Los Ángeles. A unas cuadras del paseo de la fama, en
el bulevar Santa Mónica, al norte de Hollywood, opera
desde hace dos décadas la “clica” de una
pandilla centroamericana. Un “placazo” indica
que este es territorio de la mara. Sin embargo, los
tatuados ya no están, parados en las esquinas.
El tatuaje empezó a desaparecer en Los Ángeles en 2004,
cuando entró en vigor una acción civil contra la pandilla
que prohíbe a sus miembros reunirse en la vía pública,
asegura Frank Flores, detective de la Policía angelina.
Para el inspector Brian Truchon, del FBI, la explicación
al cambio de actitud tiene que ver con leyes como la
ejecutada en Los Ángeles o las manos duras centroamericanas,
pero también con una “evolución natural”
a formas de crimen más sofisticadas.
“Obviamente el ‘Mano Dura’, el ‘Supermano
Dura’ y esas leyes que hubo en El Salvador tuvieron
mucho que ver con eso en México y Centroamérica. Estas
pandillas están dispuestas a renunciar a su identidad
y al decir que la identificación no es tan importante
para ellos, sino que lo más importante es la actividad
criminal, pues dejarán de tatuarse”, dice.
Gaithersburg, Maryland
Las manos de Santos, el pandillero salvadoreño, también
hablan sobre el cambio de reglas: en ellas apenas se
nota el rastro de las letras identificativas de su mara.
“En la cárcel se dio la instrucción de que la
única obligación era llevar las dos letras, donde uno
quiera.”
El FBI aún no las trata como crimen organizado o mafias,
pero percibe que para las pandillas ha dejado de ser
prioridad la batalla por el control territorial que
protagonizaron durante los ochenta y los noventa en
Los Ángeles primero o en las periferias suburbanas de
Centroamérica, Virginia y Maryland después.
En El Salvador, el análisis de la PNC ya incluye la
mutación: “Hay coordinación nacional y transnacional
que se expresa, por ejemplo, en que la pandilla ha decidido
sacrificar la expresividad (tatuajes) por la instrumentalidad
(crímenes), es decir, prefieren obtener beneficio económico
que tener identidad como pandilleros. Cada vez más la
violencia se centra en la recolección de fondos y no
en la lucha territorial”, sostiene José Luis Tobar,
subdirector de la Policía.
“El crecimiento de las pandillas ha disminuido
su rivalidad, en parte porque se dedican a otras actividades”,
coincide Rocky Delgadillo, fiscal de Los Ángeles, la
ciudad-cuna de las pandillas.
Valle del Sol, Apopa
Aquí nadie habla aún de narcocarteles o “clicas”
especializadas. Aquí el tema es sobrevivir a la lucha
que mantienen tres pandillas por límites territoriales.
Hace unos meses, una “clica” le advirtió
a Juan que no siguiera llegando al instituto de Valle
del Sol; la razón: él vive en un barrio controlado por
otra mara.
Las amenazas han tenido mella. La matrícula escolar
bajó este año de 95 alumnos en segundo año a 77 en tercero,
en gran parte porque los padres retiraron a los jóvenes
que viajaban desde las zonas y los cantones aledaños
ante las amenazas de los pandilleros. Si se compara
con la población en edad escolar, el instituto tiene
una baja matrícula, asegura la directora Patricia de
Castro.
Aún así, Juan continúa sus estudios. “Mi mamá
se preocupa cuando salgo, me dice que tenga cuidado”,
asegura el joven, que todos los días cambia de ruta
para evitar problemas.
Frente al instituto está la escuela primaria, a la
que los pandilleros llegan a buscar reclutas de 10 o
12 años tres veces a la semana, según cuenta el agente
de la PNC Manuel Cabrera poco después de dar una charla
sobre violencia en el centro escolar.
“Díganme algo bueno de las maras”, pide
el agente. Nadie responde. “Es por el miedo que
tenemos”, explica un joven.