Detrás de la pasarela

Previo al glamur desplegado en la pasarela de CentroamericaModa, en el “backstage” transcurre todo un proceso de transformación humana ajustado siempre al factor tiempo. En el “taller de la belleza”, maquillaje, lacas, calzado, joyas y telas se combinan para crear efectos hiperreales y oníricos de estética. Una atmósfera estereotipada, que pone en dilema el concepto de frivolidad y la expresión a través del vestuario.

Por: Carlos Chávez; fotos: ÓSCAR LEIVA
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 12/2/2007

Mientras un séquito de maquillistas y estilistas adhieren las últimas plumas a las pestañas de Maxine Mitchel, de 19 años, una nube blanquecina y pegajosa de laca para el cabello anuncia que el desfile de CentroamericaModa está a punto de empezar. Por el rabillo de un irritado ojo derecho busca un reloj, son las 7:30 de la noche. Han transcurrido siete horas en su metamorfosis al mundo “haute couturè” (alta costura). El corazón le empieza a latir aceleradamente, es una de las más de 20 modelos que hicieron el castin para ser modelos en esta pasarela realizada en el Museo de Arte de San Salvador.

Con 1.65 centímetros de estatura, Maxime luce diferente, casi irreal, más alta, calza Dior, capas de maquillaje L’oréal, lápiz de labio Lancôme en tono “juicy cherie”, y un vestido de tafetán del modista guatemalteco Guillermo Jop, inspirado en la Europa de los años veinte, que resultó muy holgado y muy escotado para su busto.

Contiguo a Maxine, en ropa interior y una veitena de ganchos sujetando su cabello, Nadine Maxwell, modelo profesional costarricense de 19 años y de casi 1.80 centímetros de estatura ceñidos a su estructura ósea, exclama que “dentro del ambiente del modelaje, no me gustan las envidias, otras modelos esperan que te tropecés en la pasarela o te suceda algo malo, se les nota en la mirada, pero hay bastante presión por estar pendiente de cambios de ropa, peinados, y el tiempo, siempre el tiempo”.

“El ‘backstage’ es siempre lo más complicado. Si alguien se atora, se detiene todo lo demás; todos tienen que estar a tiempo como en un engranaje. A mí no me parece nada frívolo, la moda es un arte, plasma una forma de expresarse con creatividad a través de los diseños”, aseguró Lupita Jones, ex Miss Universo mexicana, quien se asomó a ver como iba todo tras bambalinas.

“No se puede desatender ningún detalle: escote, cabello, maquillaje”, agregó la hondureña Regina Aguilar mientras acicalaba la joyería, de su creación, en el cuello de Elisa Maravilla, modelo que se ha sumado a una larga fila de jóvenes a las puertas de la pasarela, que lucen modelos dorados y tornasol “prêt-à-porter” de la joven panameña Alessandra Grau.

Afuera, la música electrónica y los murmullos del público se transforman en un sonido caótico, pero ávido por ver las propuestas de 20 diseñadores de toda Iberoamérica.

¡A la pasarela!

A las 8 de la noche, el tiempo está ya encima. “¡A la pasarela! Venga, venga, salgan, salgan”, dicta en voz alta y semblante serio el venezolano Luigi Patino, organizador del evento. Rebecca Iraheta, ex Miss El Salvador, de 20 años, sube los 12 interminables escalones hasta la película blanca de una pasarela de más de 50 metros, con un pesado vestido largo que roza amenazante sus tacones de 9 centímetros de alto. Los flashes de las cámaras y el frío del aire acondicionado golpean el rostro. Abdomen adentro, pasos estilizados y largos, mirada desafiante y seductora, un-dos-tres frente a las cámaras. Aplausos.

De pie y en “backstage” aún, Andrés Peña, modelo salvadoreño de 1.90 de estatura y 20 años, espera su turno, lleva puesto un minúsculo traje de baño dorado, cinturón de cuero y botas vaqueras. “Tengo nervios, pero pasa. Lo que me incomoda más es que tenga que usar traje de baño y depilarme”, explica, mientras que la asesora de imagen María Renée Staben retoca con maquillaje el rostro y músculos de otro de sus compañeros.

“La monja blanca”, obra pictórica de Salarrué, es testigo del regreso de Rebecca Iraheta a “backstage” con la transpiración a flor de piel. Cuando arriba, tres estilistas ayudan a desnudarla y retocarla. Un pequeño biombo la separa del resto de modelos, el cambiador es unisex y aparentemente asexuado; todos los modelos se hallan absortos en la euforia de la siguiente “salida”, vistiéndose en no menos de cinco minutos. Rebecca lucirá más de 17 diseños en la noche, “pero ya tengo experiencia para realizar tantos cambios en tan poco tiempo”, aclara.

“Hay muchos modelos masculinos que están dentro del movimiento metrosexual y les gusta ser maquillados, que los mimen para resaltar sus músculos o “six packs”. La mayoría de modelos son hombres-hombres, tienen mucha testosterona, solo unos pocos son gays”, asevera entre risas Staben.

Casi a las 11 de la noche, en el ocaso de la pasarela, el diseñador venezolano Carlos Sierra exclama que: “El evento estuvo divino. Pero con los modelos hay que trabajar mucho, sobre todo en su puesta en escena, y a nivel de imagen”. Los modistos concuerdan con él.

Con una lágrima negra deslizándose sobre su maquillaje, Maxine Mitchel explica que las plumas en sus pestañas irritaron su ojo y que los tacones le quedaron flojos, mientras oprime con sus manos su amplio escote suspira: “Gracias a Dios terminó esto. Pero me gusta”.

El proceso de delinear y colocar pestañas postizas puede durar horas.
Modelos masculinos buscan sus nombres dentro del itinerario de la pasarela.
Un trozo de cinta adhesiva simula cejas de contornos más arqueados para lucir “vintage”.
Una confusión de voces y acciones se desarrollan entre diseñadores y maquillistas.
El cambio de vestuario debe efectuarse con agilidad y destreza aprendida.
Maxine Mitchel en el momento de colocar plumas a sus pestañas, en una dramática representación de los años veinte.

El backstage es siempre lo más complicado. Si alguien se atora, se detiene todo lo demás.”

Lupita Jones, Miss Universo 1991.

Muchos modelos masculinos les gusta ser maquillados, que los mimen para resaltar sus músculos.”

María Renée Staben, asesora de imagen.