Mal día para que el Hospital Benjamín Bloom estuviera con la guardia baja, casi desarmado, con menos de la mitad de médicos de su “staff”.
Ese viernes 10 de octubre de 1986, la mayoría de residentes, cirujanos y pediatras, incluido el entonces director, Luis Villatoro, participaban en un congreso de médicos en un hotel cercano, el Camino Real. Ese día, había menos de la mitad de los doctores que normalmente laboraban.
Aquel congreso de pediatría también seducía a Julio Adalberto Milla, un residente de primer año que recién comenzaba su especialización en cirugía pediátrica, pero aquella mañana, lo que a Milla le impedía ir al evento eran las últimas seis horas del turno.
Los cinco años de interinato en el Hospital Rosales le habían revelado los sacrificios de su profesión, y ese octubre, el sacrificio fue más de lo que jamás esperó.
A primera hora y después de mostrar el caso de un paciente con apendicitis aguda a los doctores encargados, entre ellos Ulises Iraheta, actual director del Bloom, Milla se incorporó al servicio de neurocirugía junto a Manuel Guandique, doctor a cargo.
La visita a los pacientes en 10 de los 11 niveles del edificio principal era algo que ambos debían hacer.
Guandique, médico a cargo de la visita, dejó el hospital cuando se percató de que las reservas de anestesia estaban a cero. “Salió a comprarla con su propio pisto, porque había un niño, en el cuarto nivel, que se iba a intervenir”, relata Milla, quien terminó efectuando la visita junto a Fernando Mencía Pauler.
En el cuarto piso
A las 11:45, Milla y Mencía ingresaban al servicio de lactantes, en el cuarto piso, donde se encontraba el paciente que debía ser intervenido. Mencía se quedó en la entrada.
Eran casi las 12 meridiano y, por ser hora de la visita familiar, la mayoría de niños estaban acompañados por sus padres.
Otro paciente, a quien se le extraería una porción de líquido de su columna vertebral para introducirla en el abdomen, reposaba junto a sus padres.
Lo estaban examinando cuando el vaivén del edificio rompió la calma. En 1986, El Salvador vivía en guerra y la posibilidad de que aquello se tratara de un bombazo contra el hospital sobrecogió a Milla.
“Vi que Mencía se agarró de la entrada y que toda la estructura se movía, como en un vaivén. Todos caímos al piso y pensamos, por la cercanía de la Embajada de Estados Unidos, que se trataba de una bomba. Se escuchó como una explosión. Las lámparas comenzaron a caerse, las sillas caían, todo mundo gritaba. El niño que estábamos viendo fue uno de los primeros que evacuamos”, rememora Milla.
Guandique, luego de la compra de la anestesia, fue uno de los primeros en regresar.
Quince días antes, el pediatra Mauricio Sol Nerio había liderado un ensayo de evacuación, un esfuerzo en el que brilló la ausencia de las autoridades y que provocó que este se volviera poco menos que un fiasco.
El Salvador estaba en pañales en cuanto a la prevención de desastres naturales.
Un día normal, en el Bloom de aquellos años, habría implicado tener de planta a 10 residentes de pediatría y cuatro de cirugía de primer año para atender a unos 200 pacientes, según calcula el doctor Milla.
Pero ese viernes, el sistema cojeaba y solo la presencia de los familiares pudo mejorar el panorama. No había claridad sobre cómo evacuar, pero “los residentes, como pudieron, comenzaron a hacerlo con la ayuda de los papás. Sin ellos no hubiera sido lo mismo. Tuvimos suerte”, se sincera Milla.
El rescate
Nelly Campos, una joven veinteañera, trabajaba en el sótano del hospital, en el archivo.
Ella, junto a dos compañeros, había quedado atrapada por el derrumbe de la consulta externa, al costado oriente del edificio que, en 10 segundos, se había transformado en una armazón totalmente inservible.
Desde el cuarto nivel, Milla y Mencía Pauler habían descendido hasta llegar al área de emergencias que, en esos años, se ubicada de cara al bulevar de los Héroes.
“Alguien me dijo que fuera al otro lado (costado oriente) porque había carros entrando y se había producido una gran congestión de gente, no podíamos atenderlos a todos. Tuvimos que parar el ingreso de carros, y estando ahí, me di cuenta de que había gente gritando desde el sótano pidiendo ayuda”, recuerda.
Los alaridos eran de la joven Campos, quien estaba atrapada bajo un plafón. “Como pude, le ayudé a salir, eran tres personas en el sótano”, describe Milla.
Minutos después, la segunda réplica destruyó todo. “Si no hubiéramos sacado a esos empleados, habrían muerto.”
Las enfermeras, cuidando de los pacientes y de los familiares, se habían tomado el tramo del bulevar de los Héroes frente al nosocomio.
“Acudían las madres buscando ayuda, algunas de ellas ya con sus niños fallecidos. En menos de cinco minutos, comenzaron a traer pacientes, y media hora después conté a 10 niños que ya habían muerto”, relata Milla.
Según el Bloom, solamente un menor de los internos falleció debido a que un aparato que lo asistía dejó de funcionar.
Por su parte, las enfermeras habían logrado rescatar muchos de los utensilios médicos con los que, más tarde, se operaba a los niños frente a la cafetería El Paso, sobre la 27.ª calle poniente.
El Hospital Bloom había quedado inservible y tal fue su condición hasta inicios de 1987, cuando la Fundación Armin Mattli donó un hospital modular que se instaló en la cancha de fútbol del tercer ciclo del Instituto Nacional Francisco Menéndez.
Luego, el Gobierno alemán facilitó la reconstrucción del hospital, que finalizó en 1992.
Falta de comida
Las reservas alimenticias se habían agotado.
“Estábamos mal. Rolando Pimentel, quien tenía una tienda, nos regaló 10 botes de leche, pero se terminaron en horas”. Para cuando los jefes de cirugía llegaron al Bloom, a las 6 o 7 de la noche, después de andar operando en la capital y Santa Tecla, Milla recibía su primer bocado en muchas horas: un pan que un familiar le llevó. 24 horas después de haber iniciado el turno de residente, Milla subió al carro del doctor Ulises Iraheta, actual director del Bloom, quien lo llevó hasta su casa en Ciudad Merliot.
Recuerda que solo descansó un para de horas, porque la emergencia lo llamaba.