Ver de reojo las salidas de emergencia, considerar una ruta de escape y, en algunos casos, “brincar del susto” ante la más mínima vibración del suelo no son del todo paranoia. En el Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) cualquier momento es candidato a pasar a la historia como el de una tragedia. Ese temor inspirado en terremotos, sin embargo, no deja huella en prevención. La palabra flota sin rumbo ni ancla cuando se pregunta: “¿Está El Salvador preparado para el siguiente sismo?”. O, más específicamente: ¿Está San Salvador preparada?
La vida en los apartamentos Nuevo Metrópolis, en Mejicanos, pasa al lado de esqueletos de concreto. Son lo que dejó el sismo del 10 de octubre de 1986 de dos de los edificios. Están ahí con todas sus debilidades al aire, pero nadie los ve como advertencia de esa ruina en la que se podría convertir todo el vecindario.
“Esa pobre gente no sabe que está viviendo en una trampa mortal”, señala David Hernández, un doctor en ingeniería miembro de la Asociación Salvadoreña de Ingenieros y Arquitectos (ASIA). El especialista en estructuras ve en estos 13 multifamiliares una amenaza y, al mismo tiempo, una muestra de la poca preparación, la desidia y el olvido.
El optimismo es el primero en caer abatido cuando se habla de terremotos, no solo entre los constructores, sino también entre los especialistas del gobierno. “En un desastre influyen el suelo y la forma en que se construye. Son los dos componentes. Son la amenaza natural y la vulnerabilidad construida. Si pensamos en cómo estamos para el siguiente sismo, estamos en que no se conoce lo suficiente”, señala el jefe de geología del Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), Carlos Pullinger.
Es, en efecto, la forma de construcción la que causa preocupación en los apartamentos de la Metrópolis. Vecinas que pidieron que no se publicaran sus nombres revelan la alarma que su intuición les ha encendido: creen que cada edificio es un cajón al que solo le colocaron paredes para hacer los 16 apartamentos.
Sin ley
Los de la Nuevo Metrópolis son edificios que presentan deficiencias de resistencia en una determinada dirección, según Hernández. En otras palabras, no tienen columnas ni paredes que puedan soportar la descarga de energía de un terremoto, en caso de que las ondas viajen en la dirección en que las estructuras presentan su lado más débil.
Los multifamiliares fueron construidos en 1981, cuando la norma de construcción vigente no era más que una copia de la de México. Se importó tras el sismo que sacudió San Salvador en 1965. Estaba previsto, según ASIA, que el reglamento provisional durara a lo sumo un año, pero pasaron 20 antes de que se modificara. El cambio lo obligó, precisamente, el terremoto de 1986. “Las normas técnicas de construcción deben ser revisadas cada dos años, pero aquí se hace solo cada vez que hay terremoto”, indica el director de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS), Roberto Góchez.
Cuando los dueños empezaban a mudarse y a endeudarse con los $3 mil 200 que costaba cada apartamento, el terremoto de 1986 botó unos y dañó otros.
En la OPAMSS no hay recursos para vigilar la calidad de las reparaciones posterremotos. Ni siquiera hay una lista completa de los inmuebles dañados. Por eso los arreglos que cada vecino hizo no tienen garantía alguna. “Los bancos, el Fondo (Social para la Vivienda) o con quien uno tuviera la deuda se hizo cargo de arreglarlos, pero solo rajaduras”, relata Marta. Y eso nutre los miedos. “Este es el peor lugar para estar cuando tiembla. Todo se mueve”, dice Isabel. A muchos solo les queda, dice Rosa María, “encomendarse a Dios”.
A la inexistente vigilancia se suma un agravante: no se sabe sobre qué está asentada el AMSS. Después de años de propuestas, aún no se “microzonifica” el área para saber cómo es el suelo sobre el cual se construye.
Normas en fila
El terremoto de 1986 también trajo su propio reglamento. Se terminó en noviembre de ese mismo año y tenía carácter provisional. El decreto que le dio vida solo surgió hasta 1989. “Las estructuras que se construyeron en esos años están como en el limbo. No se sabe bajo qué parámetros las hicieron”, explica Hernández.
Las normas técnicas de construcción, que deberían ser garantía y marco de la construcción antisísmica, se convierten en recomendaciones y no escapan a la enredadera burocrática a la que se someten todas las normativas. Si Marta, Rosa María o Isabel quisieran hacer hoy modificaciones a sus apartamentos, tendrían que regirse bajo una normativa creada en 1993 y oficializada hasta 1996.
Más de 10 años han pasado desde entonces y la tecnología incluye mucha más precisión que en aquella época. Aunque en 2004 se terminó una norma técnica de construcción para viviendas y hospitales, esta no ha sido aprobada. “Ni siquiera podemos divulgarla para que cada profesional la adopte si quiere”, se queja José Mario Sorto, presidente de ASIA. A quien corresponde aprobarla es al presidente Antonio Saca, vía decreto ejecutivo.
En el SNET no pueden predecir la fecha y hora en que la tierra sacudirá las edificaciones que le han montado. La certeza está en que el suelo se estremecerá. La otra cara de la moneda es aun más preocupante. “No estamos preparados”, resume Pullinger. Tanto en el SNET como en ASIA están convencidos de que, aunque suena apocalíptico, el siguiente terremoto destructor de San Salvador puede estar demasiado cerca como para que el país siga de brazos cruzados en prevención.
“Ya toca”, coinciden al unísono los constructores, y Pullinger, en entrevista aparte, los avala. Temen que se repita las dos décadas entre el sismo de 1965 y el de 1986.
En los pasajes del Nuevo Metrópolis Martha pregunta: “¿Y qué podemos hacer?”. El mismo Hernández reconoce otras amenazas. “A mí me preocupan los edificios de acero. No se hicieron con los conocimientos que se aprendieron tras el terremoto de Kobe.” Y dice que, tras los sismos de 2001, otros inmuebles “quedaron debilitados”. Marta se encoge de hombros y ella misma responde qué se puede hacer: “Esperar”.