Una blanca rosa, una sonrisa y una mirada incierta acompañan a Judith Martínez de Hernández cuando, sentada sobre una banca, se la aborda en las oficinas del Colegio Católico para Niñas Santa Catalina, en San Jacinto.
Luce nerviosa. Es primera vez que regresa al colegio en años y de su bolso saca una docena de antiguas fotografías a color. Todas, de los años ochenta, de cuando estudiaba en el Santa Catalina.
El tiempo ha pasado y de aquel uniforme azul ya no atestiguan las elegantes telas de la vestimenta de esta mujer de 34 años.
Bajo su regazo, dentro de un fólder verde, guarda celosamente una página de cuaderno, plastificada, con palabras en tinta azul. “Un tesoro”, dice.
La rosa blanca y la mirada incierta se mezclan con todos los recuerdos de aquella brutal mañana del 10 de octubre de 1986.
Era viernes, un día normal para los salvadoreños quienes se desayunaban con la noticia de que el Partido de Conciliación Nacional y la democracia cristiana, entonces en el poder, se enfrascaban en un debate por la transparencia en el manejo de fondos públicos. Para Judith, dentro de las cuatro paredes del colegio, ese viernes era un día normal: clases, libros y ensayos con la banda musical.
Nadie imaginaba que el día no terminaría sin que el Colegio Santa Catalina se convirtiera en el centro donde ocurrió una de las mayores tragedias humanas provocadas por el terremoto.
Al filo del mediodía de ese viernes, Judith, varias centenas de alumnas y el país entero fueron sorprendidos por un terremoto grado 5.4 en la escala de Richter.
Cerca de 1 mil 500 personas fallecieron en el país a merced del sismo, cuyo epicentro se había colado cinco kilómetros bajo Planes de Renderos, al sur de la capital. En el Santa Catalina, 42 estudiantes perdieron la vida. Judith sobrevivió para contarlo.
Sobreviviente
Antes de la entrevista, Judith ha pedido unos minutos para reencontrarse con dos profesoras con las que sobrevivió aquella mañana de pavor. La atesorada carta que viene oculta en el empaste verde resulta ser un escrito que Luz de María Reyes, una de las dos maestras, le escribió a Judith 12 días después del sismo: “Solo de Dios viene el cambio de una estructura física y espiritual, y gracias a Él, tú, Leonor y yo, como muchas otras gentes más, estamos con vida”.
La avenida Cuba y la calle Ramón Belloso, en San Jacinto, donde se erige el Colegio Santa Catalina, fueron testigos de cómo, en 10 segundos, 41 niñas y un niño perdieron la vida: “42 ángeles”, como se los nombra, año con año, durante una ceremonia que la comunidad Catalina les ofrece al cumplirse la fecha del sismo.
“Ese día, la sorbetería Vips nos había dado cupones y con mis amigas íbamos a ir comprar los sorbetes, pero antes yo quería ir a ayudarle a la seño Lucy (Reyes)”, explica Judith, quien era acompañada por Leonor.
En la segunda planta, Mitsuki, una alumna de primer grado acompañaba a la seño Lucy.
“Mitsuki sabía dibujar bien bonito, parecía profesional”, recuerda candorosamente Judith.
A las 11:49, el trazo de Mitsuki comenzó a alterarse sobre el pliego de papel. La tierra temblaba. La catástrofe había iniciado.
Las losas del piso comenzaron a sacudirse en un trémulo vertical; el cielo falso se desprendía violentamente ante el terror de las niñas que, por primera vez en sus vidas, estaban siendo sometidas a algo tan horrible.
El sismo terminó y Judith sentía un punzón en su espalda. Eran cuatro clavos que habían quedado incrustados en su torso, pero de los que no tuvo noción sino hasta horas después.
Luego del estruendo, una enorme nube de polvo envolvía el colegio y hacía todo caótico. Gritos de auxilio y asfixia. A tientas, y tomadas entre sí, varias niñas y la mujer que hacía limpieza lograron bajar las gradas que aún se mantenían en pie.
Mortandad
“Siendo las mayores, nos tocaba a nosotras cuidar a las pequeñas. Las buscábamos y las llevábamos para la comunidad (un terreno anexo donde viven las monjas del colegio)”, narra.
En total, Judith pasó sobre los escombros cuatro veces para rescatar a las niñas. “Rezábamos con las manos agarradas, y si una de las mayores lloraba, se armaba una gritadera. “¡No lloren, por las niñas!”, nos pedíamos entre sí.
Diez minutos después del sismo, de entre los curiosos, los padres y los héroes anónimos, apareció César Osvaldo, de 18 años, hermano mayor, quien llegó al colegio a buscar a Judith.
Ingresó pasándose los escombros del lado poniente, el de la fachada, encontrándola más adentro en un semicírculo con varias niñas.
“Ahí ya no aguanté y me le colgué y lloré”, recuerda Judith.
La intención de César era sacar a su hermana, pero la chica, al saber que otras niñas estaban soterradas, se negaba a abandonar el recinto. “César, ahí hay niñas”, gritaba ella mientras caminaba y señalaba, a su paso, los puntos donde escuchaba alaridos.
Margarita, una amiga quien había quedado de juntarse con Judith en el portón de la fachada sur para ir a reclamar los sorbetes no sobrevivió.
Al día siguiente, el 11 de octubre, el Ministerio de Educación ya había decretado el final del año lectivo. Para las catalinas, 1987 inició con galeras y con el atrio de la iglesia de San Jacinto como aula, según recuerda Silvia López, actual directora.
La angustia aún es frecuente en la mente de las alumnas. “Después de eso, la mentalidad cambia. Fue como quitarme la venda de los ojos y ver a lo que estamos expuestos”, reflexiona Judith. Las sesiones psicológicas se convirtieron en un asignatura más.
“A mí no me gustaba porque solo hablábamos del terremoto y nosotras lo que queríamos era olvidar”, rememora.
Olvidar. Algo que Judith está segura de no lograr nunca.
Un meneo de cabeza, como buscando despabilar las ideas, y un sorbo de agua muestran lo difícil que 20 años después resulta volver al pasado y pensar en aquellos 42 ángeles.


