!”, alegró Consuelo a su hijo.

Luis hizo maletas el día siguiente y voló a Managua para convocar a la prensa y coordinar el cóctel de bienvenida de los artistas mexicanos: su padre, su madre y el mariachi Oro, todos invitados por él, para la fiesta que terminó siendo un cotejo fúnebre.

El 9 de agosto, cerca de 10 periodistas y camarógrafos esperaban en la sala del Hotel Las Mercedes, frente al aeropuerto. Pasaban 10 minutos y los invitados no llegaban. Luis atravesó corriendo la avenida que separaba su hotel del aeropuerto. “Oiga, ¿sabe si llegó el avión de Guatemala?”, preguntó al chico del mostrador. “No, quizá en media hora más”.

Media hora más tarde, Luis repitió su carrera. “El avión se quedó a dormir en Guatemala por el mal tiempo”, le contestó el mismo chico, y le miró a los ojos de una manera que una década después aún recuerda. Luis corrió de vuelta a Las Mercedes a decir a todo el mundo que el evento se suspendía hasta el día siguiente.

El hijo del torero ya muerto para ese entonces se levantó a las 10 de la mañana del 10 de agosto y volvió a cruzar la calle. “Oiga, ¿a qué hora viene el avión de Guatemala?”. Esta vez la respuesta fue diferente: “Vaya a la sala de arriba”. A Luis le falló la relación de circunstancias, y aun cuando al entrar se encontró en una sala llena de personas llorando, no entendió que la “fiesta mexicana” ya no tendría lugar.

“Oiga, ¿el avión que viene de Guatemala?”. El hombre de corbata le pidió su nombre completo: “Luis Procuna Chamorro”. La respuesta fue a dos estocadas. “Mi más sentido pésame, sus padres han muerto… perdón, ¿cómo se llaman sus padres?”. Luis alcanzó a decir mecánicamente: “Luis Procuna y Consuelo Procuna Chamorro”. Y entonces la confirmación: “Sí, se mataron”.

La cantante ranchera y la imitadora de las que no recuerda los nombres, sus padres, el mariachi Oro, su representante ecuatoriano, Octavio Galindo, todos murieron. Todos iban invitados por Luis.

“¿Te das cuenta? —deja salir ahora un rencor oculto—. La de Nicaragua era mi primera experiencia. Contratas gente, haces los viajes, hablas con tus primos, y de repente, que te crees empresario internacional, Dios dice: ‘¿Creías que eras empresario? ¡Pues te chingas! Te mato a tus artistas, a tu padre y a tu madre y a todo el mundo para que aprendas que no es la cosa tan fácil’. ¿Cómo crees que quedas después de eso?”

Quinta Procuna, sábado 5 de julio de 2006

Al escuchar una queja que probablemente María Eugenia ya había visto salir de los labios de Luis, ella interviene. “No fue tu culpa, mejor hablemos de cómo era tu padre, porque estamos removiendo cosas muy sensibles”, suplica la actriz.

Al poco tiempo, Luis saca del apoyadero del sillón una foto. Aparece él, parado, impávido frente a un toro de lidia de 500 kilogramos que pasea sus pitones frente a los ojos del hijo que decidió seguir los pasos de su padre y destartalarse contra los bravos animales en aquellas tardes de domingo, cuando la plaza México (la más importante del continente) convocaba a 50 mil personas y hacía llover cojines para los matadores temerosos y rosas para los temerarios.

Luis nunca llegó a tener la fama de su padre, del “Berrendito de San Juan”, pero, al igual que él, el destino lo ha llevado a plantarse en los ruedos de Portugal, España, Francia y Bolivia. La diferencia es que Luis es técnico, mientras que su progenitor era bravo y con pocos mates de un típico matador erguido cual figura de museo de cera.

La charla llega a los recuerdos más gratos que aquel avionazo. Y lo inevitable. Es imposible hablar con alguien que conoció a Procuna sin enterarse con gran rapidez de dos cosas: que él fue pobre de pequeño, ayudante en el puesto callejero de tacos de su madre en la céntrica calle de San Juan, y que a veces se le “iba la onda”.

“Qué digo pobre, era pobresísimo mi papá”, se ufana en los énfasis Luis. “Humildísimo.” Fraymond deja salir un seco y alemán: “Sí”.

Procuna, mujeriego, apuesto, supersticioso, mexicano nacido en los años treinta, pobre de nacimiento y derrochador de crecimiento, compone el típico currículo ante el que cualquier experto podría dictaminar sin leer más: “Estamos ante un torero”.

Para la segunda característica, más complicada de explicar, toma la palabra María Eugenia. A Procuna “la onda” se le iba en el peor momento, cuando se abría el sotanillo y salían dos pitones de 15 centímetros anunciando que atrás venía una fiera de media tonelada. Negra, confundida, con ganas de escapar de aquel circo de sangre.

“¿Ves esa terraza?”, señala María Eugenia un mirador que está frente a su cabaña, a la par de la quinta Procuna. “Pues un día estábamos la Chelo (Consuelo), Procuna y yo, y le dije: ‘Me contaron que eres un sacatón, dicen que tú le corres a los toros’”. Como cada vez que el matador escuchaba ese comentario, dejó salir una risilla y contestó con naturalidad: “Sí, cuando veo los ojos del toro, sé si me va a matar o no; si me va a matar, me brinco las tablas y me voy”.

Plaza Miguel de Quevedo,ciudad de México,jueves 3 de julio

Puntual como un reloj de aeropuerto, aparece por la puerta de la cafetería aquel setentón alto, de pelo cano. Bajo su brazo lleva un pequeño libro, del que después se podrían leer las letras de la carátula color beige: “Luis Procuna, torero de luz y sombra (colección de bibliófilos taurinos de México)”.

En el reverso de la carátula se puede leer que el parsimonioso señor es uno de esos bibliófilos. Entre 19 nombres aparece el de Heriberto Lanfranchi Scherrer. El folleto se publicó en 1991, y recoge una conferencia dictada por otro asiduo de estos círculos de peritos taurinos en 1977, Guillermo Padilla.

El texto de las 14 páginas empieza así: “Hoy vamos a hablar de Luis Procuna. El tema es apasionante aunque nada fácil, ya que se trata de una de las personalidades más vigorosas y complejas que ha producido el toreo en México. Psicología extraña la de este lidiador, que tenía que caer hasta el fondo del abismo, en la derrota, para poder surgir, desde allí, a la luz del triunfo… En aquel ir y venir de la depresión más absoluta a la euforia más exaltada, que lo hacía pasar en una misma tarde y a veces hasta en un mismo toro de la luz a la sombra o de la sombra a la luz”. El final es una nota escrita en tinta roja de lapicero por Lanfranchi: “Muere en El Salvador, junto con su esposa, en un accidente de aviación”.

“De no haber muerto tendría… 88 años”, empieza Lanfranchi a mostrar su memoria de calculadora. “Procuna era un gitano, o estaba muy bien o muy mal, pero es lo que llamamos una figura del toreo.”

¿Recuerda, señor Lanfranchi, la última actuación de Procuna? “Claro que sí, la plaza México estaba llena. En su primer toro estuvo muy mal, pero en el segundo le salió el coraje, la plaza enloqueció para despedir a su matador querido.”

El domingo 10 de marzo de 1974 la plaza principal del país despidió al que la inauguró. Junto con el famoso torero español Manolete, el que parecía una estatua griega, Procuna fue el primer mexicano en cortar oreja en ese ruedo.

Tras un primer toro en el que no estuvo a la altura (“¡Pero qué importaba! No habíamos ido a la plaza a exigirle”, justifica Padilla en su folleto), el matador inició su último trasteo contra el pesado Caporal, y realizó unos pases de antología (“la plaza pareció desplomarse bajo una enorme ovación”).

21 años después, la plaza histórica perdió a su ídolo en una tarde sin pitones, pero llena de dudas ante un avionazo (“pasarán muchos años antes de que podamos olvidar a Procuna”).

¿Cómo describiría usted, señor Lanfranchi, a este torero? “Gitano…” Se detiene, alza su dedo como diciendo “espéreme tantito” y empieza a pasar las hojas del folleto beige. Se detiene en la 11, y levanta la imagen. Esta vez sí, una que vale más que mil palabras. Aparece un irreconocible Procuna, desprovisto de valentía, de cabeza, saltando al burladero de la plaza para huir de Pastorcillo, el toro con el que tuvo cita aquel 18 de marzo de 1951. Se le fue la onda.

¿Entonces, señor Lanfranchi, cómo fue de los mejores si tenía estas pésimas faenas? “Es que, cuando estaba bien, estaba bien de verdad. La gente se vuelve loca cuando sale el matador y baila con el toro. ¿Vio usted jugar a Zidane? Pues eso, es un artista, y no es solo salir y dar pases y pases.”

“Es cruel, pero así es el espectáculo, hay que ir a dejar la vida. Casi todos los toreros tienen esa vida patética, tienen que vencer el miedo una y otra vez. Tiene sus ganancias: conocí a toreros que en su habitación se encontraban con señoras guapas. Procuna fue muy discreto, porque la señora Chamorro, aunque no iba a los toros, le tenía un ojo al gato y otro al garabato.”

Hay que ser torero…

“Oye, Luis (Procuna), no jodas, ya me dijeron que dos de tus hijas se fueron detrás de ti hasta el aeropuerto y que ibas con una güera (rubia)”. En efecto, como confirma Luis hijo las palabras que María Eugenia dijo a su padre, a finales de los ochenta, los argumentos fueron contundentes: Procuna no fue siempre hombre de una sola mujer.

En aquel momento, cuando dos de sus hijas lo escoltaron a hurtadillas hasta el aeropuerto de Ciudad de México, descubrieron que el viaje de su padre a Miami no era de trabajo: asida a su brazo iba una joven rubia.

Días después, la aventura no quedaría impune y el torero pagaría peaje aunque fuera con una vergüenza. A Procuna no le quedó otra que contarle todo a María Eugenia, quien supo cómo sacudirle el tapete al matador: “Mira, Luis, ¿sabes qué haces? El pinche ridículo, porque esa vieja solo quiere tu dinero. Si sigues así, yo le presento un galán a la Chelo (Consuelo Chamorro)”.

“¡Me vas a traicionar!”, protestó Procuna. “No hagas eso, yo sin la Chelo no puedo vivir”. “¡Pos ya no hagas pendejadas!”, terminó la conversación María Eugenia. Así se zanjó la única aventura amorosa conocida de aquel torero.

A Procuna y a Consuelo los unía algo más que el matrimonio. Los unía una historia que el matador describía así: “La Chelo y yo nos hemos acabado cinco fortunas”. Literalmente, se gastaron cinco fortunas entre viajes a Europa, parrandas en el Noche y Día (un bar de la capital), casas en lujosas zonas capitalinas y otros servicios de dudosa necesidad como una nana para cada uno de sus cinco hijos.

Las fortunas gastadas no eran una exageración. Cuando Consuelo decidió vender sus acciones de Flor de Caña a sus primos, la última frase que pronunció fue: “Es que ya no tenemos nada de nada”. La vida de Procuna estaba contagiada por las plazas: “Un gitano”.

Epitafios

El repaso ha sido vasto. María Eugenia y Luis han hecho el recuento de la vida de un íntimo conocido ante las afirmaciones secas de Fraymond. Desde aquella conversación en la que la madre del torero, tras escuchar de su hijo que por ser domingo no quería vender tacos, preguntó: “¿Ah, entonces, hoy no comes?”, hasta la posterior revelación que sepultó el pasado: “Nos hemos acabado cinco fortunas”.

“A un pelito, a un pelito estuvieron de no morir”, zanja María Eugenia al aludir a aquel catarro de la señora Chamorro que casi los lleva a no abordar el boeing 737-200.

Luis prefiere ahondar en la paradoja, aquella que siempre tendrá lugar cuando un torero no muera por gracia de dos pitones afilados: “Es raro, porque uno se enfrenta a la muerte en su vida normal. Imagínate que estás en tu habitación de hotel, bien tranquilito, y llega el ayudante y te dice: ‘Matador, a bañarse para salir’. Tú solo piensas: ‘Hoy no quiero morir, estoy bien acolchadito’. A eso se enfrenta un torero todos los domingos”.

Aquel 9 de agosto de 1995, a Procuna no le pasó aquella corriente por el cuerpo. El hombre que vivía de su retiro se levantó tarde, se bañó, tomó la maleta que había arreglado un día antes y se fue al aeropuerto. No se le fue la onda, no le salió la superstición, no le rezó a la Virgen de Guadalupe ni se colgó su amuleto. Aquel día, Procuna no le temía a la muerte.

Aquel 9 de agosto de 1995, Consuelo iba radiante, feliz de volver a su tierra a ver a su familia. Pensando en la otra mecedora que llevaría a México, para completar la colección de tres que ya tenía. Aquel día, Consuelo no se negó a estar al lado de su marido, como hacía cada vez que el matador iba al ruedo y ella se quedaba en casa esperando. Consuelo no le rezó a su Virgen Morena antes de salir, no unió sus plegarias a las de Procuna. Aquel día, Consuelo no temía que su marido muriera.



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