Más que el frío gélido de montaña, lo que recorría las espinas enfundadas en camisas negras era ansiedad. Noche de martes, y el éxodo centroamericano a Costa Rica había reunido a 27,000 fans para romper un hechizo, una ausencia de 32 años sin Iron Maiden en su patio. Y el culto esta vez dio resultado, desde las 9:03 la historia dicta que la doncella de hierro, como se conoce a la banda, se pose en Centroamérica.
Pero toda ceremonia necesita preámbulo, y esta vez Winston Churchill y su discurso que alentaba a los pilotos ingleses en la Segunda Guerra hicieron los honores. Lo que venía, claro, era “Aces High”, el primer corte, la primera explosión masiva en un estadio tapizado de costado a costado, pero con leves lunares vacíos en la cancha.
La imagen era como estar capturado en un DVD de Iron Maiden. Pero en un DVD pirata, porque al principio el sonido no fue fiel a la propaganda. La escenografía, por demás imponente, tampoco llegaba al nivel de lo que vieron ojos indios y australianos hace unos días. Ambos apartados no eran dignos de Maiden. Pero eso no evitó que miles de almas dejaran la garganta en un hilo cuando Bruce Dickinson, el vocalista, revisó su alrededor y lanzó el primer saludo: “Es nuestra primera vez en Costa Rica. Nos dicen que hay gente de El Salvador y Guatemala... Muchas gracias”.
Acababan de tocar “2 Minutes de Midnight”, también del disco “Powerslave”. De inmediato Dickinson se cambió sus ropajes por la casaca roja para ondear una gigantesca bandera inglesa. La canción ahora era “The Trooper” y el mismo Eddie lo observaba desde la pancarta gigante atrás de la batería de Nicko.
Y es que hay que decir que Maiden tiene un verdadero “frontman”, una voz enérgica que no para de moverse, de correr, de saltar por todos los niveles del escenario. Sus compañeros tampoco se quedan atrás, y si comenzaron con las guitarras de Murray y Janick a los costados, con Harris y Adrian por dentro, a los pocos minutos la alineación era totalmente diferente, intercalada.
Al fin el sonido
Aunque tuvieron que pasar casi ocho rolas y 40 minutos para que la producción costarricense se diera cuenta de que este show ameritaba más potencia. Así, el sonido cambió de calidad, pero se quedó a un paso de lo pletórico.
Maiden se dio cuenta del cambió y aprovechó para tocar “The Rime of the Ancient Mariner”, un largometraje de casi cuarto de hora, una adaptación del poema del siglo XVIII de Samuel Taylor Coleridge que pone a prueba cualquier guitarra. Estas, que competían, se alternaban, giraban por la espalda. Murray con su estilo nostálgico y la mueca que tiene por sonrisa, Adrian más académico en los solos, y Janick con el acto de circo que acostumbra con su lira. Harris, en el apartado del bajo, también hacía retumbar sus cuatro cuerdas.
Lo que siguió fue “Powerslave”, con lo que los ánimos nuevamente se elevaron y llevaron la música de paseo por otro disco. Ahora sonaba “Heaven Can Wait”, el trabajo de 1986. Luego llegó “Run to the Hills”, sacado de las entrañas del “The Number of the Beast”.
Pero el tiempo se deslizaba con dulzura metálica. Hora con 20 minutos de concierto y las luces dejaron en penumbra el escenario. ¿La razón? “Fear of the Dark”, acaso la rola más famosa de la doncella. Pero esta vez, Janick tenía nuevos arreglos. Claro, puede hacer lo que quiera, si esta cuasi balada es su creación personal.
Aunque el fin, cada vez más cerca, se veía asomar cuando llegó la canción que le da nombre al grupo. Y como en todos sus conciertos, no faltaron los agradecimientos, los lanzamientos de guitarra al aire y, cómo no, el enorme Eddie cibernético que paseó por el escenario. Un invitado que jamás ha faltado en tres décadas de carrera. Efectivamente, era el broche de hora y media de concierto.
Pero momento. Como en todos sus recitales, también regresan. Y lo hicieron con tres canciones más. Comenzando con la guitarra electroacústica que en las manos de Murray dibujaba “Moonchild”, del disco “Seventh Son of The Seventh Son”. A continuación, sonó “The Clairvoyant” y finalmente el broche, de oro, de metal pesado, con “Hallowed Be Thy Name”, la que dejó los nutridos aplausos de todo un estadio que agradeció por varios minutos.
Acababan de transcurrir dos horas, los primeros siete discos de la gira. Para todos los centroamericanos, no había más que pedir, pero aún así Bruce Dickinson dejó una promesa: regresar cuanto antes a la región, una que habían olvidado y que desde el martes ya está en el mapa de Iron Maiden.
|