Ante todo, solidaria
Dordi Eika 23 años Activista Noruega

Por Javier Espinoza Fotos de LA PRENSA/Javier Espinoza
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La última vez que dejó la casa materna legó, sin saberlo, una pequeña nota a manera de despedida. Un “Que les vaya bien” garabateado en una hoja de papel cualquiera, que hoy es uno de los tesoros de su madre.



“No sé si idealizamos su imagen demasiado y la vemos como si fuera una santa. Las cosas positivas son las que han quedado en mi memoria.”
Silje Eika, hermana menor de Dordi.



Dordi —“regalo del cielo”, en los idiomas nórdicos— nació en Noruega, al noroeste de Europa, pero su corazón y su apasionado activismo político estuvieron más cerca de Centroamérica en los últimos años de su vida.

Voz suave pero carácter fuerte, Dordi pasó los años 1993 y 1994 hablando con sus cercanos de lo que ella consideraba las grandes injusticias en América Latina, en particular Nicaragua, donde fue brigadista en misiones de ayuda a la región.

Ahí, en Matagalpa, vivió seis meses con Jesús, un campesino que tiene campos de perejil. Labró la tierra y vivió en las condiciones más adversas, en medio de los animales de granja, en una casa sencilla al lado de un camino de tierra.

“Me molesta la injusticia: que la gente rica se haga de más dinero con la corrupción. No lo puedo soportar”, solía decir a su familia y amigos. Y cada viaje a Nicaragua se traducía en mayor indignación.

Luego de cada viaje contaba historias de la cultura machista y se quejaba de una sociedad en que los hombres tratan a las mujeres como algo menos valioso que ellos. Les contó de las familias pobres en las que los hombres gastan todo su dinero en alcohol, mientras sus hijos no tienen qué comer o para estudiar. Esto la enojaba mucho.

Sin embargo, sabía reconocer las virtudes, cuando las encontraba. Y Jesús, el hombre que le dio techo en Nicaragua, hacía un perfecto contraste con los otros hombres. Lo ponía como un buen ejemplo de alguien que, a pesar de las limitaciones de recursos económicos, puede mantener a una familia y darle educación y vivienda. “Dordi era una persona que se preocupaba por los débiles, los pobres y los niños”, recuerda su madre, Elena Eika.

Detestaba las guerras. De hecho, unas semanas antes de ir por última vez hacia Nicaragua, se descompuso por las matanzas en Srebrenica, Bosnia, en julio de 1995.

Y, aunque disfrutaba del calor nicaragüense y de su gente, apreciaba los paisajes cubiertos de nieve en el invierno. Nunca extrañó el frío nórdico, aunque disfrutaba caminar en el bosque noruego y recoger fresas, hongos y flores silvestres. También gustaba de coser, tocar el piano, leer e ir al teatro.

Luego de su último regreso de Nicaragua quería tener gallinas en su casa y empezó a preparar el criadero. Murió, a los 23 años, antes de realizar sus planes. Sin embargo, Elena, en memoria de su hija, compró cinco gallinas que produjeron muchos huevos.

No obstante que su pasión era el voluntariado, Dordi también era muy dedicada a los asuntos familiares. Como la mayor de cuatro hermanos, era la líder en actividades creativas. En la universidad estudió teatro y drama y montaba talleres en Nicaragua para enseñar lo que conocía.

Dordi era del tipo de personas que disfrutan más haciendo cosas que dejando que las cosas les pasen enfrente. La primera vez que dejó la casa, a los 20 años, acababa de terminar su bachillerato y se movió a las residencias universitarias para estudiar teatro.

Aunque su familia extrañaba su presencia, sabían que sus estudios la hacían feliz. Tuvo gran influencia en su hermana menor, Silje, quien ahora recuerda cómo de niñas solían cantar un estribillo de una de las canciones del “Fantasma de la ópera”: “¿Será cierto? ¿Será cierto, Christine?”.

Aunque no compartía las ideas tradicionales de la religión de su padre, Tor, un pastor protestante, Dordi se involucraba en las cosas de la iglesia. “Su muerte nos cogió desprevenidos. No hay razones para la muerte. Pero tras la tragedia, logré crecer como consejero pastoral”, cuenta Tor, de 69 años, canas cortas y calva profunda.

Unos días antes de partir para siempre de Noruega, tocó para el coro del templo. Después de la ceremonia, le preguntaron: “¿Así tocan en el cielo?”. “A lo mejor”, dijo.

Sus padres recuerdan cómo su hija tocó las vidas de las personas a su alrededor. “Nos amplió la perspectiva de la vida. Yo me involucré en actividades comunitarias en Nicaragua de parte de la Iglesia de Noruega y ambos, mi esposo y yo, tomamos clases de español en Antigua, Guatemala”, confiesa Elena, de 58 años.

Hoy, en medio de su congoja, Silje se pregunta: “No sé si idealizamos su imagen demasiado y hablamos de ella como si fuera una santa. Pero son las cosas positivas las que se han quedado en mi memoria y es una buena manera de recordar a alguien que está muerta”.

Aproximadamente una semana antes de partir aquel verano de 1995, llegó a casa con una maqueta de un avión comercial en sus manos. El significado: un viaje pagado para dos personas a Argentina. El avión quedó colgado en la sala de la casa. El mensaje apresurado en el papelito: “Que les vaya bien”, y el abrazo cálido de despedida quedaron guardados en las mentes de sus padres. Dos años después, Elena y Tor hicieron ese viaje.



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