
Mano de obra africana. Los esclavos negros constituyeron una mano de obra muy demandada en los obrajes del añil en vista de la prohibición de usar indígenas en estos menesteres.
Desde siempre, ha corrido la afirmación de que no hay negros en El Salvador porque el presidente Hernández Martínez los prohibió, y que además estaba prohibido su ingreso por la Constitución. Esto último es totalmente absurdo, un disparate de la “vox populi”. En cuanto a lo primero, sí, efectivamente la Ley de Migración de 1933, con sus normas etnofóbicas, estableció en su artículo 25 que estaba prohibido el ingreso de negros, chinos, árabes, gitanos y un buen etcétera, que afortunadamente es ahora cosa del pasado. Lo de Hernández Martínez fue pasajero, lo definitivo es que africanos llegaron aquí desde el inicio español y su sangre corre en las venas de salvadoreños, con un creciente interés actual por el legado cultural y por los resabios étnicos que se observan difuminados en el paisaje mestizo y ladino. No puede pensarse en un país solamente con dos etnias fundamentales, porque está la tercera, la negra, y todavía presente en la conjunción étnica.
La esclavitud fue una institución universal, aceptada legalmente, aunque desde siempre controvertida por razones de conciencia, humanidad y religión. Los primeros esclavos negros de servicio llegaron procedentes de España con soldados, funcionarios y pobladores, que recibieron autorización de embarcarse con ellos. En el Lienzo de Quauquechollan, que plasma pictóricamente los servicios de los indígenas mexicanos quauqueholtecas a Jorge de Alvarado y su tropa, en el viaje a Centroamérica de 1528, está dibujado el que es probablemente uno de los primeros africanos que anduvo por estas tierras, o el primero, y está de camino hacia la parte que hace falta del lienzo, que es la que presumiblemente correspondía al presente El Salvador.
La intensa y desordenada riqueza cacaotera de los Izalcos hizo que fuera una de las primeras regiones en tener apreciable cantidad de africanos esclavos. El oidor Diego García de Palacio, en su Carta-relación de 1576, menciona un enclave de negros a orillas del lago de Coatepeque. Y lo mismo habla de ellos fray Antonio de Ciudad Real en la crónica del viaje del provincial franciscano fray Alonso Ponce de León, en 1585-1586, que dijo haberlos visto en apreciable cantidad en una hacienda en las goteras de la villa de La Trinidad de Sonsonate, en las riberas del río Cenzúnat. Los negros en las haciendas eran usualmente personas de confianza de sus amos y podían cumplir una función intimidatoria con los indígenas, como capataces y personas de trato enérgico, tal los llamados gañanes.
En San Salvador y San Miguel, muchos vecinos poseían esclavos negros, algunos para ser enviados a lavar oro a los ríos hondureños, lo que fue una verdadera industria en el siglo XVI. Para 1545, se señaló una suma de unos 1,500 negros en busca de arenas auríferas en tierras de Honduras.
En los obrajes añileros, ya que varias reales cédulas habían prohibido el uso de mano de obra indígena en los obrajes, hubo considerable demanda de mano de obra negra, la cual era proporcionada con el comercio esclavista que llegaba en barcos a la costa norte, en un tráfico autorizado usualmente para portugueses, que tenían licencia de asentistas y con permiso de introducción.
La proliferación de mulatos, tanto libres como todavía en esclavitud, fueron poco a poco diseñando el panorama étnico rural en las provincias hispano-salvadoreñas, donde se conocieron como pardos libres. Muchos mulatos se volvieron propietarios de tierras y se incorporaron a un estamento medio de propietarios, a menudo en detrimento de los indígenas, como fue una denuncia hecha en el pueblo de San Bartolomé Arcatao por el cura del lugar, en 1655. Varios lugares se fueron poblando con familias de origen mulato, así como se instalaron en barrios de las ciudades, como el barrio del Ángel, en La Trinidad de Sonsonate y barrios de San Vicente, San Miguel y San Salvador. Al igual como se integraron en barrios de pueblos indígenas y en núcleos de población en haciendas y tierras realengas, los que se convertirán más adelante en pueblos ladinos.
En tiempos de la Intendencia, cuando eran ya pocos los negros en estado de esclavitud, se dieron los reglamentos para los propietarios de esclavos, según orden de la Corona a la Real Audiencia. Por ejemplo, el de San Miguel se dio en septiembre de 1804, así como los promulgó el cabildo de San Vicente de Austria y el de La Trinidad de Sonsonate.
Por largo tiempo, la presencia negra y mulata fue negada y borrada por el incipiente Estado-Nación que se construía con la omnipresencia de los parámetros étnicos europeos occidentales. Pero la historia de los africanos en El Salvador, desde el siglo XVI hasta la extinción de la esclavitud en Centroamérica por la ley de abril de 1824, es un tema para investigación abundante en hechos, datos y acontecimientos, como la olvidada rebelión negra de finales de 1624, erradamente situada en la Semana Santa de 1625, comentada por monseñor Francisco de Paula García Peláez, en sus “Apuntamientos”.
La rebelión sucedió en tiempos del alcalde mayor de San Salvador, Pedro Aguilar Lasso de la Vega y causó verdadero temor. Un documento, citado por el historiador Barón Castro, decía que estuvieron convocados por alzarse 2,000 negros en la provincia, y Manuel Rubio Sánchez escribió que se llamaron milicianos de Comayagua para atajar el peligro. El expediente de méritos y servicios del capitán español que mandó la tropa que persiguió a los negros alzados, Juan Ruiz de Villela, cumplimentado en 1635 (Archivo General de Indias), trae gruesos legajos de todos los incidentes de la persecución que se hizo de los esclavos rebeldes en noviembre y diciembre de 1624, quienes fueron alcanzados en las riberas del Lempa, por la parte llamada El Marquesado y el cerro homónimo, así como río abajo, en las cercanías de la desembocadura, por un contingente de indígenas y soldados ladinos de Zacatecoluca y Apastepeque. Todos los negros capturados fueron ejecutados en San Salvador en 1625.
Texto y fotos cortesía de la Academia Salvadoreña de la Historia.






excelente fuente de informacion. He visto algunos vicentinos con piel muy oscura y cabello quinque, yo no estoy de acuerdo que en los siglos pasados, con la descriminacion de los negros africanos y la accion de ejecutarlos. Que bien que se aclaro el asunto de la constitucion.
La verdad que en el pasado se cometieron mucha injusticia con esta bella raza.