“A uno lo que le tocaba era esperar”

Gabriel Labrador
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Dieciocho días después del terremoto, el periodista David Marroquín recibió una llamada. El cadáver de Carolina, su hermana menor, había sido rescatado de entre los escombros del edificio Rubén Darío. El tiempo que él y su hermano habían pasado al pie del edificio esperando saber de ella por fin daba una respuesta.
 


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La cuestión era estar metidos ahí, para ver si había sobrevivido o por lo menos para recibir el cadáver y darle cristiana sepultura.”
Cuando vi el edificio completamente desplomado, me quedé mudo. Estaba sorprendido, y uno piensa que ojalá el ser querido haya salido antes del lugar.”
La vida de uno cambia totalmente, te han arrancado algo de tu vida. Con mi hermana era más apegado.”
Han pasado 20 años y todavía uno siente la necesidad de estar con ellos. Quisiera que conocieran a mi familia.”
El perfil

Nombre: David

Marroquín Profesión: Periodista

Experiencia: La hermana menor de este periodista falleció en el interior del edificio Rubén Darío. El cadáver de la joven fue recuperado semanas después.

La tarde estaba por terminar cuando Carolina Marroquín, de 23 años, abandonaba la peluquería Rubén Darío el 9 de octubre de 1986. Esta inusual suspensión de labores llamó la atención de David, su hermano, quien por casualidad se había topado con ella en el Centro Histórico capitalino.

El mármol del monumento a la Independencia, en la plaza Libertad, contrastaba con lo que quedaba de azul en el cielo de octubre, que sirvió de escenario para aquel encuentro, el último entre ambos.

—¿Y hoy por qué cerraron temprano?—, preguntó David.

—Es que el portón del edificio se trabó—, repuso Carito, como le decían sus conocidos. —Ya no se abre ni se cierra—, respondió la muchacha. —¡No ves que hoy tuvimos que salir por la joyería de la par, pues!—, recalcó.

Lo que ninguno de los dos se imaginó fue que el atascamiento del portón era una de las secuelas de mayo de 1965 y que yacía escondida en la estructura del edificio, el cual unas 18 horas después cedería, como un castillo de naipes, a la fuerza del terremoto del 10 de octubre.

El 3 de mayo de 1965, un terremoto de 6.5 en la escala de Richter dejó inservible el Darío, ubicado entre la 5.ª avenida norte y la calle Rubén Darío. Aquella dañada construcción se convertiría, 21 años después, en la tumba de decenas de salvadoreños.

Un día sin noticias

David sí sabía reconocer las pésimas condiciones de la edificación. “Si uno raspaba las paredes con los dedos, se desmoronaba”, ilustra quien en ese entonces era periodista del noticiero televisivo “Teleprensa”. Los medios de comunicación de la época habían pasado por alto aquel riesgo. “El periodismo no era tan acucioso en esos temas”, dice David.

David Marroquín trabajaba desde hacía tres años en televisión, y ese día, el Comité de Prensa de la Fuerza Armada (COPREFA), la fuente que David cubría, no había reportado mayores incidentes del frente de guerra.

Ese 10 de octubre, las principales páginas de LA PRENSA GRÁFICA informaban sobre la ventaja que, según algunos asesores estadounidenses, llevaba el Ejército salvadoreño sobre la guerrilla, algo que para David era una noticia vieja.

A las 10:20 de la mañana, en el pasaje Istmania de la colonia Escalón, el reportero recibió una llamada de un colega radiofónico en que le preguntaba si tenía alguna noticia relevante, a lo que Marroquín le respondió negativamente. “Me acuerdo de que todavía le dije que qué pasaría si sucediera algo grande, como un enfrentamiento o algo así”, dice David. Esa breve charla ahora él la interpreta como una premonición.

Hora y media después de la llamada telefónica y cuando el periodista escribía algunas notas para la emisión del noticiero, el acomodamiento de una falla al sur de la capital causaba destrozos en la ciudad. La noticia había llegado. Y de golpe.

Los primeros equipos de “Teleprensa” que andaban en la calle comenzaron a reportear el desastre. Media hora más tarde, los primeros reporteros informaban que la tragedia parecía centrarse en el edificio Rubén Darío.

David pidió confirmación de lo escuchado mediante los radiocomunicadores, a lo que sus colegas le respondieron: “Afirmativo”. Guillermo de León era en ese entonces el director de “Teleprensa” y fue a él a quien David se acercó para pedir libre el resto del día: “Le expliqué que mi hermana trabajaba en el Darío. Yo ya no coordinaba. Tenía que saber cómo estaba ella”. La preocupación de David, entonces de 24 años, fue tanta que la esposa de De León lo llevó hasta el centro.

“No recuerdo cómo llegué, solo sé que cuando vi el edificio desplomado me quedé mudo. Mi reacción fue pasiva, no hacía nada. Estaba sorprendido, y uno solo piensa que ojalá el ser querido haya salido con vida.”

La búsqueda

Sin pensarlo, y amén del trajín alrededor del edificio, David prefirió ir a su casa, en la colonia San Joaquín, cerca de la carretera Troncal del Norte, para juntarse con su madre, Rosa Cortez.

El sol del mediodía era abrasador. El vehículo de la familia De León también condujo a David a su vivienda. La encontró vacía. Los vecinos solo dijeron que Rosa había salido “sin rumbo y gritando el nombre de su hija: ‘¡Carolina, Carolina!’ Había que regresar al edificio y fue ahí que ocurrió un encuentro familiar.

Al pie de los cinco pisos desplomados del Darío se encontraron Julio César, hermano de David y estudiante de medicina; Víctor Manuel, primo; y Rosa. Todos angustiados por la hermana. “Uno mantiene la esperanza, pero en ese momento hay un dolor por la desaparición de un ser querido y la angustia por no saber nada.”

El tiempo parecía interminable. Las labores de rescate avanzaban lentamente y los primeros rescates comenzaban a verificarse. ¿Y si Carolina ya había sido trasladada a un hospital?

“Fuimos a dejar a mi mamá a la casa y después comenzamos a buscar en cada hospital que existía.”

El último en la lista fue el Rosales, donde las esperanzas se reanimaron en virtud del encuentro con una señora. Era la dueña de la cafetería a quien Carolina le había pedido apartar un plato de comida. “La señora dijo que Carito había quedado ni a 10 metros de distancia. Y si ella estaba viva, era probable que Carito también lo estuviera.”

Carolina tenía un año y ocho días de estar administrando la peluquería Rubén Darío, en el edificio del mismo nombre. El 2 de octubre de 1985 había fallecido el padre de los hermanos Marroquín y dejó como legado la barbería, ahora convertida en éxito y que años atrás había comprado.

Quince días

Desde el día en que Carolina desapareció, David pidió 15 días libres en su trabajo. En ese tiempo, la segunda casa de David y Julio César fue la esquina opuesta de donde se erigía el edificio. Ahí esperaban algún sorbo de noticia sobre la joven.

Si los primeros días habían logrado ayudar en algo a las tareas de rescate, ahora toda ayuda terminaba siendo inútil. “A uno de familiar lo que le tocaba era esperar”, resume David.

Al pie de la montaña de escombros, los dos hermanos comían, dormían y hablaban poco.

Algo tenía que suceder. “Cuando rescataban un cadáver, íbamos a ver de quién se trataba.” Aquel penoso ritual se repitió decenas de veces, sin obtener resultados favorables.

Y así transcurrieron dos semanas: “Quince días esperando en el lugar con mi hermano, esperando una noticia de ella, ya sea viva o fallecida. Al final como que uno se resigna poco a poco”.

Los 15 días finalizaron.

David, Julio César y algunos rescatistas destacados en el Darío habían llegado a un acuerdo: de encontrar el cadáver, el primero en ser informado sería Julio César, para que este avisara al resto de familiares, a fin de reconocerlo formalmente. Y así fue.

Tres días después, una llamada informaba a Julio César del lamentable hallazgo.

Los dientes, la ropa y el bebé de siete meses que se gestaba en su vientre confirmaban que se trataba de ella.

 
 
Contenido: Óscar Luna | Diseño: Andy Rodríguez | Edición: Margarita Funes
 
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