“¡Fue potente la bomba!, ¿verdad?”, exclamó aquel hombre que ante la vista de los rescatistas que acababan de sacarlo de entre los escombros del Rubén Darío se desvanecía hasta la inconsciencia.
Los rescatistas, entre ellos Juan Argueta Ponce y algunos civiles que rodeaban al hombre, se miraron entre sí, asustados por la confusión mental del herido.
Ponce había participado en el rescate de aquel hombre que había quedado atrapado entre los escombros del edificio Rubén Darío y de inmediato procedió a darle respiración boca a boca.
Peor que una bomba
Juan tenía 32 años en 1986 y llegó al Rubén Darío a la 1:30 de la tarde de aquel 10 de octubre.
Se quedó mudo al observar la mole de cemento desparramada en la intersección de la 5.ª avenida norte y la calle del mismo nombre que el edificio.
Solo cuando otras personas le gritaron: “¡Cruz Roja!”, el rescatista volvió en sí y escaló hasta el punto donde los civiles habían detectado algunas víctimas.
El rescatador, empleado en una lavandería del barrio San Miguelito, estaba en su lugar de trabajo a la hora del sismo, donde siempre mantenía listo el uniforme de rescatista.
“Estaba poniendo una ropa en un tendedero y pesando otra cuando se sintió el movimiento”, recuerda Juan.
El campanario de la iglesia de Don Rúa se mecía, recuerda.
Luego de ataviarse con el uniforme, Juan salió a la calle y un cliente de la lavandería lo llevó a la base central de la Cruz Roja.
El primer destino de la ambulancia en la que Juan Argueta se subió era el Gran Hotel San Salvador, sobre la avenida España y la 1.ª calle poniente.
“Ahí saqué a una víctima que trabajaba en una zapatería. Se le puso oxígeno y se la llevaron en una ambulancia hasta el parque Cuscatlán, donde el Hospital Militar había instalado un centro de emergencias”, recuerda.
Cambio de coordenadas
En las horas siguientes, Juan y los rescatistas Carlos López Mendoza, Luis Jaime Albeño y Óscar Castellón fueron trasladados al Rubén Darío y se convirtieron casi en una familia, aunque ninguno de ellos sabía a ciencia cierta el estado de sus verdaderas familias.
Esa angustia de Juan desapareció hasta el día siguiente, cuando un colega y vecino le dijo que toda su gente estaba sana y salva.
“La frustración y tristeza la padecí cuando ya estábamos trabajando abajo, en medio de la estructura del Rubén Darío”, relata Juan.
Apresada por un plafón y atravesada en una pierna por una varilla, Juan recuerda a una mujer que imploraba por ayuda.
“Nos pedía que por favor no la dejáramos sola, decía que tenía familia y que le quitáramos las piernas de ser necesario.” El rescate fue imposible.
Túneles
Los socorristas tenían que romper el concreto para lograr pasar entre los escombros del Rubén Darío.
“Un albañil se me acercó. Me regaló una almádana de dos libras y un cincel”, recuerda Juan, mientras se hinca frente a una moderna venta de zapatos y recrea aquellos momentos.
Albeño y López Mendoza eran los primeros en aventurarse. “Había que arrastrarse para entrar, y salir podía llevar horas”, cuenta.
Juan y su grupo estuvieron al pie del Darío de tres a cuatro días, hasta que rescatistas de México y Europa llegaron con maquinaria especializada.
La impresión de haber salvado vidas y de haber fallado otras veces tuvo consecuencias incluso tiempo después de la tragedia: “Pasé meses creyendo escuchar el grito de las víctimas. Me levantaba en la noche asustado, pensaba que aún estaba en el Darío”.