Mañana a las 11:49:27 a. m., se cumplirán exactamente 20 años de aquel descomunal terremoto que mató a por lo menos 1 mil 500 personas, hirió a otras 10 mil y tumbó escuelas, hospitales y edificios privados por toda la ciudad de San Salvador (ver revistas Enfoques y Revista Dominical, edición 9 de octubre de 2006).
Seis semanas después de la tragedia, el Ministerio de Planificación y Coordinación del Desarrollo Económico y Social (MIPLAN) cifró en $1 mil 31 millones el monto global de la destrucción, esa cantidad era equivalente a ¢5 mil 154.8 millones, en una economía en la cual el tipo oficial de cambio era de ¢5 por cada $1.
“Representaría cerca del 25% del PIB de este año (1986), 1.7 veces el valor de las exportaciones de café de este año, 1.6 veces los ingresos del gobierno central, más de dos veces la inversión interna bruta esperada para este período y el 57% de la ayuda del Gobierno de Estados Unidos para El Salvador”, resume el “Boletín de ciencias económicas y sociales” de la UCA de noviembre de 1986.
Aulas en el suelo
En la revista “ECA” de noviembre de 1986, se calculó que 1 mil 500 aulas escolares debían ser rehabilitadas o reconstruidas en el sector público, más de 150 edificios educativos fueron dañados total o parcialmente y, por lo menos, seis edificaciones debían ser reparadas y otras tres reconstruidas en la Universidad de El Salvador.
Mientras tanto, en el sector privado, 14 centros educativos tenían que ser restaurados y por lo menos 10 reconstruidos.
Entre estos últimos estaban el Colegio Santa Catalina, donde se verificó uno de los más crueles episodios de la jornada (ver historia aparte).
Un informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) estimó que, en términos monetarios, el sistema educativo de El Salvador había sufrido daños equiparables a ¢311 millones, que entonces se traducían en $62 millones.
En los datos reflejados por el MIPLAN, la más dañada fue la infraestructura de educación básica, en la cual había que invertir ¢77 millones 640 mil.
Dentro del campus de la Universidad de El Salvador, las facultades más afectadas fueron las de Medicina y Odontología, cuyos gastos de rehabilitación y reconstrucción sobrepasaron los ¢11 millones, únicamente superados por los ¢17 millones 600 mil invertidos en su administración general.
A raíz del temblor, el año lectivo 1986 tuvo que finalizarse y, para comenzar 1987, se tuvieron que construir 1 mil 300 aulas provisionales para dar clases a 200 mil niños.
Ayuda
El Banco Interamericano de Reconstrucción y Fomento donó ¢20 millones ($4 millones) para ejecutar el plan de urgencia para rehabilitar infraestructura del sistema educativo de la región metropolitana de San Salvador, mientras Suiza contribuyó con ¢1 millón 500 mil para impulsar el esfuerzo inmediato de la reconstrucción.
El Salvador, que padecía una guerra civil, recibió ese viernes 10 de octubre un golpe súbito de la naturaleza, mientras centenares de personas circulaban por las calles y los estudiantes esperaban ya el timbre de salida para el fin de semana.
El movimiento a cinco kilómetros de profundidad avivó una red de fallas geológicas que recorrió y estremeció San Salvador con una magnitud de 5.4 grados en la escala de Richter, destruyendo todo lo que encontró a su paso.
“Este sismo alcanzó en algunos lugares aceleraciones máximas, tanto verticales como horizontales, muy elevadas e inusuales. En lo que data del período de tiempo que en El Salvador contamos con instrumental antisísmico, no se han obtenido antecedentes semejantes”, detalla un informe oficial del evento de hace 20 años.
El evento dio paso a centenares de historias de solidaridad y compasión, y el Ejército regular y la guerrilla declararon un cese al fuego a fin de que El Salvador pudiera enterrar a sus muertos y comenzar a sanar sus heridas.