Veinte años después, Francisco Campos, hoy editor de Fotografía de LA PRENSA GRÁFICA, recuerda que el terremoto de 1986 lo sorprendió en medio del ajetreo del trabajo diario.
En ese tiempo era colaborador de radio Sonora y empezaba a trabajar de lleno en la internacional Agencia Francesa de Prensa (AFP).
La noticia del desplome del Rubén Darío le impactó; radio Sonora se encontraba en el quinto piso de ese edificio y apenas cuatro meses antes de la desgracia la estación se había mudado a otro lugar, cerca de la ex embajada estadounidense.
Ahí, cerca del mediodía de ese negro viernes, las entrañas de la tierra liberaron una tremenda energía que acabó con la vida de cientos de capitalinos.
“Pensamos que le habían puesto una bomba a la Sonora, porque ese tiempo era de bombas”, explica. Rápidamente, Campos salió a la calle y sus primeras fotos fueron de gente que llevaba heridos al Hospital Bloom, que había colapsado parcialmente.
Para ese entonces, Campos cargaba consigo dos cámaras: una Canon AE1 Program y una Canon F1.
Luego se dirigió al Colegio Guadalupano. “Me impresionó ver que había algunas niñas que no salieron, se metieron a la capilla y estaban rezando... todo, hasta el techo, se había caído, pero la Virgen no”, comenta.
Por un momento, todo en San Salvador se paralizó, y casi en silencio solo se escuchaba el sonido de ambulancias.
En la zona del centro de San Salvador, una nube de polvo anunciaba que algo terrible había sucedido.
El desplome
Cuando Campos llegó al lugar, lo primero que vio fueron cadáveres aplastados por los escombros del que una vez fue el gran edificio Darío. “Lo primero que me puse a pensar es que ahí pude haber quedado, en la quinta planta”, narra.
Mientras hacía las fotos, pudo escuchar las voces de sobrevivientes atrapados. “Hablé con ellos y les hice fotos... el que estaba más cercano me preguntó: ‘Mire, ¿y quién nos va a ayudar? Es que se oyen las ambulancias, pero no vienen’, y yo le decía que ya iban a llegar para darle valor a esa persona que tenía un bloque de concreto encima”, explica.
Campos conocía muy bien ese lugar. “Siempre pensé que con un terremoto ese edificio se iba a desplomar”, relata.
El fotoperiodista recuerda que la estructura tenía grandes grietas en las que casi se podía meter la cabeza y la gente veía sus autos estacionados en un parqueo contiguo. “En ese año, el entonces alcalde Napoleón Duarte lo ha-bía declarado inhabitable, pero nunca hicieron caso”, rememora Campos.
El fotoperiodista tenía muchos conocidos de cuando colaboraba con la Sonora: “Había unos restaurantes que se llamaban el Indiana y El Caminante, donde yo iba a comer y recuerdo a unas vendedoras de joyas y de zapatos, quienes seguramente murieron, porque nunca más supe de ellas”.
Campos recuerda la llegada de los brigadistas internacionales y la tecnología que aplicaban en la búsqueda de personas vivas. “Tenían un código. Cuando sonaban un pito todos tenían que guardar silencio, porque hacían una ultrasonografía para escuchar si había víctimas con señales de vida”, relata.
Un triste recuerdo para el fotoperiodista fue haber visto a otro colega, el periodista David Marroquín —que en ese tiempo trabajaba para Teleprensa—, quien esperaba que le dieran el cadáver de su hermana.
Campos pasó en la zona unos 10 días y en ese tiempo invirtió unos 120 rollos de negativo.
Luego hubo que movilizarse porque había que retratar otras historias: secuelas de la hecatombe, el dolor y drama de los sobrevivientes damnificados, “gente que dormía en la calle, en los patios y en las canchas”.
El fotógrafo ya sobrevivió cuatro grandes terremotos: el de 1965, el de 1986 y los dos de 2001.
“Uno se acostumbra, pero siempre queda el temor”, confiesa el veterano cazador de imágenes.