Iron Maiden
     

27,000: El número de... los presentes


Cuadras y cuadras de camisas negras. Jóvenes, adultos, salvadoreños, costarricenses, panameños. Los caminos en ese martes solo terminaban en un lugar: el estadio Saprissa, decretado como epicentro del metal por una noche.

Enviados en Costa Rica: Joaquín Mendoza y Óscar Leiva
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Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 2/27/2008


Dos horas de espera, registros. Finalmente el filtro dejaba pasar cantidades de seguidores de Iron Maiden. Cerca de las 7 de la noche, 60 minutos antes del show, los costados ya estaban llenos, los palcos todavía dejaban ver los vacíos. La cancha era la misma historia, aunque aquí la lucha era por quedar lo más cerca posible del escenario, una estructura que ocultaba algo tras una enorme manta.

Y puntuales como su raza inglesa, Lauren Harris y sus músicos subieron al filo de las 8, aunque frente a ella las caras de extrañeza contagiaron a todo el estadio. Por lo visto, en la familia solo Steve tiene el don de cautivar a las masas. A su joven hija no le alcanzaba para animar, solo para elevar algunas manos y mover pocas cabezas. Es que su estilo es como oír a Avril Lavigne, así que después de 25 minutos se bajó del escenario.

La gente lo que quería era ver a otra doncella, la de hierro. Por eso aguantaron el frío, dejaron las cámaras de fotografía en la entrada. Y mientras esperaban la hora cero, había tiempo de charla, de buscar comida. Pero la tertulia se interrumpió con la llegada de la banda. El reloj marcaba las 9 de la noche. Los que estaban desprevenidos corrieron al frente de la cancha y el tumulto comenzó con la llegada de Iron Maiden. Y al parecer, el mosh es práctica desconocida para los ticos, así que los salvadoreños se encargaron de la enseñanza en el centro de la muchedumbre.

Las mantas del escenario cayeron para dejar ver al primer arte de Eddie, el faraón. Los dos niveles del escenario también quedaron desnudos, aunque los artes de las paredes no eran labrados, más bien pintados. Pero eso no le importó al público, Bruce Dickinson los llevó a un hechizo que no se disipó por dos horas. Cuando él decía que era hora de aplaudir, el estadio reventaba. Cuando ordenaba “Scream to me..!”, todo el estadio lanzaba alaridos. Incluso cuando quería que el Saprissa entero hiciera la ola, no hubo quién no obedeciera.

Las guitarras también competían con el embrujo, como cuando Murray tocó el intro de “Moonchild”, al ver a Smith en los solos de “The Rime of The Ancient Mariner”, sin dejar de lado cuando la vista se clavaba en la guitarra de Janick que cruzaba el cielo o hacía círculos por su espalda. Claro, Harris era imponente con su fiel bajo, el cual todavía conserva el emblema del West Ham United.

Y así, a nadie le importó saturaciones de sonido, que el escenario no fuera el prometido, que las pantallas a los lados mandaran imágenes con un segundo de retraso... 27,000 centroamericanos estaban para presenciar al grupo de su niñez, de su adolescencia. Con el que aprendieron a tocar guitarra, con el que definieron su género favorito. Con el que hicieron amigos una noche de febrero de 2008.



LA PRODUCCIÓN

El escenario cumplió con las medidas
prometidas (40 metros x 15
metros de base), pero al final no
fue el show con la escenografía con
la que comenzó el Somewhere Back
in Time World Tour. El sonido tampoco
llegó a ser apoteósico y se
quedó en muy bueno después de
sortear los primeros ajustes; sin embargo,las luces sí fueron de lo mejor,
un aparataje digno de los conciertos
que se ven al otro lado del
océano. También presentaron un
Eddie cibernético, que sobrepasaba
los 3 metros de altura y se movía
fiel a su condición de zombie.