Y si al final al mundial no vamos… pero la afición salvadoreña vivió ayer una noche, un día, histórico. De las que hacen que “Vietnam” sea “Vietnam” y que uno se sienta orgullo de ser salvadoreño. Cuando un ranqueado 26 no puede con un 100. ¿Han notado que Faitelson y farsante inician con las mismas letras?
Fue el día más largo para la afición. Porque comenzó desde que los primeros pusimos pie en el estadio, antes de las 10 de la mañana, y se alargó hasta que inició el juego. Nueve horas habían pasado, pero cuando el tico Walter Quezada pitó el inicio, fue como un nuevo día para El Salvador y para una afición que esperó 12 años para volver a ofender a los mexicanos, 16 para volverles a ganar.
Lo hizo tanto que una vez comenzó, ya no podría quedarse callada. Y así se mantuvo durante todo el juego. Era el partido que esta generación había esperado toda su vida y que comenzó a disfrutar cuando Julio Martínez anotó el primero de la Azul.
¡Olé, olé, olé, olé! ¡Olé, olé! Y “Vietnam” se olvidó que había pasado más de nueve horas aguantando sol, hambre y sed. Se olvidó de que las mascarillas al final no aparecieron tanto como se hubiera previsto. Mejor que eso, “Vietnam” se acordó de que los triunfos sobre México son los más dulces de disfrutar.
Tan fuerte gritaba que los aztecas tuvieron miedo y quedó en nada el aclamado regreso del héroe Javier “el Vasco” Aguirre. Por cierto, andaba camisa blanca y corbata roja: rojiblanco, quizá extraña al Atlético de Madrid. Para consolarlo, El Salvador lo mantenía en la misma línea derrotista de cuando dejó de dirigir a los colchoneros.
Y se acabó el primer tiempo. Y otra vez a zocar. Solo una hora más. Que no pasara lo mismo que contra Estados Unidos. Que Cuauhtémoc saliera a la cancha para que lo pudieran putear.
Todo sucedió en esa segunda mitad. Lo bueno y lo malo, comenzando por lo malo, porque Quezada se inventó un penalti para “el Tri” y “Temo” quemó y anotó. Pero es necesario más que un gol para acabar con “Vietnam”. Si no lo hizo un día entero de espera, no lo iba a hacer un gol regalado. Lejos de eso, animó más a gritar que sí se podía, sí se podía.
Ni la lluvia —esa compañera rara y habitual de las últimas grandes hazañas cuscatlecas— pudo con la afición. Siguió sacudiendo camisas, gritando con lo poco que quedaba ya en las gargantas y le dio a los seleccionados un segundo aire para pelear por un resultado que merecían.
El segundo aire. Qué importante es. Muchos se acordaron de Panamá. Ese gol en los últimos minutos y pidieron al cielo que no solo les diera lluvia, que también les diera, nos diera, goles. Ya no importaba cómo, tenía que caer. Sí se puede, sí se puede, y Julio agarró la pelota y cuando su centro tocó la mano de Ricardo Osorio, el grito por el penalti fue igual de fuerte que si fuera un gol. Que lo tirara Osael, que lo tirara Cheyo, que lo tirara Montes, que lo tirara yo, que lo tirara cualquiera, pero que lo anotara.
Fue Quintanilla. Y lo metió a la izquierda. Y “Vietnam”, sombra, platea, todo el país, fue feliz. Esa ya no nos las quitaba nadie, cantamos nosotros y lloraron ellos, el mariachi, al compás de sus penas.
Esta generación ya tiene ahora un partido histórico que recordar. Los que estuvimos en el estadio podremos decir que estuvimos ahí ese 6 de junio y que aunque al mundial no vayamos… pero a México le ganamos.