Las enseñanzas de ""Los Topos"

Óscar Martínez
nacion@laprensa.com.sv

Dos de los fundadores del grupo de rescatistas mexicanos que trabajaron en el edificio Rubén Darío tras el terremoto de 1986 recuerdan el pasado y dejan dudas planteadas para el futuro.

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Las enseñanzas de los topos

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Los héroes nacionales



Recuerdo que al no más entrar al país vi niños con uniforme militar y fusiles largos que se movían entre los escombros.”
Rafael López, “topo”

Hubiéramos querido seguir en las labores de rescate, pero el Gobierno de El Salvador decidió responder los rescates.”
Cuando llegamos nos dijeron: ‘No se separen, no se quiten sus insignias de rescatistas y agáchense si ven un helicóptero bajo’.”Rafael López, “topo”
En las labores de rescate solo participamos extranjeros porque el Gobierno no permitió la ayuda del Gobierno salvadoreño.”
Rafael Vásquez, “topo”

En la fiesta de graduación del curso de rescatistas estábamos cuando nos avisaron sobre la tragedia en El Salvador.”
El perfil

Nombres:
Rafael López y Rafael Vásquez

Cargo:
Rescatistas

Desempeño actual:
Todavía ejercen como rescatistas. Han participado en el rescate de cadáveres y sobrevivientes en varios terremotos, incluyendo el de Ciudad de México y el de San Salvador.

“Un emparedado de concreto.” No hay duda, fue una de tantas escenas no aptas para claustrofóbicos. “Se pierde toda la lógica de la resistencia, toda la estructura colapsó.” En medio de ese caos se arrastraban “los topos”: un laberinto de piedras ubicadas al azar por la sacudida, indecisas sobre si seguir cayendo, huecos de 30 centímetros de diámetro por donde meter la cabeza y el cuerpo para encontrarse con otro hueco y otra piedra, polvo, oscuridad, cristales rotos, líquidos sin nombre (aguas negras, químicos, fluidos orgánicos, con suerte, agua). Y una voz atrás: “Ándale, sigo aquí”. Y otra voz en alguna parte: “¡Auxilio!”

Esa es, en resumen, la fotografía que Rafael López aún guarda en la cabeza. Después de 20 años, uno de los cinco fundadores del grupo de rescate mexicano Topos de Tlaltelolco evoca con facilidad esa imagen con movimiento: “Es una de las imborrables”.

Aquel emparedado de concreto era el céntrico edificio Rubén Darío, en San Salvador. El conocido armatoste se convirtió en esa metáfora después de cinco segundos. Pasadas las 11:50 de la mañana del 10 de octubre de 1986, la tierra se sacudió al ritmo de 5.4 grados en la escala de Richter, el famoso centro comercial se apachurró por completo y adquirió la forma de una hamburguesa inestable.

Las razones para que aquella escena se fijara como tinta indeleble en el recuerdo de López son explicables más allá de la mera estética de país con la que se encontraron.

Topos de Tlaltelolco es un grupo que nació con 20 rescatistas que se juntaron después de, por separado, haber colaborado en otro desbarajuste nacional: el terremoto que sacudió Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, 8.1 grados Richter que, según un informe posterior de la principal universidad mexicana, equivalió a que bajo la tierra se liberara la energía de más de 1 mil bombas atómicas de 20 kilotones cada una. Más de 35 mil muertos.

Después de haber presenciado aquel baño de polvo y de gritos, Topos nació con 20 elementos que empezaron a profesionalizarse en lo que ya les había tocado hacer: escurrirse entre escombros, perseguir gritos de auxilio entre lozas polvorientas.

Justo el 9 de octubre de 1986, los “topos” acababan de terminar un curso de rescate en estructuras colapsadas. Como si de una tesis se tratara, López relata: “En la fiesta de finalización del curso, festejando con los instructores franceses, llega la noticia de lo ocurrido en El Salvador”.

Los ocho días siguientes se dedicaron a tocar puertas de colonias mexicanas y de empresas con la consigna: “Somos un grupo de rescate y queremos colaborar en la búsqueda de víctimas en El Salvador”. El 17 de octubre, la prensa mexicana difundió el titular: “Salió rumbo a El Salvador la brigada Topos de Tlaltelolco”.

Al igual que López, Rafael Vásquez, otro de los fundadores del grupo de escurridizos rescatistas guarda más imágenes en la cabeza que las Polaroid que tiene engavetadas en su casa. Imágenes que hablan de dos catástrofes que coincidieron en El Salvador en aquel entonces. “Recuerdo que al no más entrar al país vi niños con uniforme militar y fusiles largos que se movían entre los escombros. Recuerdo las instrucciones: ‘No se separen, no se quiten sus insignias de rescatistas, anden juntos y agáchense si ven pasar un helicóptero demasiado bajo’”.

Después de un viaje de más de 24 horas en autobuses de segunda, la recibida no fue sino un caos memorable, donde la palabra descanso no era parte de la jerga.

“Fue una situación tensa que no logramos entender –recuerda Vásquez—. Al no más entrar, cometimos un error, abrimos unas cajas de galletas y las entregamos a unos niños, pero queríamos dar el grueso de los víveres a la iglesia, para que fueran bien repartidos. Cuando dejamos de dar galletas y arrancamos, la gente nos apedreó y nos gritaban: ‘Dejen eso aquí, no lo den al Gobierno, que se lo darán a los soldados’.”

Para terminar de zanjar la bienvenida, Topos fue asignado al edificio Rubén Darío. En 18 días de dormir acampando afuera de las ruinas (“hasta que el Gobierno nos dejó acampar en el jardín del hotel Sheraton”, recuerda López), este grupo de 20 personas salió y entró de aquella estructura sin sentido hasta sacar a cuatro personas con vida y 67 cadáveres. Se calcula que cerca de 300 personas murieron soterradas en el lugar.

“Hubiéramos querido seguir en las labores”, explica Vásquez, y una nota publicada el 26 de octubre de 1986 en el mexicano “El Nacional” complementa su respuesta: “En conferencia de prensa, el presidente de Topos de Tlaltelolco dijo que hubieran seguido trabajando en la zona, pero explicó que por orden del Gobierno que encabeza el presidente José Napoleón Duarte, tuvieron que suspender labores. Informó que en los trabajos de rescate solo participaron extranjeros, ya que no se permitió la colaboración del pueblo salvadoreño”.

Según relatan estos dos “topos”, la consigna tácita con la que se encontraron al llegar no fue muy técnica, sino más bien muy simple: rescatistas, rescaten.

“Tuvimos problemas: no pudimos contar con planos de la estructura del edificio, tuvimos que hacer un diseño empírico de cómo era el edificio, no había información, las autoridades nos decían ‘tiendas comerciales’, y se desconocía el número de gente al interior”, recuerda López.

La pregunta del millón

Después de escuchar las vivencias de López y Vásquez, se hace necesaria una pregunta que aún hoy, 20 años después, persiste: ¿Estaba, dentro de lo que cabe, preparado el Gobierno para una catástrofe de esta magnitud?

Un reporte elaborado por el historiador Carlos Cañas Dinarte para la Organización Panamericana de la Salud se titula: “El Salvador, cronología de una tierra danzarina”. Este arroja fechas que podrían llenar dos cuartillas. Resumiendo: lo de los terremotos registrados en El Salvador es cuento viejo. Un párrafo largo que se queda corto.

“Para nosotros, ver San Salvador fue recordar la Ciudad de México un año antes, donde se notó que no existía un plan de prevención, mucho menos para atender una emergencia de ese tipo, a la que ya hay que llamar desastre. En el momento en que se desarticula la capacidad de respuesta gubernamental, lo que la naturaleza llama desastre se convierte en un desorden”, evalúa López.

Según López, con más de ocho desastres atendidos en su currículum, hay una razón básica para reprocharle al Gobierno no tener capacidad de respuesta rápida: las vidas.

“Las primeras 36 a 48 horas tras el terremoto son las más importantes, cuando se debe encontrar al mayor número de víctimas, hacer los rescates de manera adecuada, porque mientras más tiempo pasa menos posibilidades de rescatar gente hay. Y que los gobiernos sepan que se salvan más vidas antes del terremoto que a los pocos que se pueda rescatar entre los escombros.”

Menos heroico, más útil

Como si López diera un salto de 15 años y se trasladara a Las Colinas en el terremoto de 2001, agrega: “La base fundamental es el ordenamiento urbano. Es necesario que en todas las unidades habitacionales que se planifican se considere cuáles son los factores de riesgo y es responsabilidad de los gobiernos velar por la seguridad de los habitantes. Esto suena menos heroico que meterse entre escombros y sacar gente, pero es más útil: reglamentos de construcción, usos de suelo y el tipo de personas que van a vivir ahí. Lamentablemente, la vulnerabilidad va de la mano con la pobreza, porque es la gente que va a ir a vivir a los peores lugares y los primeros en la lista de las consecuencias”.

López habla con la exactitud de un estudioso del tema más que con los ojos curtidos de un rescatista. Encontrar elementos para sustentar sus palabras no es difícil.

Según el informe de la Red de Estudios Sociales de Prevención de Desastres en América Latina, publicado tras el terremoto de 1986, López y Vásquez se metieron a perseguir gritos de auxilio en las ruinas de un edificio que se sabía iba a caerse.

“Considérese por ejemplo el caso del edificio Rubén Darío –reza el informe—. Según la información disponible, este fue uno de los edificios que resultaron con mayores daños tras el terremoto de 1965. Sin embargo, este no fue demolido ni reparado adecuadamente, lo cual provocó una catástrofe de grandes dimensiones.” Vale recordar: 300 muertos bajo sus escombros.

También hay cifras para seguir dando la razón a López cuando habla de “los primeros de la lista de consecuencias”. Un estudio del extinto Ministerio de Planificación revela que el 49% de los daños causados por la sacudida lo sufrieron casas que estaban construidas por sus habitantes con “materiales débiles e inadecuados (champas)”.

López cierra sus comentarios dejando planteada una pregunta que nunca dejó de estarlo mientras sacaba imágenes de su cabeza: “Un terremoto siempre sorprende, por eso la pregunta se debe hacer muchas veces, a cada instante: ¿Estamos realmente preparados?

 
 
Contenido: Óscar Luna | Diseño: Andy Rodríguez | Edición: Margarita Funes
 
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