Son siete comunidades y están esparcidas en seis municipios del Área Metropolitana de San Salvador. Entre ellas no hay ningún tipo de relación a pesar de que comparten nombre y también el fenómeno natural que dio origen a su creación: el terremoto que hace 20 años sacudió con especial virulencia la capital. Esas siete comunidades llevan por nombre 10 de Octubre.
No todas han corrido igual suerte (ver recuadros), pero la mayoría sigue marcada aún hoy, dos décadas después, por la falta de servicios básicos, por la inseguridad jurídica e incluso por estar en zonas de riesgo, que las exponen a que sus residentes vuelvan a ser víctimas de un nuevo desastre natural.
Las cifras que arrojó una encuesta realizada por el Gobierno días después del sismo cifraron en 22 mil 800 —entre 190 mil censadas en el área metropolitana— las casas que resultaron totalmente destruidas.
Los 5.4 grados Richter se tradujeron para miles de salvadoreños en una necesidad de buscar un asentamiento para poder vivir. Y así surgieron los siete asentamientos 10 de Octubre, entre otros muchos que se crearon en esas semanas, pero que optaron por otros nombres.
“Todavía me tiemblan las piernas cuando recuerdo cómo mi casita de bahareque se partió en dos”, dice Eulalio Avendaño, quien perdió su casa con el terremoto, reside desde entonces en la 10 de Octubre de Ilopango.
Además de esta, el Centro Nacional de Registros (CNR) y las alcaldías tienen localizadas comunidades homónimas en Soyapango, Ciudad Delgado, San Marcos, Mejicanos y San Salvador. Solo en esta última ciudad hay dos con ese mismo nombre.
La 10 de Octubre de San Marcos es la única que dejó de ser comunidad. El crecimiento urbano y una mejoría en la calidad de los servicios básicos hizo que se le otorgara el estatus de colonia.
Las otras seis son aún comunidades, palabra estigmatizada que se asocia con precarias condiciones de vida.
“Cuando nosotros vinimos aquí, esto era un potrero. Yo salía a la barranca de abajo a buscar bambú para armar con plástico la champita de mis hijos”, relata Sonia Ortiz, de 49 años, una de las fundadoras del asentamiento que se formó en Ilopango.
Ortiz ya no tiene que buscar palos para una champa. Su preocupación hoy es otra. La barranca que un día le dio insumos para armar su casa se ha convertido en su peor enemigo.
Su vivienda y buena parte de las otras 250 familias más que componen esta 10 de Octubre están a punto de caer sobre la quebrada La Pedrera Antigua, con la que colindan.
“Estas casitas representan lágrimas, sudor y sangre, porque las fuimos armando poco a poco. Hoy nos duele ver cómo todo se puede ir abajo”, lamenta Ortiz.
La aparente calma que se observa en la parte frontal de las casas de Ilopango se contrasta con el abismo que amenaza la parte trasera.
“Ya nos acostumbramos a vivir así. Sabemos que es un riesgo, pero preferimos correrlo a tener que comenzar otra vez de cero”, comenta otra de las habitantes de la 10 de Octubre de Ilopango, Blanca Ávalos.
La vulnerabilidad de las viviendas de los ex damnificados de Ilopango es más que evidente. Solo basta asomarse por el patio de las casas para descubrir la amenaza que supone el barranco.
Hay otras amenazas que no son tan latentes, pero que son parte del día a día de las otras cinco comunidades.
Servicios básicos
La escasez de agua potable, la falta de calles de acceso, la ausencia de centros de salud, entre otras cosas, son parte de la rutina en las condiciones de vida de los damnificados del terremoto de 1986.
“A nosotros nos toca ir a lavar los trastes a una poza que está como a un kilómetro de aquí, pero no nos queda de otra”, cuenta Salvador Hernández, un habitante de la 10 de Octubre situada en Soyapango.
En Soyapango, el escenario es distinto al de Ilopango. No hay una barranca que indique peligro, pero la falta de escrituras que demuestren propiedad hace que sus pobladores duerman con el miedo de ser desalojados en cualquier momento.
Las 161 familias que conviven en el ex predio baldío no cuentan con ningún documento que los acredite como dueños de los terrenos que ocupan. La única defensa que tienen es el sudor invertido en la edificación de sus humildes casas.
“Es que cuando fue el terremoto nos dijeron que este terreno estaba solo, pero no hemos podido comprárselo al dueño”, explica Hernández, quien es tesorero de la directiva de la comunidad.
El miedo a ser desalojados no es exclusivo de la 10 de Octubre de Soyapango. Hay otras 10 de Octubre que también viven bajo la ilegalidad. Veinte años han pasado y la palabra “seguro” todavía no cabe dentro de la situación de los damnificados.
Pero esta inestabilidad no es motivo de desesperanza. La confianza en un futuro mejor Sonia Ortiz la resume así: “Los 10 de Octubre siempre damos gracias a la Virgen porque, sea como sea, nos ha regalado una segunda vida, y sabemos que algún día nuestro destino cambiará”.