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“Después de su muerte, pasé dos años bebiendo, me sentía muy mal. Hoy ya tengo nueve años de no probar nada de licor.” |
Nicolás Cedillo,
esposo de María. |
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Nicolás Cedillo recorrió las angostas calles de San Antonio Aguascalientes la noche del 9 de agosto de 1995. De un momento a otro tuvo frente a él la puerta de la casa de su suegra y la estremeció a golpes. Desde ese momento no comió por tres días y su cerebro se rehusó a guardar mayores detalles. Hasta ahora solo recuerda eventos puntuales. Nada más.
Por los mismos senderos que soportaron los zapatos de Nicolás, antes habían pasado los pies de su mujer, María Hermelina Hernández. La mañana de ese día, algunos de sus vecinos la vieron corriendo con flores entre sus manos. Una de sus debilidades eran las gladiolas y los crisantemos, con los que adornaba el altar de santos de su casa ante el cual se persignaba.
Aquella era una mañana soleada sobre el pueblo del departamento guatemalteco de Sacatepéquez, a una hora y media de la capital. Un lugar donde los Hernández han vivido por siglos. Los ancianos de la familia recuerdan que sus abuelos y los abuelos de sus abuelos nacieron en ese sitio fundado en 1528 por los españoles. Ahora es un asentamiento de la etnia cachiquel, a la que pertenecía María.
En sus oraciones, pidió por el bienestar de su familia y de su negocio, ambos elementos entrelazados desde que en 1993 se casó con Nicolás, otro artesano. Lo conoció en 1989, cuando los dos vendían en el centro de Antigua Guatemala. Nicolás le ayudó a recoger el cesto y empezaron a reír. No importó que fueran de etnias distintas —él es ixil— ni que la lengua para la conversación fuera el español, idioma extraño para ambos. “Hablamos de la vida. Ella era muy chistosa y bromeaba mucho con la gente”, recuerda Cedillo, quien todavía siente un extraño temblor cuando habla de su esposa, que murió la noche de aquel día en el accidente del avión de la compañía Aviateca.
María era una mujer despierta, que aprendió inglés e italiano, a pesar de no haber terminado la educación primaria. Tenía un talento único para tratar, con su voz dulce, a los turistas que inundan Antigua cada año. Sabía que de su relación con ellos dependería el éxito de su negocio. Tan buenos contactos urdió junto a su marido que viajar era cuestión de rutina para ambos. En una de las fotos que más atesora su madre, Cristina Gómez, María ríe en medio de las ruinas del Coliseo de Roma. Hasta ahí había llegado ofreciendo artesanías que iban desde textiles hasta adornos de mesa.
Después de la plegaria de aquella mañana, la mujer, de 26 años, vistió su huipil de colores, en el que predominaba el jade, y se puso las argollas de oro que combinaban con sus dos anillos de la mano derecha, uno de ellos con una piedra roja. Puso en una bolsa un poco de dinero y la metió dentro de la ropa, una tradición de las mujeres cachiqueles. Luego se fue con su esposo al aeropuerto. Viajaría más tarde a Nicaragua con la misma misión con que fue a Italia: ofrecer sus productos en un pequeño puesto de una feria.
Tres días de ayuno
Los golpes despertaron a Cristina. Cuando uno de sus hijos le abrió la puerta a Nicolás, este tenía ya las lágrimas de fuera. Al ver a Cristina, Cedillo lo primero que hizo fue describirle lo que había visto en la televisión, justo al final del noticiario de la noche: un avión se había estrellado contra un volcán en El Salvador. Nadie de la aerolínea había telefoneado hasta ese momento al hombre en sus tardíos veinte, pero estaba seguro de que en aquella nave estaba María. Cristina después fue a buscar su pasaporte. Nicolás volvería al aeropuerto en el que había estado horas atrás, pero con su esposa todavía viva.
Horas antes del accidente —en la terminal aérea— Nicolás ayudó a María a cargar el bulto de mercancía que llevaría en el avión. El boleto dejaba claro que su vuelo haría escala primero en El Salvador, para luego surcar el cielo hasta Managua. Los dos se despidieron la primera vez frente a la sala de espera. Pero esa no sería la última. Cuando el retraso en el despegue empezó a hacerse demasiado largo, María salió de la puerta para hablar con su marido. “Me pidió que me regresara a San Antonio a cuidar a los niños”, rememora Nicolás. De acuerdo con las reglas del matrimonio, si alguno de los dos salía del país, el otro tenía la obligación de quedarse en casa. Esa norma se rompería esa noche. Después de explicarle su corazonada a Cristina, Cedillo alquiló un carro para viajar, con su suegra, al aeropuerto La Aurora.
“Estuvimos dos días en el aeropuerto antes de irnos a El Salvador”, narra el hombre. No comieron hasta que regresaron con el cuerpo de la mujer metido en una caja de metal, debido a las exigencias sanitarias en estos casos.
Cristina relata el momento en que se puso frente al cadáver para reconocerlo. “Cuando la vi, creía que estaba dormida.” Ese día estaba junto a su yerno en medio de un lugar donde abundaban los helicópteros y las bolsas negras.
Las huellas
Cuando regresaron, decenas de personas acompañaron a María a su tumba, clavada detrás de una abandonada iglesia. Cada Día de los Difuntos, sus familiares colocan sobre el sepulcro sus platillos favoritos: dulce de chilacayote, conserva de coco, una torta, cerveza, gaseosa y un vaso de agua. Nicolás siempre que puede le pone velas y humea con incienso la tumba, un ritual que realiza con dedicación.
Este hombre de 40 años todavía tiene a María atravesada en su cabeza. Aunque puede hablar sin dificultad de sus traumáticas experiencias cuando su pueblo, en el departamento de Quiché, quedó en medio de la guerra civil, el tono se vuelve llanto cuando recuerda a su fallecida esposa. “Después de su muerte pasé dos años bebiendo.”
Aquella visita a la casa de su suegra, la noche del 9 de agosto de 1995, solo fue el primer paso para una temporada en el infierno de Nicolás. Un tiempo que desea olvidar. |