Compartí nervios con las delegaciones de Japón (con madre y abuela de la ganadora incluidas) y de Venezuela (encabezada Osmel Sousa), que nos flanqueaban en un exaltado auditórium mexicano, cuyo fervor nacional le valió el reproche de la voz en off de la producción del evento. Toda la cólera del público de México se proyectó sobre las apariciones de la representante gringa y sobre su mentor, Donald Trump, especialmente, cuando “Rosi”, no logró clasificar entre las cinco finalistas.
El exotismo y la multiculturalidad que se vio no salvaron el tono opaco de un concurso que ha estado sujeto a la polémica y a la restricción presupuestaria, hasta el extremo de cancelar la popular fiesta de coronación, justificada en la Junta de Directores Nacionales por no contar con un espacio apropiado para ello...
Los $6 millones en los que se cerró la particular negociación entre la organización y los intereses mexicanos en el evento justificaron los elevados precios de las entradas (hasta $250) y la escasa repercusión nacional e internacional del concurso. Esta situación quedó maquillada por la elevada audiencia de la retransmisión de la cadena norteamericana NBC, cifrada en mil millones de telespectadores, quizá varios cientos de miles menos.
Sin duda, no corren buenos tiempos para la belleza, máxime cuando los intereses de la organización no contemplan la promoción de los países donde se celebra el concurso y cuando el todopoderoso Trump tiene puestos los ojos en otros frentes, probablemente hastiado por años de triunfo y flirteo con la belleza.
Afortunadamente, países como Venezuela, México o Brasil, veteranos en estas lides, o Japón, Corea y China, que avanzan imparables, se mantiene firmes en su determinación. Incluso la emergente delegación de Nicaragua y, quién sabe si de algún otro país centroamericano, al igual que su vecina Venezuela, despreciarán con sus triunfos el totalitarismo represor de sus gobiernos, para apostar por el futuro de un bussines millonario: la belleza, la publicidad y los medios de comunicación.
Duelo titánico
Y, ¡por fin!, al filo de las 8 de la noche dio comienzo, en el Auditórium Nacional de
México, la gala final de la 56.ª edición del concurso de Miss Universo; un evento en cuya primera parte destacó por el ímpetu de las participantes por hacerse un lugar entre las 15 semifinalistas y que, una vez anunciadas estas y proclamado el glorioso top-ten, comenzó, tristemente, a decaer para dejar paso a la reñida contienda entre las representantes de Asia y Latinoamérica.
Las cinco finalistas fueron Japón, Corea, Brasil y Venezuela, con la polémica incursión de la estadounidense Rachel Smith, que, admirablemente, superó todas las pruebas extras (los continuos abucheos del público a su salida o su lamentable caída sobre el escenario). Finalmente, la representante japonesa, Riyo Mori, de 20 años y 1.79 de altura, en cuyo currículum destacan siete idiomas (con un perfecto castellano), dos maestrías y un doctorado en curso, fue, fugazmente, coronada como la mujer más bella del universo por su antecesora, una apagada Zuleyka Rivera, a quien ya se le comenzaba a resquebrajar la forzada sonrisa de sus 12 meses de contrato con Miss Universo.
De un plumazo eliminaron a la práctica totalidad de las representantes europeas, cuya participación apenas destacó salvo por las candidatas de Dinamarca, Ucrania y la República Checa; unas semifinalistas que sorprendieron a todo el mundo. Sin embargo, las asiáticas: la India, Tailandia, Corea y Japón, y las africanas: una espectacular Tanzania y una no menos impresionante Angola, que curiosamente no llegaron a la final, se posicionaron desde un inicio, al igual que lo hizo la nicaragüense Xiomara Blandino, que escaló posiciones por Centroamérica. Fue este el único éxito para la región, a pesar del colorido y la vistosidad de los trajes típicos (que, lamentablemente, no gozaron de reconocimiento por parte de la organización). Destacaron El Salvador, Panamá, Nicaragua y Honduras, con una representación folclórica que no tuvo competencia con el resto de los países. ¿Será esta la única aportación de la belleza nacional que Centroamérica quiere ofrecer al mundo?
Las anécdotas
Una de las anécdotas más curiosas de la noche fue cuando mi acompañante, la modelo, cantante y presentadora guatemalteca Deborah David, más conocida como “la Negra que tiene Tumbao”, por su célebre participación en el videoclip de la desaparecida Celia Cruz, que le hizo ganadora de un Grammy Latino en 2003, apareció en el Auditórium Nacional de México con un vestido muy similar al primero que lució la presentadora de la gala, la Miss Teen USA 1998, Vannesa Minnillo, David vistió un espectacular diseño en seda rojo, con cuello halter y con un fabuloso
broche joya plateado central, del salvadoreño Carlos Herrera, presidente de la recién creada Fundación Centroamérica Moda, que causó sensación a lo largo de toda la noche y la calificó como una de las mejores vestidas de la velada.
Pero, sin duda, la reina entre las reinas, la mexicana Lupita Jones, que lució un espectacular modelo rosa de tirantes de corte clásico del diseñador de ese país José Luis Abarca, que complementaba con unas no menos impresionantes joyas de Damiani, se llevó la palma. Jones descendió las gradas del teatro como si de una diosa griega se tratase, una radiante afrodita del siglo XXI, que desafiaba en belleza a cualquiera de las candidatas del concurso, a pesar de haber transcurrido 16 años desde que se alzó con la corona de la belleza universal en Las Vegas, en 1991. Sin embargo, su carismática personalidad se vio, un tanto, apagada por los nervios propios de su papel como directora nacional de Nuestra Belleza México; una ardua labor la de la bajacaliforniana, que, en esta ocasión, logró nuevamente colocar a la representante nacional, Rosa María Ojeda, en el top-ten del concurso.
México deberá, por siempre, reconocer el trabajo constante de Lupita Jones a lo largo de estos últimos años por promocionar, internacionalmente, la belleza y la singularidad de las mujeres de ese país en todos los certámenes y convocatorias de este género. México, también, le debe a Jones la tarea de haber ensalzado la sede del concurso de Miss Universo 2007, gracias al programa especial de Televisa “Detrás de la corona”, con el que los mexicanos descubrieron todos los pormenores de este evento, así como a su papel de embajadora nacional frente al resto de las delegaciones internacionales. Afortunadamente, México cuenta con una directora nacional que pasea, internacionalmente, no solo la belleza oriunda, sino, también, la imagen de la mujer mexicana en su faceta empresarial; un rol que Lupita Jones desempeña, a la perfección, en el competitivo escenario ejecutivo, tras haberse ceñido la corona que la acredita como la más bella de la historia del país. ¿Alguna duda acerca del perfil de las participantes en estos concursos o de la potencialidad de estos? Yo no tengo ninguna.
l Secretario general de la Fundación Centroamérica Moda
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